Grabado de Denis Auguste Marie Raffet sobre la batalla de Ayacucho de 1824.

Grabado de Denis Auguste Marie Raffet sobre la batalla de Ayacucho de 1824. Wikimedia Commons

Historia

La gran batalla entre hermanos que selló el destino del Imperio español en América

Justo Cuño Bonito desgrana con detalle el universo que envolvió la batalla de Ayacucho, el último combate de los realistas en América. 

29 abril, 2024 08:35

El 9 de diciembre de 1824, bajo la atenta mirada del gran cerro de Condorcuna, huaca sagrada de los indígenas andinos, las banderas de España, de la Gran Colombia y la República de Perú se encontraron en la pampa de Ayacucho, a 3.275 metros de altura. Disputaron la batalla más letal de todas las guerras de emancipación de la América española. En ambas huestes había familiares enfrentados y los oficiales les permitieron encontrarse en tierra de nadie.

Al menos 50 parejas se citaron en aquel limbo. El brigadier español Antonio Tur dejó su sable y marchó al encuentro de su hermano, Vicente Tur, teniente coronel del ejército peruano. Tras una breve disputa ambos se abrazaron y sollozaron un buen rato. Tras el combate que selló la derrota definitiva del Imperio español en el continente americano había 2.300 cadáveres más en el Alto Perú. No se sabe qué fue de los Tur después de aquella carnicería. Aquel día Ayacucho, que en quechua significa "rincón de los muertos", hizo honor a su nombre.

"Las tropas realistas, abandonadas de todo socorro, olvidadas por todos sus protectores y perdidos todos los territorios, libraron una última batalla con sus hermanos andinos y contra sus hermanos americanos" explica en Ayacucho (Catarata) Justo Cuño Bonito, profesor de Historia de América en la Universidad de Pablo de Olavide, director del Departamento de Geografía, Historia y Filosofía y del instituto de investigación El Colegio de América.

Batalla de Ayacucho según el pincel de Martín Tovar y Tovar.

Batalla de Ayacucho según el pincel de Martín Tovar y Tovar. Wikimedia Commons Wikimedia Commons

En el caos del combate y las descargas de fusilería, un batallón realista cargó a la bayoneta sobre el ejército liderado por el independentista Antonio José de Sucre, veterano de la batalla de Bailén. Aquel avance en solitario abrió un hueco en las filas realistas y la caballería patriota, lanzas en ristre, no perdió la oportunidad de cargar.

Un confuso griterío en las mil lenguas y acentos que poblaban los territorios imperiales se elevó en la pampa sobre el confuso bosque de banderas, bayonetas, sables y lanzas ansiosas por herir y desgarrar carne hermana. Al final se produjo una desbandada en las filas españolas que no pudo ser impedida por los oficiales quienes, al llamar al orden, fueron amenazados por sus subordinados.

La capitulación de Ayacucho con Canterac (Centro) y  y Sucre (sentado mirando al frente) .

La capitulación de Ayacucho con Canterac (Centro) y y Sucre (sentado mirando al frente) . Daniel Hernández. 1924 Wikimedia Commons

"La batalla cerró un conflicto civil de independencia que se había prolongado más de diez años y que dejaba familias enteras divididas y regiones devastadas y empobrecidas", explica Cuño Bonito en su obra, que condensa con minuciosidad y gran detalle el convulso camino que arrastró el continente hispano a la guerra contra su tozuda metrópoli y que terminó en las pampas de Ayacucho.

Un ejército abandonado

Las fuerzas realistas del virreinato del Perú llevaban más de una década realizando marchas y contramarchas a alturas superiores a los 3.000 metros en zonas semiáridas de la tundra andina. Para rematar la faena estaban divididas entre absolutistas y liberales. En el ejército derrotado en Ayacucho, que presentaba un aspecto cadavérico, solo había unos 500 soldados peninsulares. El resto había sido reclutado y armado a toda prisa entre campesinos quechuas, aimaras, mestizos, pardos y presos sacados de las cárceles.

Jinetes llaneros retratados por Ferdinand Bellermann.

