DEBATE DE INVESTIDURA

Pedro Sánchez, el robot que aprendió a llorar

Fue el líder del PSOE para el que no había término medio. Nunca rechazaba un pulso. Sería presidente del Gobierno o nada. Ya sólo le queda el carné del PSOE, su coche y la esperanza en la militancia.

Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el Congreso.

Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el Congreso. Efe

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"Es un robot. ¡Un robot emocional!" Uno de los principales valedores de Pedro Sánchez en su campaña para liderar el PSOE, que concluyó el 13 de julio de 2014 con su victoria frente a Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias, siempre recordará la frase de Felipe González sobre el ya ex líder del PSOE. "Es el único líder político que he conocido que no suda", dice que dijo el expresidente. 

En poco más de dos años como líder del PSOE, Sánchez ha demostrado tener los nervios de acero y los arrestos para hacerle frente a los múltiples adversarios que surgieron en el partido. Los primeros aparecieron tan solo unos meses después de que fuera elegido. Desde Andalucía, un día se criticó la política comunicativa de Sánchez, que había llamado a Jorge Javier Vázquez, el presentador de Sálvame, en pleno programa por unas críticas que se estaban haciendo en el programa sobre la posición del PSOE sobre el Toro de la Vega. Era septiembre de 2014 y Sánchez recibía su primer rejonazo. 

Desde entonces, las pequeñas críticas se multiplicaron hasta convertirse en un gran cuestionamiento. Su decisión de presentarse a las primarias del PSOE para la candidatura a la Moncloa fue vista con recelo por una Susana Díaz que nunca ha ocultado su deseo de dar el salto a Madrid, pero que siempre amaga sin lanzarse. Los resultados electorales no dejaron de empeorar, aunque el derrumbe del PP en las autonómicas permitiese al PSOE pasar de ostentar dos a siete presidencias. Podemos crecía hasta hacerle sombra a los socialistas y César Luena, número dos y secretario de Organización, comenzaba a aplicar su autoridad con puño de hierro y amenazando con imponer gestoras. Un ejemplo llevado a la práctica es la que en Madrid derrocó a Tomás Gómez, un cartel electoral dudoso pero refrendado, como Sánchez, por unas primarias. 

Nunca ha sudado

Sánchez ha perdido la calma en varios momentos, pero nunca en público. Políticamente, nunca se le ha visto sudar. Incluso en los peores momentos, sometido a toda la presión imaginable, como en el fatídico Comité Federal del pasado uno de octubre, tras el que compareció ante la prensa con cara extenuada pero sin titubear. 

Sánchez, arropado por Verónica Fumanal, una experta consultora comunicativa, nunca superó uno de sus principales problemas. "No transmite. Es verdad que no llega. Sus mítines tienen contenido, pero no emoción", reconocía un miembro de su Ejecutiva durante la última campaña electoral. Sánchez, que apenas improvisaba se encontrase donde se encontrase, repetía su discurso mientras los periodistas que lo seguían lo recitaban a la vez, casi de memoria, esperando encontrar un matiz que les permitiese lograr un titular distinto cada día.

Sánchez alzaba la voz, gritaba en ocasiones, pero no tocaba los corazones de la mayoría de los votantes, que preferían a los dirigentes territoriales y a algunos candidatos a diputado. 

Lágrimas de dolor

Este sábado, Sánchez dejó de ser un robot. Llevaba su texto escrito, pero al leerlo lloró de dolor durante los 11 minutos de discurso. Estaba escrito en letra grande en nueve páginas que trajo, tras pasar por el registro y presentar su renuncia al acta de diputado por Madrid, en una carpeta roja con las siglas del PSOE. Bajó la cabeza y paró varios segundos mientras decía esta frase: "No quiero dejar de expresar cuán dolorosa es la decisión que tomo. Durante semanas he tenido que meditar acerca de la defensa de distintos valores y niveles de responsabilidad. La decisión no ha sido fácil".

En esos instantes, se le humedecieron los ojos y se le entrecortó la respiración. Las cámaras de fotos disparaban sin compasión y los periodistas esperaban, en vano, para hacer preguntas. Mientras él luchaba por contener las lágrimas, a la que fuera la directora de comunicación del PSOE, Maritcha Ruiz, le resbalaban sin freno sobre las mejillas en un lateral de la sala, sin que ella pudiera hacer nada. "No puedo ni hablar", decía una diputada afín minutos después, al ser contactada por este diario. Los cercanos a Sánchez vivieron un éxtasis de dignidad muy doloroso. Los adversarios lamentaron las "lágrimas de cocodrilo" y el "egoísmo" de un Sánchez que sólo piensa ya en el próximo congreso interno del partido.

Sánchez llevaba varios días alimentando el suspense. Ha sido una constante durante su mandato. Le permitía dar golpes de efecto y sorprender a propios y extraños, siempre yendo un paso más de lo que pensaban sus adversarios. Hasta que Díaz consiguió una mayoría de firmas y sorprendió, ella misma y con ayuda de otros barones, a la Ejecutiva con la dimisión en bloque de la mitad de su Ejecutiva. Fue el fin de todo. "Pedro siempre supo que en cuanto hubiese Gobierno con Rajoy a la cabeza, sería su fin. Sólo podía ser o presidente o nada", explica un veterano socialista. 

Este sábado se acabó el suspense. Bajó al registro del Congreso de los Diputados a presentar su renuncia al acta, compareció sin preguntas ante la prensa y se fue, con su jefa de prensa, rumbo al garaje. Allí le esperaba su coche, ese con el que hizo "kilómetros de socialismo" en la campaña de las primarias, cuyo lema parece casi una ironía del destino: "El socialismo que une".

"Hoy él puede echarse a la carretera, pero en unos meses verá, al darse la vuelta, que no le habrán seguido", explica un diputado socialista. Él emprende viaje rumbo al próximo congreso del PSOE tras dejarse unas cuantas lágrimas en la cámara baja donde Rajoy fue reelegido horas después tras 10 meses de bloqueo.