Neurociencia

¿Es posible 'curar' el síndrome de Down con medicamentos?

Investigadores de todo el mundo trabajan en estrategias farmacológicas para mejorar el deterioro cognitivo asociado a la trisomía 21. Algunas se prueban ya en humanos. 

Del ratón al humano, el paso clave en la investigación.

Del ratón al humano, el paso clave en la investigación.

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Aunque la película El aceite de la vida (George Miller, 1992) sea un melodrama aceptable (una puntuación de 7,2 sobre 10 en la conocida base de datos IMDB), el mensaje que transmite es, como mínimo cuestionable. En el film se narra la gesta de unos padres que se dedican a investigar por su cuenta y riesgo un tratamiento para la extraña enfermedad que padece su hijo. Tras encontrarlo, lo aplican con relativo éxito a su pequeño. Un The End envuelto en lágrimas que puede dar una idea muy errónea de cómo abordar una condición incurable.

La cinta estaba basada en hechos reales y la situación que retrata dista de ser única. Cada cierto tiempo, los medios de comunicación se hacen eco de padres que supuestamente han vencido a la ciencia y han localizado una cura esquiva a los microscopios durante años.

Uno de los últimos casos se ha publicado este mismo mes en la revista MIT Technology Review y ha sacado a la luz una práctica que, según fuentes citadas en el artículo, se está popularizando en EEUU entre los padres de niños afectados por síndrome de Down, la causa genética más frecuente de retraso mental leve a moderado. Se trata de administrar fluoxetina, principio activo del conocido antidepresivo Prozac, tanto a los pacientes más jóvenes como a las madres que portan un feto con esta anomalía cromosómica (presentan una copia extra del cromosoma 21).

Capacidades cognitivas

La idea es conseguir que los niños recuperen parte de las capacidades cognitivas perdidas a consecuencia del trastorno y no tendría mayor problema si no fuera por un detalle: ningún estudio clínico ha demostrado que el antidepresivo sea eficaz para este fin en humanos, aunque sí lo ha hecho en ratones, como se comprobó en un estudio publicado en 2014 en la revista Brain.

"Aunque este resultado es muy interesante, no ha sido replicado en seres humanos y siempre hay que ser cautos, ya que algunos estudios de casos sugieren que medicamentos como Prozac, cuando se usan durante el embarazo, pueden dañar al feto y se desconoce su potencial impacto sobre el desarrollo de bebés y niños pequeños con síndrome de Down", explica a EL ESPAÑOL Mara Dierssen, investigadora del Centro de Regulación Genómica (CRG) que, sin embargo, cree que sí hay algo positivo al menos en la formulación de la hipótesis: "Abre una oportunidad que nosotros también hemos abierto con nuestro trabajo, que es que el cerebro durante el desarrollo es mucho más plástico y que por lo tanto actuar preventivamente sería lo ideal".

Ensayo en humanos

Según MIT Technology Review, el comportamiento que Dierssen "desaconseja totalmente" ha tenido un final al menos prometedor, ya que el afán de uno de los padres por que exista evidencia científica detrás de lo que él hace con su hijo de 14 años ha llevado a que The University of Texas Southwestern Medical Center anuncie la puesta en marcha de un ensayo clínico que comenzará presumiblemente este mismo mes.

En el mismo, se administrará fluoxetina a 14 mujeres embarazadas de un feto diagnosticado con síndrome de Down. Otras siete en las mismas condiciones tomarán un placebo. Las participantes dejarán de tomar el fármaco tras el nacimiento de los niños, que serán los que lo consuman hasta que cumplan los dos años. El objetivo es saber si el antidepresivo puede mejorar el desarrollo del cerebro, el funcionamiento de este órgano y el comportamiento de los niños con el trastorno.

Para el catedrático de Farmacología y presidente de la Fundación Iberoamericana Down21, Jesús Florez, no se trata de una buena idea ya que, a su juicio, "en la actualidad, la acción directa sobre embriones es absolutamente inviable". Aunque este experto confía en que "las autoridades estadounidenses hayan analizado a fondo la propuesta antes de aprobarla", señala que sus homólogas italianos -país donde se llevó a cabo el estudio en animales- la rechazaron "por motivos éticos". "Yo también lo hubiera hecho", enfatiza.

La investigadora principal del trabajo, Carol Tamminga, reconoce por correo electrónico a EL ESPAÑOL  que los aspectos éticos de este ensayo son "significativos", pero afirma que se han considerado "muy cuidadosamente" y se les ha dado respuesta en el protocolo. "El estudio se ha diseñado para minimizar los efectos secundarios del fármaco y salvaguardar la salud tanto de la madre como del feto", destaca. Aún así, recuerda que "ningún estudio se puede hacer sin un mínimo de riesgo para el paciente" y destaca que el Comité Institucional de su universidad ha concluido que "la probabilidad de que el resultado sea de mucho valor para los pacientes supera el bajo nivel de riesgo". 

