La filosofía de Gustavo Bueno

Gustavo Bueno/ Wikimedia commons

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Por Manuel Fernández Lorenzo (profesor de la Universidad de Oviedo)

 A principios de los 70 se forma la llamada Escuela o “Grupo de Oviedo”, en la que Gustavo Bueno inicia una renovación y profundización en el marxismo.  Emprende entonces una tarea que le llevará  a reconstruir la filosofía marxista sobre las bases filosófico-escolásticas de una filosofía estricta,  las cuales, en un largo desarrollo, darán lugar a la apertura de críticas profundas al propio marxismo. Por ello debemos detenernos en un breve balance de su extensa y densa obra.

Debido a la influencia y éxito de los noventayochistas en el panorama filosófico de España, la influencia del neopositivismo y del marxismo ha sido tardía y débil en los ambientes académicos de nuestro país, lo que ha convertido a sus defensores, surgidos a finales del franquismo, salvo excepciones, en meros divulgadores o imitadores. Dentro de la influencia del marxismo es donde se produce una de esas excepciones, donde se consigue superar el nivel de la mera divulgación o de la repetición de lo de afuera. Es la representada por el caso inusual de Gustavo Bueno, defensor  de una filosofía estricta (El papel de la filosofía en el conjunto del Saber, 1970), que huye por igual del eclecticismo y de la imitación foránea, tratando con tenacidad de construir un sistema materialista dialéctico de investigación lógico-filosófica, expuesto, p. ej., en sus Ensayos materialistas (1972) y desarrollado, en gran parte por el mismo, en sus principales obras: La metafísica presocrática (1974), El animal divino (1985), Primer ensayo sobre las categorías de las "ciencias políticas" (1991), Teoría del cierre categorial (1992), El sentido de la vida (1996). A partir de entonces, su obra escrita se centra casi exclusivamente en el ensayo filosófico de carácter político y social, con la publicación de libros de éxito editorial como son, entre otros, El mito de la cultura (1996), España frente a Europa (1999), El mito de la izquierda (2003), España no es un mito (2005), La fe del ateo (2007), El mito de la derecha (2008).

Como un tenaz explorador, en sus comienzos, Gustavo Bueno trata de profundizar filosóficamente en el marxismo con la ayuda sobre todo de los nuevos avances científicos proporcionados por las Ciencias Biológicas, Lógicas, Humanas y Etológicas, principalmente, con el fin de fundamentar con rigor académico un Materialismo filosófico que supere las debilidades del Materialismo clásico (marxista y pre-marxista).

Pero lo que nos interesa subrayar aquí, en relación con la construcción de una filosofía sistemática en España, a la “altura de los tiempos”, como Ortega pretendía sin conseguirlo, por su tendencia al ensayismo, son los avances puramente especulativos que la sistematización buenista realiza. En primer lugar, en consonancia con el auge del marxismo, al que Sartre había definido entonces como la filosofía de la época, la Idea de Vida orteguiana es sustituida por la Idea de Materia, como el autentico punto de partida filosófico. Pero más interesante que esta re-exposición ontológico escolástica del materialismo, nos parece la concepción operacional del conocimiento científico, desarrollado, a nuestro juicio, por influencia de Jen Piaget principalmente, en su monumental Teoría del Cierre Categorial y que se extiende al análisis operacional de los campos éticos, morales, políticos y antropológicos.

Lo más llamativo de la exitosa producción tardía de ensayismo político de Gustavo Bueno es su distanciamiento de la izquierda política social-comunista, con la que convergió inicialmente en sus planteamientos filosóficos materialistas. No obstante, no se puede dejar de valorar su modo de pensar las cuestiones políticas de forma sistemática  y  profunda,  algo  que  se echaba de menos en la tradición marxista en España.

Por otra parte, hay una contradicción más profunda que atraviesa toda su obra desde su inicio, provocada por lo que denominaríamos la estructura centáurica de su “sistema” constituida por la mezcla de dos figuras bien definidas, que proceden de tradiciones separadas y opuestas: la escolástica pre-kantiana de su Ontología, inspirada en el aristotelismo de Christian Wolff, y la gnoseología post-idealista de influencia científico-positiva piagetiana. Una asimilación crítica, y no meramente continuista de su filosofía, debería tratar de criticar, esto es, de separar el grano de la paja, que es lo que intentamos llevar a cabo algunos discípulos tenidos por heterodoxos. En tal sentido, consideramos que es la metodología operacional del conocimiento la que habría que desarrollar de forma consciente y sistemática, lo que nos llevaría al abandono de su rancia filosofía realista-escolástica y su sustitución por una nueva filosofía más en consonancia con tales planteamientos.

En la hora de su muerte, y de la de su esposa Carmen, reciba su familia nuestro más sentido pésame.