Entrevista a Luis Castellanos

El lenguaje puede salvar tu vida

El filósofo y neurocientífico explica que el uso de palabras positivas no sólo está relacionado con la felicidad, sino con la longevidad.

El filósofo e investigador neurocientífico Luis Castellanos durante una ponencia.

El filósofo e investigador neurocientífico Luis Castellanos durante una ponencia. E. Paidós.

  1. Lenguaje
  2. RAE
  3. Neurociencia
  4. Felicidad
  5. Longevidad
  6. Monjas
  7. Entrevistas

El lenguaje cerca la vida. La dota de sentido, de peso. En cierto modo, es también una lucha contra la marginalidad, contra el silencio que anula, contra el aislamiento. Es por el lenguaje que la existencia no es sólo una resonancia interna, un devenir de días, hechos y pensamientos mudos. Nada termina de ser real si no se nombra. El lenguaje es un golpe sobre la mesa, un “estamos aquí”, un “trascendemos”, un “intervenimos”. Agentes por fin en la propia historia y en la del resto. ¿Qué es el ser humano: lo que desea, lo que hace, lo que piensa? Algo es seguro: a nivel social, el hombre es lo que dice. Y cómo lo dice.

Luis Castellanos -filósofo e investigador en el campo de la neurociencia- va más allá. En La ciencia del lenguaje positivo (Paidós) explica que el lenguaje -consciente, bien elegido- no sólo construye la vida, sino que es capaz de alargarla. “Las palabras positivas -como alegre, meta, ímpetu- inciden directamente en nuestra salud creando sistemas de protección en nuestro cerebro, que es muy plástico. Si las empleamos bien, podemos vivir más años”.

Las palabras positivas -como alegre, meta, ímpetu- inciden directamente en nuestra salud creando sistemas de protección en nuestro cerebro, que es muy plástico

La idea de que los términos “optimistas” -con “buena temperatura emocional”- puedan hacernos más longevos a fuerza de repetirlos tiene algo de mantra, le digo. O de Ley de Atracción. ¿Por qué es esto ciencia y no esoterismo, religión o autoayuda? Castellanos se refiere entonces a la investigación que alumbró su teoría: “El estudio de las monjas”, del doctor David A. Snowdon, publicada en el año 2001. Consistía en estudiar qué factores en diferentes etapas de la vida aumentan el riesgo de padecer Alzheimer u otras enfermedades del cerebro, como, por ejemplo, los infartos.

Pequeñas autobiografías

El estudio duró 15 años y en él participaron 678 monjas que tenían entre 75 y 103 años de edad. Cada una de estas hermanas aceptó donar su cerebro a la Universidad de Kentucky tras su muerte. También fueron valoradas anualmente de manera exhaustiva: funciones cognoscitivas, reconocimientos físicos, exámenes médicos y muestras de sangre para estudios genéticos y nutricionales. La muestra científica era muy interesante por su homogeneidad: estas monjas tenían idéntico trabajo, alimentación y hábitos de ejercicio similares, no fumaban y compartían factores de riesgo parecidos.

Sin embargo, sus actitudes ante la vida eran muy diferentes. Cuando el equipo de investigación encontró, en los archivos del convento, las pequeñas autobiografías que ellas escribieron explicando sus motivos personales para tomar los hábitos, comenzaron a entender.

Contar es la clave. Cuantas más palabras positivas expresemos y con más intensidad, más podremos llegar a vivir

Los expertos analizaron entonces sus escritos, sus contenidos verbales, la densidad de sus ideas, el número de expresiones emocionales utilizadas y su intensidad, y hallaron que el número de palabras positivas manifestadas se asociaban a sus datos de longevidad. “Contar es la clave. Cuantas más palabras positivas expresemos y con más intensidad, más podremos llegar a vivir”, explica Castellanos. “El cerebro capitaliza la propensión a experimentar y expresar emociones positivas para construir momentos más positivos y crear diferentes recursos en nuestra percepción del mundo, las personas y los hechos, que aumentan nuestro bienestar”. Las palabras elegidas por las monjas estaban directamente relacionadas con su energía, con su generosidad, con su altruismo, su emoción y su fe.

Todas las investigaciones sobre el tema que se han ido desarrollando después -como el estudio de las autobiografías de 88 psicólogos por Pressman y Cohen- avalan la primera. Pidiendo a otras personas que escribiesen pequeñas cartas de motivación -o algún recuerdo feliz-, los expertos descubrieron que los porcentajes de palabras que expresan sentimientos positivos oscilan entre el 2 y el 6%, mientras que en los textos manuscritos de las hermanas era fácil alcanzar entre el 20 y el 27%.

