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El lenguaje en la política

Rajoy e Iglesias, en la reciente moción de censura.

Rajoy e Iglesias, en la reciente moción de censura. Efe

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Con frecuencia se suele oír la expresión “no todo vale en política”. Con más frecuencia, todavía, contemplamos la pasividad de la “política sindicada”, que cuida muy mucho que sus “estibas”, aunque vapuleadas, NUNCA sean remodeladas.

Si la moralidad político social fuera el auténtico engranaje que desarrolla nuestros centros de representatividad, léase Congreso, Senado, Comunidades y Municipios, la conocida “pasividad comprensiva parlamentaria” pasaría a ser una actividad responsable, firme, a la vez que respetuosa en las formas.

El vocabulario parlamentario actual, no sólo es ofensivo sino que además se atreve, impunemente, a ser condenatorio. Ese vocabulario soez, impropio de los millones de personas representadas, debe tener una respuesta firme y contundente, porque en política “no todo vale”.

Lo que puede ser interpretado “políticamente” en un hemiciclo en la calle genera escándalos humillantes, además de impotencia e indefensión ante la gran pantalla o ante las tergiversadas ondas.

Cuando el “político sindicado”, vilipendiado soezmente, escucha impertérrito los insultos hay miles y miles de personas sujetas a estados de opinión humillantes.

La mentira debe ser condenada, el mentiroso debe ser juzgado y los representantes democráticamente elegidos deben denunciar todo lenguaje rastrero y “condenatorio” porque se deben a sus votantes y los hechos se demuestran ante el juez, no en sede parlamentaria mediante la utilización rastrera del lenguaje.