Jinetes llaneros retratados por Ferdinand Bellermann. Wikimedia Commons Wikimedia Commons

En las últimas campañas las deserciones entre los naturales de los Andes eran la norma incluso tras las fugaces victorias españolas. Muchos de los reclutas al ser detenidos por los oficiales, afirmaban "con admirable sencillez, que ya habían ganado la batalla y que, mientras no se preparaba otra, se iban a cuidar de su casa y su familia", se lamentaba un informe realista. 

Los ejércitos patriotas ya tenían bajo su control el resto del continente. Desde una Península Ibérica arrasada por la invasión napoleónica, los refuerzos enviados, siempre escasos, llegaban a cuenta gotas. Algunos como el liderado por el de Rafael de Riego se amotinó antes de embarcar defendiendo la Constitución de 1812. Otros fueron engullidos por el océano.

Grabado de Herman Moll que muestra Potosí en 1715.

Grabado de Herman Moll que muestra Potosí en 1715. Wikimedia Commons Wikimedia Commons

José de Canterac, general en jefe realista en Perú, resistió durante años con las fuerzas que pudo reunir por su cuenta. Fue una guerra cruel, de tierra arrasada, en la que había poco que rascar en las áridas planicies e inmortales crestas de los Andes, muchas de ellas sagradas para los indígenas.

En sus marchas y contramarchas para adelantar al enemigo o retirarse vadearon ríos, escalaron montañas y desfilaron por ciudades y aldeas remotas. En algunos lugares les recibían con indiferencia, rencor u odio. En otros, la figura del rey era casi mitológica, temible, a la que se respetaba y se debía obediencia. En 1824, Canterac debía proteger a toda costa lo que quedaba del virreinato -que era poco- y, sobre todo, asegurar bajo su control las preciadas minas de plata de Potosí.

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"Se sabía, se tenía por seguro, que el conflicto tenía su núcleo no en Lima, sino en el Alto Perú. Quien conquistase, se hiciese fuerte, dominase y mantuviese el Alto Perú ganaría la guerra, como se demostraría en Ayacucho", explica Justo Cuño en su ensayo.

Rey de Perú

Tras la batalla, Canterac, con el virrey José de La Serna herido y capturado, se rindió juntó a los despojos de su ejército. Los que con él regresaron a España fueron tachados como una casta maldita, "los ayacuchos", que habían visto ante sus ojos el fin del Imperio. En las negociaciones sobre el futuro del continente, los independentistas querían establecer unas nuevas relaciones con la metrópolis basadas en la igualdad y el respeto mutuo.

Portada de 'Ayacucho'.

Portada de 'Ayacucho'. Justo Cuño Bonito Catarata

"San Martín [libertador de Argentina] propuso viajar en persona a Madrid y solicitar a las Cortes que, tras reconocer la independencia de Argentina, Chile y Perú, nombrasen un Borbón para que fuese proclamado rey del Perú y evitar de ese modo que Inglaterra acabase recolonizando los territorios americanos", explica el historiador. Madrid se negó en redondo, soñando en algún futuro con recuperar su imperio. Desde entonces los "libertadores" fueron vistos como antítesis de lo español.

Las mieles del triunfo pronto se volvieron amargas y anidó el recelo entre las nuevas naciones. La Gran Colombia se atomizó y comenzaron las primeras disputas fronterizas. Además, tenían que pagar a los británicos la ayuda prestada en sus guerras, que ascendía a más de 2 millones de pesos más intereses.

"América Latina iniciaba su andadura independiente trasladando su dependencia de Cádiz hacia Liverpool, exactamente lo que San Martín había intentado evitar y que la élite española, con su tozudez, inconsecuencia y torpeza de miras, había propiciado", cierra Cuño Bonito.

Jugarretas de la historia, el conquistador Pizarro salió de Panamá dispuesto a dominar las cumbres del gran Imperio de los incas en noviembre de 1524. Los muertos de Ayacucho, en diciembre de 1824, cerraron el círculo de la presencia española en Sudamérica casi 300 años después.