Hotel One Shot Reina Victoria Valencia
Valencia, del mito del Santo Grial a la vanguardia mediterránea: guía para recorrer sus tres caras
Historia, diseño y gastronomía se entrelazan en un itinerario que abarca desde la reliquia custodiada en la Catedral hasta la ebullición creativa de sus barrios.
Valencia lleva años construyendo una identidad ligada a la innovación y la vanguardia. Una ciudad venida a más en la que disfrutar de las nuevas formas de entender la arquitectura, la gastronomía o la vida urbana sin sufrir el ritmo, a veces agotador, de las grandes capitales. La Ciudad de las Artes y las Ciencias representa su cara más futurista; el Mediterráneo, sus playas y la huerta recuerdan que aquí la modernidad sigue conviviendo con una forma de vivir marcada por la luz, la calma y la calle.
Sin embargo, basta adentrarse en su casco histórico para descubrir una Valencia muy diferente. Entre las piedras de su catedral se custodia desde hace casi seis siglos una pieza rodeada de historia, fe y leyenda: el Santo Cáliz, considerado por la tradición como la copa que Jesús habría utilizado durante la Última Cena y una de las grandes candidatas históricas a ser aquello que durante siglos hemos llamado el Santo Grial.
La historia detrás del Santo Grial
La historia del Santo Cáliz es la de un viaje de casi dos mil años. Según la tradición, san Pedro habría llevado la copa utilizada durante la Última Cena de Jerusalén a Roma. Allí permaneció hasta el siglo III, cuando, durante las persecuciones del emperador Valeriano, san Lorenzo habría organizado su traslado a Hispania. La reliquia encontró después refugio en distintos enclaves del Pirineo aragonés, especialmente en el monasterio de San Juan de la Peña.
En 1399, Martín I de Aragón incorporó la pieza al relicario de la Corona y, décadas más tarde, su historia terminó ligada definitivamente a Valencia. Alfonso V el Magnánimo dejó el cáliz como garantía de los préstamos que había solicitado a la Catedral para financiar sus campañas en Nápoles. La deuda nunca llegó a saldarse y, desde 1437, permanece custodiado en la Seo valenciana.
Pero ¿qué hace diferente al cáliz de Valencia de las otras piezas que han aspirado a ser identificadas con el Santo Grial? En la década de 1960, el arqueólogo Antonio Beltrán determinó que su copa superior, realizada en piedra calcedonia, podía datarse entre los siglos I y II a. C., una cronología compatible con la época de Jesús.
Décadas después, la doctora Ana Mafé profundizó en su estudio. Sus investigaciones sostienen que tanto la tipología como la capacidad de la copa son compatibles con un recipiente de bendición empleado durante el Pesaj judío. A ello se suma una singular veta blanca en uno de sus laterales que encuentra paralelismos en representaciones de copas de algunos frescos paleocristianos de las catacumbas romanas. Indicios que no permiten afirmar de manera definitiva que se trate de la copa de la Última Cena, pero sí ayudan a entender por qué la pieza valenciana ocupa un lugar excepcional entre las candidatas históricas al Santo Grial.
Un Grial custodiado por Valencia
Con los siglos, el Grial trascendió su dimensión religiosa para convertirse en uno de los grandes mitos de Occidente. Desde el Perceval de Chrétien de Troyes hasta el Parzival de Wolfram von Eschenbach o la ópera de Wagner, literatura y leyenda alimentaron una búsqueda que todavía hoy despierta fascinación.
Pero en Valencia su historia también está ligada a quienes se encargaron de protegerlo. En 1936, ante el peligro que corría la Catedral durante la Guerra Civil, María Sabina Suey sacó el Santo Cáliz del templo oculto en una bolsa y, junto a su familia, lo protegió en diferentes escondites hasta emparedarlo en una vivienda de Carlet, donde permaneció hasta el final de la contienda.
Aquella protección en uno de los momentos más convulsos de la historia reciente es también una muestra del vínculo que Valencia ha mantenido con la reliquia durante siglos. Un vínculo que, más allá de la devoción popular, ha recibido el respaldo de la Iglesia: san Juan Pablo II y Benedicto XVI utilizaron el cáliz en celebraciones eucarísticas en la ciudad y Valencia celebra cada cinco años el Año Jubilar del Santo Cáliz. Historia, fe y tradición confluyen así en una pieza que hoy forma parte inseparable del patrimonio valenciano.
