HISTORIA

Lluís Companys, el símbolo sobrevenido

Un hombre desbordado por los acontecimientos que vuelve a la actualidad por la citación de Artur Mas para declarar como imputado. 

El presidente de Cataluña durante la Guerra Civil

El presidente de Cataluña durante la Guerra Civil Casal de Catalunya / Wikimedia commons

Miembros del Gobierno de la Generalitat con Companys en el centro

Miembros del Gobierno de la Generalitat con Companys en el centro

«¿Quién era y cómo era Lluís Companys? Al igual que todos los hombres valiosos y populares, cuantos no le conocieron vertieron sobre él las calumnias más infamantes y los ditirambos más hiperbólicos». Ángel Ossorio y Gallardo, amigo y fiel colaborador de Companys, ya testimoniaba en 1943 que el presidente de la Generalidad en los años difíciles de la guerra no dejaba a nadie indiferente.

Tanto era así, que antes de caer en manos de la Gestapo, que le entregaría al Gobierno de Franco para un juicio expeditivo y sin garantías que desembocó en su fusilamiento en el castillo de Montjüic hace 75 años, el 15 de octubre de 1940, Companys se había convertido en alguien incómodo para todos: para las autoridades francesas, porque consideraban que soliviantaba a la comunidad de refugiados catalanes; para éstos, porque le culpaban de haber dejado que la Generalidad cayera en manos de los radicales; y para el Gobierno de la República en el exilio, por las trifulcas que en las semanas finales de la guerra mantuvo con Negrín.

Segundo plano

Probablemente no podía ser otro el destino de quien vivió siempre desbordado por los acontecimientos. Se inició en la política por su sensibilidad hacia los problemas sociales, que le llevó a vivir muy de cerca los años de plomo del pistolerismo. Cuando las elecciones del 12 de abril de 1931 dieron una arrasadora mayoría a ERC (en la que formaba parte del ala republicana y federal), fue Companys el que proclamó la República desde el balcón del Ayuntamiento, según algunos historiadores para hacerse con la alcaldía. Pero Francesc Macià, el carismático líder que defendía la independencia catalana, se encargó de evitarlo y de colocarle en un puesto mucho menos visible, el de Gobernador Civil de Barcelona (aunque luego accedería a la presidencia del Parlamento de Cataluña).

Hasta la muerte de Macià, el 25 de diciembre de 1933, Companys vivió en un segundo plano. Ni siquiera su efímero paso por el Gobierno de Azaña como ministro de la Marina, entre junio y septiembre de ese año, tuvo mayor incidencia. Pero cuando sucede al gran padre del nacionalismo catalán en el despacho de la plaza de Sant Jaume, lo hace en el peor momento. Nombrado líder de ERC y al frente de un gobierno de concentración, la irrupción de la CEDA en el Gobierno de Lerroux, unida a una agria disputa competencial por la Ley de Contratos de Cultivo que llegó al Tribunal de Garantías Constitucionales, preparó el terreno para la declaración unilateral del Estado Catalán el 6 de octubre de 1934.

Siendo catalanista y federalista, había derivado en un radicalismo nacionalista

El escenario político en aquellas fechas era tan complejo que los historiadores ni siquiera han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre la explicación última de este movimiento por parte de Companys. Para unos, sería la consecuencia de quien, siendo catalanista y federalista, había derivado en un radicalismo nacionalista; para otros, se trataba de una jugada para detener el levantamiento que los partidos obreros, los sindicatos y los anarquistas preparaban para unirse a lo que estaba ocurriendo en otras partes de España. Sea como fuera, las propias divisiones internas ayudaron a que la insurrección se disolviera como un azucarillo ante la irrupción de las tropas del general Batet.

Condenado Companys y todo su Gobierno a treinta años de cárcel, fueron indultados por Azaña cuando llegó a la presidencia (éste consideraba que Cataluña había sido el último baluarte de la República durante el bienio de 1933-35). Devuelto a su cargo, el fracaso del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 hizo que el Gobierno catalán se viera desbordado por las milicias anarquistas.

Violencia ideológica

Finalmente, y tras mucho esfuerzo, logró controlarlas, mientras movía los hilos para permitir la salida de Barcelona de miles de personas que, gracias a un pasaporte expedido por la Generalidad, lograron ponerse a salvo de la violencia ideológica.

Pero nada de esto sirvió, como hemos visto, para que al exiliarse tuviera el mismo reconocimiento de Macià. Arrastrado por el derrumbe de todo un Estado, cuando cruza a Francia (empujado por la necesidad de ocuparse de su hijo, que sufría graves problemas psicológicos) es un hombre derrotado al que casi nadie apoya. Sólo su cruel ajusticiamiento le abriría la puerta para convertirse en símbolo.