Una práctica antigua

Jesús Florez explica que intentar corregir terapéuticamente el síndrome de Down no es algo nuevo y que, de hecho, ya en 1931 se probó la celuloterapia con tejido embrionario, "que alcanzó su máximo esplendor en el tratamiento de esta condición en la década de los 50-60". Una década después se empezó a aplicar hidroxitriptofano a los niños afectados y también se probaron tratamientos mixtos con hormonas (tiroxina), vitaminas (ácido folínico y del complejo B) y minerales (como el selenio). "Era una época en la que no se había consolidado el concepto y la reglamentación del ensayo clínico y se aceptaba como buena cualquier mejoría casual, sin contrastarla con el efecto de un placebo", comenta.

Sin embargo, no fue hasta finales de los 90 cuando se inicia la investigación farmacológica sistematizada en modelos animales, que alcanzó su esplendor en el presente siglo, cuenta Flores a este periódico. "Son decenas los productos investigadores, a veces con resultados prometedores, que no siempre superan la fase traslacional. Ensayos bien sistematizados en la especie humana aparecen a principios de los 2000 y han ido ganando en precisión conforme se han ajustado las condiciones y los objetivos del ensayo", destaca.

En uno de esos trabajos ha participado Dierssen, que se muestra extremadamente optimista con respecto a las posibilidades que ofrece la investigación en este campo: "Yo diría que todo lo que en ratón funcione y sea seguro se irá probando en humanos. Irá fase a fase, según toque, porque en estas cosas no se puede arriesgar, pero yo estoy convencida de que cuanta más investigación básica haya, más fácil será que las estrategias lleguen al ensayo clínico".

La investigadora de la Universidad de Tufts Diana Bianchi responde a este diario un rotundo "sí" al ser preguntada sobre si se tendrá éxito a la hora de tratar la discapacidad cognitiva asociada al síndrome de Down. De hecho, cree que la gran mayoría de las estrategias probadas en ratón podrán con el tiempo ensayarse en humanos.

Problemas de financiación

La científica denuncia sin embargo que es muy difícil conseguir apoyo financieron en forma de becas y ayudas para apoyar la investigación en este campo, algo con lo que coincide totalmente Dierssen, que advierte de que "hay personas que lo están dejando por esta razón". "Es un síndrome que ni es raro ni es muy frecuente, con lo cual estamos en terreno de nadie", denuncia. Dierssen reconoce que puede que detrás de esa desidia se encuentre el hecho de que el síndrome de Down está sujeto en la mayoría de los países a la interrupción voluntaria del embarazo, aunque no cree que sea el único motivo. "Competimos con el cáncer, con enfermedades infecciosas…".

A pesar de estos obstáculos, la investigación en este campo en la actualidad consta de varios ejemplos esperanzadores. Uno de ellos el protagonizado por la propia Dierssen, que firmó un estudio publicado en 2014 en la revista Molecular Nutrition & Food Research. Dierssen explica así esta aproximación: "El gen DYRK1A es un gen que produce una serie de alteraciones neuronales en la conectividad, en el sistema de comunicación en las espinas dendríticas y la sinapsis". Los investigadores formularon la hipótesis de que un fármaco -la epigalocatequina galato, que además es el extracto del te verde- podría tener propiedades inhibidoras sobre el gen. Tras demostrarlo en ratones, lo probaron también en humanos, en un ensayo en fase I que demostró su seguridad. Ya han concluido la fase II, "con datos prometedores" que se publicarán este mismo año.

Eso sí, los trabajos apuntan a que esta terapia para adultos con síndrome de Down tendría que acompañarse de estimulación cognitiva, a día de hoy la piedra filosofal de manejo de las personas con síndrome de Down.

Seis hospitales españoles, junto con otros 31 centros de todo el mundo, evalúan en un ensayo clínico multinacional el fármaco RG1662, de la compañía farmacéutica Roche, otra posible alternativa terapéutica para esta condición.

Son pocos más los trabajos que se están haciendo con humanos, aunque merece la pena destacar -por curioso- uno que se lleva a cabo en la Vanderbilt University, que evalúa el uso de parches de nicotina en adultos con síndrome de Down no fumadores, para evitar el deterioro cognitivo medio que precede al alzhéimer, una enfermedad que afecta al 50% de los síndromes de Down cuando alcanzan los 60 años.

La investigación es mucho más activa cuando hablamos de animales. No sólo se están probando estrategias para revertir los efectos sobre el desarrollo cerebral de la trisomía, sino que también se están evaluando formas de prevenirlo antes del nacimiento. "Yo estoy convencida de que el futuro está en apostar por prevenir más que por rescatar un cerebro que ya ha sufrido todo un mal desarrollo", opina Dierssen quien, no obstante, cree que "falta mucho por saber".

Mientras los investigadores se buscan la vida para conseguir financiación y se avanza en la traslación de esos trabajos a humanos, una cuestión preocupa a Florez: "Es preciso que antes de probar y administrar ninguna medicación tengamos muy claros los parámetros que hemos de valorar en términos reales y concretos, sabiendo que esa 'mejoría de la cognición' que se nos quiere vender se debe traducir en datos sustanciales objetivados en la vida diaria del individuo. La pregunta definitiva sería: '¿Se siente ahora realmente más feliz?'".

Pueda o no hablarse de curación, parece que la ciencia tiene mucho que decir, aunque algunos no puedan esperarse a su veredicto y se decidan a probar estrategias por su cuenta.