DEMOCRACIA INTERNA, ¿CUÁNDO? (III)

El PSOE, un dudoso laboratorio de primarias

Siempre dividido, el partido de Pedro Sánchez es el único que anunció comicios internos tras la convocatoria de elecciones para el 26-J. Es el mejor ejemplo de cómo la fuerza del aparato es decisiva. 

Sánchez, con su Ejecutiva en la sede socialista de Ferraz.

Sánchez, con su Ejecutiva en la sede socialista de Ferraz.

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El PSOE es el único partido que lanzó primarias en seguida tras la convocatoria de elecciones para el 26-J. Pero por falta de tiempo o de ganas, se han convertido en un paripé: Pedro Sánchez no tuvo rival. El resto de listas por provincias los escogieron las asambleas locales, con el visto bueno de la Comisión Federal de Listas y la confirmación del Comité Federal. Es decir, el aparato.

Salvo cambios inesperados, como las salidas de Carme Chacón en Barcelona e Irene Lozano en Madrid, los puestos se repetirán. En Barcelona el PSC hizo unas primarias donde el aspirante, Carles Martí, cedió antes de la votación ante la favorita de Ferraz, Meritxell Batet.

Históricamente, el PSOE ha tenido el gran mérito de ser objeto de estudio por expertos en primarias del mundo. En 1997 decidieron escoger a sus candidatos autonómicos y municipales con primarias. En marzo de 1998 llegó la primera prueba: Nicolás Redondo Terreros se enfrentaba en el País Vasco a Rosa Díez. Ambos aspiraban a ser lehendakari. Ganó Redondo -el candidato del partido- pero con menos ventaja de la esperada.

El partido no había previsto primarias a presidente del gobierno porque era tradicional que se presentara el secretario general. Felipe González llevaba 23 años de secretario general. Él mismo anunció que era hora de cambiar y escogió a Joaquín Almunia como sucesor. El nuevo líder del partido decidió someterse a primarias: “La renuncia de Felipe y mi elección como secretario general fueron apresuradas y mal digeridas por los afiliados”, recuerda Almunia en sus memorias.

A aquellas primarias no podía presentarse cualquiera. Los candidatos necesitaban 27.000 firmas de militantes (un 7%) o 30 miembros del comité federal (un 15%). Y eso fue tras rebajar las pretensiones iniciales. El número de avales es un modo de protegerse del aparato ante espontáneos. Solo un ex ministro conocido como Josep Borrell podría tener opciones. Los políticos y periodistas españoles daban por hecho que era una estrategia de cara a la galería para ganar fuerza de cara a las generales. El portavoz entonces del PP, Miguel Ángel Rodríguez, predijo una victoria de Almunia con el 70% de los votos.

Pero ganó Borrell, que sacó 10 puntos a Almunia. Decir que fue una sorpresa sería quitarle importancia. Fue una hecatombe. El éxito llevó a Alfonso Guerra a prever una nueva época en la política española: “Tengo la impresión de que esto no va a terminar aquí. Se ha introducido en la escena política un elemento que ha fundido el hielo que había entre ciudadanos y políticos”, dijo. Pero se equivocó.

El débil no puede ganar

La victoria del débil en unas primarias quitaba utilidad al sistema entre los políticos de carrera. Nadie iba a implantar sin más un modo de perder poder, por muy improbable que fuera. Las primarias en los partidos grandes desaparecieron durante una década. Zapatero ganó en un Congreso y Aznar designó a Rajoy. Con el declive de Zapatero y por tanto de sus escogidos, los socialistas volvieron a acordarse que tenían primarias.

Madrid y Barcelona fueron dos de los lugares donde tuvieron mayor impacto. En 2010, Tomás Gómez tenía una buena red local en el Partido Socialista de Madrid. Le bastó para ganar a Trinidad Jiménez, la candidata favorita del presidente Zapatero. “Gómez se impone a Trini y Zapatero”, titulaba El Mundo. “Gómez gana a Zapatero en Madrid” titulaba directamente El País. El juego de poder que implicaba unas primarias estaba claro: no era un reto entre candidatos y sus opiniones, sino entre corrientes y cúpulas.

Un partido siempre dividido

El PSOE es el mejor ejemplo en España de que las primarias sirven para dirimir batallas cuando el partido está dividido. Porque el PSOE lo está a menudo. Es sin duda el partido grande al que las primarias le encajan mejor. Pero es también el PSOE un buen ejemplo para comprobar cómo las primarias dependen de la fuerza del aparato y no escogen siempre la mejor solución.

En Madrid, las encuestas en 2010 decían que Trinidad Jiménez tenía más opciones de ganar a la presidenta autonómica, Esperanza Aguirre, que Tomás Gómez. Pero dio igual.

En las primarias municipales en Barcelona ocurrió algo similar. El alcalde Jordi Hereu vivía el peor momento del socialismo municipal en Barcelona. Parecía en 2010 destinado a una derrota segura. Aceptó que hubiera primarias. Su rival fue Montserrat Tura, ex consellera con Pasqual Maragall y José Montilla. Las encuestas también daban más opciones a Tura, pero ganó Hereu.

Tura recuerda ahora para EL ESPAÑOL aquella noche de derrota con un sabor raro: "A veces la adhesión al aparato y al candidato oficialista es tan poderosa que lo que más me sorprendió de aquella noche es que los seguidores de Hereu ovacionaban de manera muy fanática y no se daban cuenta que había ganado la opción que perdería las elecciones. Yo también las hubiera podido perder. Pero las encuestas decían que Hereu las perdía seguro. Eso de estar contento porque ha ganado quien perderá me parecía muy extraño".

