Al-Andalus

Salvad Al-Ándalus

Contra las bombas, lápices y papeles. Hace dos siglos y medio, arquitectos, pintores y dibujantes conservaron el legado islámico.

Capitel nazari dibujado por Sánchez Sarabia

Capitel nazari dibujado por Sánchez Sarabia

La destrucción es propaganda. La venganza es propaganda. Las demoliciones son propaganda. Y un “crimen de guerra”. La UNESCO fue contundente en su definición de la barbarie ejecutada por el Estado Islámico sobre el legado histórico y artístico depositado en Siria por las civilizaciones que la atravesaron. Patrimonio no rima con dinamita, tampoco con ideología.

Casi tres siglos antes de que el chantaje hiciera saltar por los aires el templo de Baal Shamin, de que ISIS utilizase la ruina como guerra psicológica contra el mundo -y mostrar su impunidad e incapacidad para detenerlos-, dibujantes, arquitectos y artistas partieron en busca de los tesoros de la antigüedad islámica por tierras españolas, con un objetivo: pasarlos a papel para preservarlos, al menos, en la memoria ante su inminente destrucción.

Estos dibujos reivindicaron la marca España ante los turistas británicos y franceses románticos atraídos por el arte islámico

De hecho, el Ejército francés bombardeó parte de las murallas y varias torres de la Alhambra, nunca reconstruidas. Gracias a la estancia del arquitecto José Hermosilla antes de las bombas de la Guerra de la Independencia el edificio original se salvó en la memoria. Su arte, su rigor científico, su concreción en las vistas de las creaciones musulmanas fue utilizado, además, como “marca España” ante los turistas británicos y franceses románticos atraídos por el arte islámico y el exotismo oriental.

Zócalo dibujado por Sánchez Sarabia

Zócalo dibujado por Sánchez Sarabia

“No tenían medios, pero tenían tiempo y sensibilidad”, cuenta Antonio Almagro, comisario de la exposición El legado de al-Ándalus, inaugurada con el apoyo de Fundación Mapfre, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Los dibujos de aquellos viajes que forman parte de la muestra son presentados por primera vez al público. La primera comitiva para retratar las joyas “más expuestas a perecer por el trascurso del tiempo” parte en la década de los cincuenta del siglo XVIII, como encargo pionero de la recién creada Academia.

El espíritu ilustrado 

El artista local Diego Sánchez Sarabia quedó prendado por esas referencias al mundo natural abstraídas en dibujos geométricos infinitos, que cubren las paredes y los techos de los edificios. El artista recreó la asombrosa economía de medios, la delicada representación de las líneas estucadas, el colorido llamativo de las decoraciones. Pero no era suficientemente científico para los académicos, que años más tarde mandan a los tres mejores arquitectos del momento: José de Hermosilla, Juan de Villanueva y Juan Pedro Arnal ha levantar planos y una visión más rigurosa, menos expresiva.

José de Hermosilla (1715-1776) realizó la mayor parte del trabajo encomendado a la expedición, entre dibujos preparatorios (29) y las vistas generales de la Alhambra, los perfiles del terreno y la planta general del conjunto, las columnas, capiteles y fuente de los Leones, sin olvidar la planta del Generalife o el Pilar del Emperador. “Este trabajo, más riguroso, supuso un afianzamiento en la conciencia nacional”, cuenta el comisario a este periódico.

Qibla Partal dibujada por R.Contreras.

Qibla Partal dibujada por R.Contreras.

Para Almagro debemos apuntar una lección de todos estos viajes: “Reavivar la conciencia de la documentación y la conservación”. Paradójicamente, basta salir de la sede de la Academia de Bellas Artes de San Fernando para toparse con la destrucción del conjunto de Canalejas, paralizada en estos momentos por el otro peligro del patrimonio heredado: la especulación inmobiliaria.

Más paradojas: es el académico Pedro Navascués el que reivindica en el catálogo a aquellos viajeros que con su arte tomaron nota de lo que corría peligro. Navascués firmó el polémico informe que permitió al gobierno de la Comunidad de Madrid rebajar la protección del edificio de Plaza España, comprado por el magnate chino Wang Jianlin.

En el siglo XIX la Academia de arquitectos mandan pupilos y profesores a recoger las vistas de los Monumentos Arquitectónicos de España, entre 1856 y 1882, una empresa editorial más escenográfica que científica, más espectacular y colorida que arquitectónica. Los dibujos originales que se exponen son la parte más exuberante y bella del recorrido. El proyecto abarca monumentos de todas las épocas, con documentación de los edificios musulmanes más sobresalientes de Granada, Toledo, Córdoba o Segovia. El mandato salid y salvad el arte del Islam queda en buenas manos, a salvo de las bombas, el tiempo y la decadencia.