Sr. García

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La tribuna

Casa tomada

El autor, periodista y coautor de Alternativa naranja, sostiene que el próximo presidente de la Generalitat es el primer nacionalista declaradamente xenófobo que alcanza semejante rango.

11 enero, 2016 00:35

El escritor y político Xavier Pericay expuso en Filología catalana, sus magníficas memorias, cómo ese mismo gentilicio llevaba inscrito, en la ampulosa Cataluña que había forjado Pujol, un plus de carácter. Dado que la lengua era, antes que un vehículo comunicativo, la plasmación de la sacra diferencia respecto a España, los estudiosos de aquélla habían de ejercer, además, de apóstoles del nacionalismo. No se trataba de un mandato, sino de una premisa, a tal punto el oficio de clarificar la sintaxis o instruir a los hablantes resultaba indisociable del fervor patriótico. Así, mientras que un profesor de castellano era sólo un profesor de castellano, los profesores de catalán devenían en pastorcillos de almas. El ardor patriótico se les suponía, en fin, como se supone al valor a la soldadesca. Y a quienes, como Pericay, se revelaban escasamente valerosos, se les reservaba un desprecio mayor, si cabe, que el que suelen merecer los castellanohablantes a secas. No en vano, se les tenía por una clase especialmente dañina de traidores. Bien, el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, es una rancia destilación de ese comisariado que tan ejemplarmente describe Pericay.

Para empezar porque, como tantos otros políticos de su cuerda, proviene del ámbito de la filología catalana. Dichos estudios le abrieron la puerta del diario El Punt, donde ofició, en primer lugar, de corrector y, posteriormente, de redactor, hasta desempeñar el cargo de redactor jefe. En El Punt, por cierto, coincidió con el periodista Joan Vall Clara, quien, poco después de la salida de Puigdemont, sería nombrado director. ¿Y quién es Vall Clara? En lo que al constitucionalismo se refiere, el hombre que el 6 de noviembre de 2006, y en el transcurso de un debate en el programa Àgora, de TV3, a cuenta de las elecciones autonómicas del día 1, tildó a Ciudadanos de payasos e inadaptados. Éstas fueron, exactamente, sus palabras: "[Ciudadanos] es un conjunto de gente inadaptada en una sociedad que funciona perfectísimamente; que no entiende de ninguna de las cuestiones que están criticando de la lengua. [...] Son una gente inadpatada porque han venido de otros lugares... [...] Esto es lo que hay. Basta entrar en su página web, ver cuál es el programa de este partido político y veremos que son unos payasos".

El acuerdo que Mas ha arrancado es la evidencia de que el procés lleva en su seno el germen purulento de la adolescencia.

Cuando Puigdemont, en suma, llama a expulsar a los invasores de Cataluña, no lo hace en el vacío, sino como partícipe de una tradición puramente xenófoba. En otras palabras: el próximo presidente de la Generalitat de Cataluña es el primer nacionalista declaradamente xenófobo que alcanza semejante rango. O, por ahondar en el oprobio: la CUP ha impedido la investidura de Artur Mas como jefe de gobierno... poniendo en su lugar a un xenófobo. Antes las asambleas, no obstante, siempre podrán enarbolar el destacado papel de Puigdemont en las protestas contra la operación antiterralliure desplegada por Baltasar Garzón en 1992. El estupefaciente acuerdo que Mas ha arrancado a esta agrupación celular es la evidencia postrera de que el procés lleva en su seno el germen purulento de la adolescencia.

Por lo demás, la designación del alcalde de Gerona equivale a la toma de Barcelona a manos del campo. En cierto modo, el envite soberanista ha consistido en un cerco al mestizaje, el cosmopolitismo y la modernidad, circunstancia que se ha plasmado en los sucesivos intentos de roturar la Ciudad Condal, polo refractario, a fuer de indiferente, a las afrentas identitarias. También ese cerrojo, que en los últimos tiempos ya no lo era tanto, ha saltado definitivamente por los aires.

En cuanto a Artur Mas, nada indica que su influjo en el llamado procés vaya a quedar reducido a la nada. Entre otras razones, porque no sólo no va a abandonar el escaño, sino que, previsiblemente, va a llevar el control de la sala de mandos.

Estaríamos ante el enésimo desdén por democracia en que se funda el aventurerismo independentista

En este sentido, la afirmación del diputado de la CUP Bernat Salellas de que su formación ha enviado a Mas al "basurero de la historia" no debe interpretarse más que como una boutade para consumo interno, y ni siquiera, pues ello abundaría en la posibilidad de que los militantes de la CUP fueran, en lugar de los cuadros hipercríticos que aparentan, un hatajo de hechizados. Por de pronto, quienes sí parece que van a irse a un lugar bastante más tedioso que el basurero de la historia, cual es su propia casa, son el escritor Julià de Jòdar y el pastelero Josep Manuel Busqueta. Si a ello sumamos la anomalía, perfectamente antidemocrática, de que la CUP renuncia a hacer oposición, y que 2 de sus diputados pasan a Junts Pel Sí (a saber si en calidad de cedidos o fichaje invernal), mucho me da que Mas ha hecho caja.

Estaríamos, en cualquier caso, ante el enésimo desdén por democracia en que se funda el aventurerismo independentista. No hay más que atender a la singular fraseología que, hasta hoy, ha rendido la COSA, empezando por el sintagma 'derecho a decidir', y siguiendo por 'la voluntat d'un poble' o los recientemente acuñados 'silencio comunicativo', 'democracia corregida' y, ahí es nada, 'postautonomía y preindependencia'. Este último, que lleva el copyright de Puigdemont, define, sin embargo, lo que hoy es Cataluña: un no-lugar.

***José María Albert de Paco es periodista y coautor, junto a Iñaki Ellakuria, de 'Alternativa naranja'.

Artur Mas estrecha la mano del alcalde de Girona, Carles Puigdemont.

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