A pesar de la predicción de Guerra de 1998, estábamos en 2011 en una ciudad -no en las primarias a presidente del Gobierno- y el partido y la ciudadanía seguían sin estar habituados en verdad a un proceso como las primarias: “Fue una campaña muy contenida -recuerda Tura- porque el partido no estaba acostumbrado a vivir esta especie de división, de posicionarse a favor de uno o de otro. ¿Por qué debo escoger a uno o a otro? Yo soy socialista, parecían decir algunos militantes en barrios”.

El crédito político

Aquellas mismas primarias pueden servir de ejemplo sobre cómo la sociedad no está acostumbrada a estos procesos. En 2011, Tura se presentó a pesar de que sonaba como candidata a la Generalitat en lugar de Pere Navarro. Sus amigos le aconsejaban esperar para no quemar su crédito político: “Me decían que no dilapidara mi patrimonio. ¿De qué me sirve mi patrimonio si no puedo usarlo? No quiero ponerlo en una vitrina”, dice Tura.

En cambio el también ex conseller Ferran Mascarell -que sonaba como alcaldable- no quería primarias contra Hereu. Acabó en aquellas mismas fechas de conseller con Artur Mas. Si hubiera optado por las primarias y perdido, Mascarell habría probablemente quemado también su carrera política. Hoy Tura es médico en un hospital. Mascarell, cuatro años después, acaba de salir del gobierno y es delegado de la Generalitat en Madrid.

El PSOE venía por ejemplo de impedir en Valencia presentarse a primarias al ex ministro Antoni Asunción por una dudosa anulación de sus avales. En unas primarias autonómicas en Canarias en 2014, el partido permitía votar a todos quienes pagaran 2 euros. Había tres candidatos. El día antes de la votación Ferraz anuló 3.755 inscripciones de militantes, el 37,49% del total, por “presunta manipulación del censo”. El motivo fue, según Canarias Ahora, que “11 personas abonaron los 2 euros de inscripción a 2.256 personas a través de PayPal y otros 11 a 1.150 con tarjeta bancaria”. Una de las candidatas, Patricia Hernández, impugnó la decisión. Al ser tan precipitado, al día siguiente no estaba claro quién formaba realmente el censo. Ganó Hernández, que parecía ser la principal perjudicada por la anulación y que curiosamente había apoyado a Eduardo Madina en las primarias a secretario general del PSOE.

Los casos de Valencia y Canarias son otras pruebas de que el aparato y su reglamento pueden eliminar o frenar candidaturas a su antojo, aunque no siempre ganen.

El ejemplo más logrado

El caso más completo y parecido a unas primarias europeas en el PSOE fueron en la primavera de 2014 para las municipales en Barcelona del año siguiente. Un modo de limitar el control del aparato en las primarias es permitir que una comisión fiscalice el proceso. En España, solo ha ocurrido una vez. Fue en estas primarias del PSC. Pero sus componentes eran también miembros del partido, no independientes.

El PSC creó además un reglamento propio: cualquier ciudadano podía votar sin registrarse con antelación (solo debía firmar un compromiso con los valores del PSOE en la mesa electoral). Hubo además dos vueltas que permitían reasignar las preferencias de los votantes. La primera vuelta tuvo cinco candidatos. A pesar de todo, los dos que pasaron ronda fueron los dos más cercanos al aparato: Jaume Collboni -que acabó ganando- y Carmen Andrés.

¿Y esos pakistaníes?

Aquellas primarias barcelonesas pasaron a la historia por una imagen célebre: colas de pakistaníes que iban a votar. Fue motivo de risas: los barceloneses de siempre apenas se interesaban por las primarias y en cambio los recién llegados estaban “sorprendentemente” con ganas de votar a un candidato.

Los políticos necesitan apoyos. Si las comunidades de inmigrantes son una fuente fiable de votos, ¿por qué no aprovecharla? Es una práctica fea, pero legal -si no hay compra de votos, claro. El límite de unas primarias está en el reglamento y en los favores que nadie se ha ganado por sus méritos, como el apoyo de la cúpula. Pero una comunidad de inmigrantes o de jubilados o de baloncestistas está ahí para ser captada. Es de hecho tan difícil conseguir que los votantes vayan hasta la urna el día que toca, que los candidatos lograron casi más avales que votos.

Una de las candidatas perdedoras, Laia Bonet Rull, recuerda cómo iba por la calle para conseguir avales, uno a uno. La gente que la apoyaba con su firma eran ciudadanos normales que podían no ir a votar por falta de disciplina o ganas. La movilización es el gran reto.

Las primarias quedaron de nuevo manchadas por el episodio pakistaní. Pero la política no es un juego estrictamente reglado. Las primarias pueden ser -y lo son a menudo- un truco del aparato para legitimar a sus candidatos. Ahora bien, corren un riesgo: a veces, con las reglas claras, pueden perder. “El PSOE es el mejor ejemplo de que el problema en España no es solo la falta de voluntad política. Es falta de cultura democrática en la sociedad”, dice Albert Aixalà, ex secretario de organización del PSC de Barcelona. Si las primarias deben ser un día una solución para mejorar la política española, no depende solo de los políticos.