Teatro, política y memoria

"La izquierda cree que sólo tienen dinero las malas personas"

Víctor Sánchez Rodríguez pone en escena a dos generaciones de una familia española de izquierdas: la que votó al PSOE en el 82 y la que votará a Podemos en 2018.

Una de las escenas de A España no la va a conocer ni la madre que la parió.

Una de las escenas de A España no la va a conocer ni la madre que la parió. Teatro del Barrio.

Es octubre de 1982 y mamá duerme en el sótano, donde antes escondía a sus compañeros del Partido Comunista. Mamá, todo el día con el puño en alto, dejando entrar en casa a todo dios y entonando en pie, famélica legión a la primera de cambio. Leyendo de madrugada: “No sea que llegue la revolución y no hayamos leído lo suficiente”, ha dicho siempre. Una vez, sus hijos la vieron estrellar El capital de Marx contra la pared de la rabia que le daba no entenderlo. De pequeños les leía a Gorki. Ahora lleva un tiempo rara: dice que “el villano sevillano de socialista no tiene ná”, que va a vender España a la Alianza Atlántica, que “Felipe es la victoria del fascismo”. No quiere hablar con nadie. Pasa poemas por debajo de la puerta para comunicarse, se la escucha recitar Se equivocó la paloma, se equivocaba.

A España no la va a conocer ni la madre que la parió (Teatro del Barrio) empieza justo ahí, en la noche del 28 de octubre de 1982 en la que el PSOE ganó las elecciones con aquella inédita mayoría absoluta y el país supuraba una extraña fe. “Ese resultado ha traspasado el relato de la Transición, nos ha llegado como un hito: el punto de inflexión de que un partido prohibido en dictadura ganara unas elecciones y España empezase a despertar del oscurantismo”, explica Víctor Sánchez Rodríguez, el director de la obra -recientemente galardonado con un Max por Nosotros no nos mataremos con pistolas-. “La madre representa a ese Partido Comunista convencido que agonizaba, que había estado en la vanguardia de la lucha antifranquista y ve que va a desaparecer porque el PSOE ha canalizado todo el voto de la izquierda”.

Dos generaciones de izquierdas

La pieza -bautizada con la célebre frase que pronunció Alfonso Guerra al final de la Transición- busca comparar a dos generaciones de jóvenes de una familia española de izquierdas: la primera es esa que vivió la eclosión del socialismo felipista (1982) y la otra se sitúa en 2018, en un futuro hipotético en el que Podemos acaba de ganar las elecciones. La estirpe es la misma: estos últimos son los nietos de la matriarca comunista que hacía trinchera en el sótano para guardarle el luto a la sedición abortada. Los herederos hablan ahí mismo, en la casa que construyó su abuela con sus propias manos, “sin cerrojos ni caja fuerte”. Cómo hemos cambiado, aunque los actores de uno y otro tiempo sean los mismos: Ana Adams, Carlos Amador, Lorena López, Albert Pérez y Lara Salvador. 

En el 82 latía fuera una jauría de niños salvajes que tonteaban con jeringuillas, de jóvenes superficiales de La Movida, de canciones de Paco Ibáñez, de pana y promesas, pero todo tenía algo de comienzo

En el 82 latía fuera una jauría de niños salvajes que tonteaban con jeringuillas, de jóvenes superficiales de La Movida, de canciones de Paco Ibáñez, de pana y promesas. Pero todo tenía algo de comienzo, de arranque, de derribo y credo nuevo.“Al PSOE de entonces le debemos la clase media, el instaurar la conciencia de lo público”, sostiene Sánchez. “Hicieron cosas buenas, pero es que en los 80 ya no se podía ir más atrás”. Y después, el desencanto. La OTAN, los GAL, el trío de las Azores, Zapatero y su talante. De La chica de ayer de Nacha pop a Chayane y su Salomé, a King Afrika y su Bomba. Una señora menea la cabeza desde el vídeo del que se sirve la obra: “Las vamos a pasar canutas”.

El votante español en 2018

En 2018 el panorama es más desolador: “Nacimos en medio de la nada y vamos a reventar de nostalgias”, dice una de las nietas. Es la era de instagram, de escribir poesía y removerse la pelusa del ombligo, de abrir y cerrar negocios, de emplear anglicismos, de creerse analógico con tocadiscos y cámaras de carrete, de gustarse vintage por no soportar el presente. De jóvenes que se cansaron de que no se les reconociese el esfuerzo y ahora están perdidos: acaban de volver del exilio de Londres y no saben qué país es este, pero a la nueva ilusión la llaman Podemos.

Si Podemos ganara las elecciones, la ilusión nunca sería la misma que en el 82. Tenemos ya experiencia, cultura democrática. Los votantes de izquierda son más críticos

“Si Podemos ganara las elecciones, la ilusión nunca sería la misma que en el 82. Tenemos ya experiencia, cultura democrática. Los votantes son más críticos, más cínicos, más irónicos, están más preparados que entonces. Precisamente por eso, no creen en el futuro, no tienen perspectiva”, opina el director. “La gente es consciente de que no puede haber democracia total si no hay democracia económica, y que el poder político tiene las manos atadas al económico, está presionado por él: ahora la soberanía popular está en entredicho, no hay nada sagrado. Ni la veneradísima Transición, de la que cada vez se sacan más cosas”.

Sin embargo, arrastramos algunas herencias: “La izquierda fracasa porque quiere ser buena onda: acostémonos con el enemigo, convenzamos a los ricos para que sean menos ricos”, reflexiona otro nieto. “Hay una mirada prejuiciosa de la izquierda: sigue creyendo que sólo tienen dinero las malas personas. Eso pasa en España, en otros países no tanto”, sostiene Sánchez Rodríguez. “Y no lo entiendo, porque el dinero forma parte del progreso. Es necesario que haya empresarios de izquierda, es necesario que la izquierda tenga solvencia para aplicar sus políticas”.

Hay que ser prudente con las ilusiones. Todos los votantes de izquierdas esperamos que, a través del voto, los cambios vengan rápido y bien. Pero a veces, simplemente, no son posibles

A España no la va a conocer ni la madre que la parió, además de una comparativa, es un aviso. Un “cuidado con lo que deseas”. Un “que no pase con Podemos lo que pasó con el PSOE”. Un “que no duela tanto esta vez el batacazo”. “Hay que ser prudente con las ilusiones. Todos los votantes de izquierdas esperamos que, a través del voto, los cambios vengan rápido y bien. Pero a veces, simplemente, no son posibles. Los partidos llegan hasta donde llegan o se corrompen”.