Estímulos personalizados

Palabras con alta carga positiva son “entusiasta”, “ilusionado”, “anhelo”, “orgullo”, “reír”. En un nivel más bajo, “satisfecho”, “apacible”, “tranquilo”. Ejemplos de palabras negativas cargadas con alta activación serían “miedo”, “alertado”, “envidia”. Castellanos explica que esta división es la básica, porque cada individuo goza de una jerarquía propia en base a la “relevancia personal” que tenga una palabra en su vida según su experiencia. Por ejemplo, para alguien a quien le dé miedo el mar, el término “barco” será negativo; pero para alguien que atesore recuerdos de su infancia en la costa, será positivo. Los estímulos son personalizados.

“No basta con decir la palabra de cualquier manera”, recalca el autor. “Igual que el lenguaje escrito -especialmente, escrito a mano- tiene más poder que el oral, es necesario ‘habitar’ la palabra que se dice, esto es, sentirla, creer en ella, hacerla física, poseerla”. Castellanos, que ha trabajado con figuras del deporte como el entrenador de tenis Toni Nadal, los motoristas campeones del mundo Nani Roma y Marc Coma, además de con empresas como Repsol, Kellog’s o Mcdonald’s, cuenta que nuestra ocupación -nuestra profesión- nos ha encerrado en una marmita concreta del lenguaje. “Es diferente ser profesor, ser periodista, ser político, ser artista… ese entorno nos ha hecho asumir un lenguaje que no controlamos. No tenemos consciencia de él y se vuelve en contra de nosotros: lo hemos universalizado y hemos caído en la trampa”.

El lenguaje escrito -especialmente, escrito a mano- tiene más poder que el oral. Es necesario ‘habitar’ la palabra que se dice, esto es, sentirla, creer en ella, hacerla física

Las investigaciones científicas han demostrado que el carácter o la predisposición optimista o pesimista de una persona viene determinada en un 50% por el código genético que hemos heredado. Otro 30% de nuestra actitud está condicionada por el ambiente, la cultura o la educación que también hemos heredado a través de la epigenética. “Nos queda un pequeño pero valiosísimo 20% para interactuar con el entorno y cambiar en la medida de lo posible unas cartas mal dadas por el determinismo genético”, sonríe Castellanos.

Pero ¿cómo llevarlo a la práctica en una sociedad que desconfía de los discursos agradables o muestra prejuicios ante las palabras positivas? “Lo importante del lenguaje positivo es que tiene un empuje hacia mi propia energía, sí, pero también activa la energía del otro. Nos hace confluir”.

Literatura ¿positiva?

“Manuel Martín Loeches, nuestro director científico, lo prueba con estudiantes a través de un ordenador, para que no haya una voz con carga emocional. Les suelta palabras negativas, positivas y neutras, y ellos tienen, con puntos de diferentes colores, que identificar cuál es cuál”, relata el autor. “En el 100% de los casos, el tiempo de reacción a una palabra positiva es mejor que en la negativa o la neutra”, relata. En el libro aparecen variados ejemplos: en 1996, John A. Bargh y sus colaboradores publicaron un experimento realizado con estudiantes de 19 años de edad. A los de un grupo se les pidió que formaran frases con cuatro de las cinco palabras de un conjunto como, por ejemplo, “amarillo”, “lo”, “encuentra”, “instantáneamente”.

Al otro grupo se le ofreció un conjunto de cinco palabras asociadas al concepto de ancianidad (sin hacer referencia directa a ella), como “naranjas”, “temperatura”, “arrugas”, “gris”, “cielo”, “está”. Una vez concluida la tarea, se les pidió a los jóvenes que fueran de un despacho a otro a realizar el otro experimento, a una distancia lo bastante grande par medir los tiempos de desplazamiento. Se demostró que los jóvenes que habían construido la frase con palabras asociadas a la vejez tardaron más tiempo que los demás en recorrer la misma distancia. Este experimento se conoce como “Efecto Florida”.

Aunque las palabras sean negativas, si en su conjunto te conducen a un lugar apasionante, el cerebro las recibe como positivas

Le pregunto a Castellanos si el empleo habitual de estas palabras positivas no iría en detrimento de la literatura o de herramientas agudas del lenguaje, como la ironía. ¿Y si hay palabras negativas que, ordenadas con estilo y en base a un relato, provocan belleza, asombro o emoción en nosotros? Si las recortamos, ¿no caeríamos en una limitación de la propia expresión?

“Las palabras nunca están para ser censuradas. El lenguaje está para crear. No vamos a prescindir de Dostoievski cuando ha escrito la historia de la humanidad”, sostiene. “Aunque las palabras sean negativas, si en su conjunto te conducen a un lugar apasionante, el cerebro las recibe como positivas. El lenguaje bien empleado lo que hace es socializarnos, ponernos en contacto con el mundo. Y la literatura lo consigue”.