Un camino que termina frente al Mediterráneo
Hoy, la historia puede recorrerse a pie. El Camino del Santo Grial conecta, en su tramo español, Somport, en el Pirineo aragonés, con Valencia a través de más de 600 kilómetros y cerca de un centenar de municipios de Huesca, Zaragoza, Teruel, Castellón y Valencia. Montañas, viñedos, olivares, campos de naranjos y la huerta acompañan un itinerario que pretende recuperar los lugares ligados al viaje histórico de la reliquia y que aspira a consolidarse como una gran ruta cultural y espiritual mediterránea, complementaria al Camino de Santiago.
La ruta busca ahora dar un paso más. Ana Mafé, al frente de las asociaciones que impulsan el Camino, lidera el proceso para conseguir su reconocimiento como Itinerario Cultural Europeo, con la intención de conectar bajo una misma red enclaves relacionados con la tradición del Grial en Jerusalén, Italia, Francia y España.
Así, el Santo Grial ofrece una excusa inesperada para volver a mirar Valencia. No solo como el destino mediterráneo de arquitectura vanguardista, arroz y playa que todos reconocemos, sino como el punto final de un camino que comenzó, al menos según una tradición transmitida durante siglos, a miles de kilómetros de aquí.
Dónde dormir
Valencia es también una ciudad que cambia según el barrio desde el que se mire. Está la monumental Ciutat Vella, donde callejear entre iglesias, palacios y plazas; el entorno del Mercado Central, marcado por la vida cotidiana y el producto local; la elegancia comercial de Colón; y Ruzafa, que ha convertido sus cafés, galerías y nuevos proyectos en uno de los epicentros creativos de la ciudad. Elegir dónde dormir es, por tanto, elegir también qué Valencia se quiere vivir.
Esa conexión con el destino forma parte de la filosofía de One Shot Hotels, que cuenta con cuatro hoteles repartidos por distintos puntos del centro: One Shot Colón, One Shot Mercat, One Shot Reina Victoria y One Shot Puerta Ruzafa. Una colección de alojamientos que busca incorporar el arte, el diseño y la identidad local a la estancia para que el hotel sea algo más que el lugar al que regresar al terminar el día.
Quizá el mejor ejemplo de esa filosofía sea One Shot Reina Victoria. A pocos metros de la Plaza del Ayuntamiento, ocupa un edificio diseñado por el arquitecto valenciano Luis Ferreres Soler e inaugurado en 1913 como el primer hotel de la ciudad. Por sus estancias pasaron nombres como Ernest Hemingway o Federico García Lorca, convirtiéndolo en testigo de una Valencia de tertulias, literatura y vida social que todavía resuena entre sus paredes. Hoy, completamente reinterpretado para el viajero contemporáneo, recupera también ese espíritu de encuentro a través de su club literario.
Habitación suite junior Hotel One Shot Reina Victoria
Al otro lado de esa Valencia histórica se encuentra la incorporación más reciente de la cadena, One Shot Puerta Ruzafa, junto a la plaza de toros y a las puertas de uno de los barrios con más personalidad de la ciudad. Su diseño parte precisamente del significado original de Ruzafa —“jardín”— y convierte el edificio en una particular alegoría de la naturaleza: cada planta representa una fase de su ciclo, desde las raíces y el agua hasta la flor y el sol. Una manera de trasladar al interior la relación de Valencia con sus jardines, su huerta y su luz mediterránea.
Arriba, la experiencia culmina bajo esa misma luz que inspira el proyecto; abajo espera una ciudad que invita a seguir caminando. Porque en Valencia, incluso el lugar elegido para dormir puede convertirse en otra forma de descubrirla.
Incluso el lugar elegido para dormir puede convertirse en otra forma de descubrirla.
Dónde comer
Si hay una manera de entender Valencia más allá de sus monumentos, es sentándose a la mesa. La huerta, el Mediterráneo, el arroz y el producto de proximidad han construido una identidad gastronómica que, como la propia ciudad, ha sabido evolucionar sin perder de vista sus raíces.
Y antes de hablar de alta cocina, hay que empezar por una de sus tradiciones más genuinas: el esmorzaret. Mucho más que un almuerzo a media mañana, es casi un ritual social en el que el bocadillo se acompaña de cacahuetes, aceitunas y, para terminar, un cremaet. En Bergamonte, en La Pobla de Farnals, llevan desde 1976 haciendo de esta costumbre una declaración de identidad valenciana. Fundado por Pedro Sánchez y Mayte Morant y hoy continuado por Cristina y Mauricio, aquí hasta el pan tiene nombre propio: Mauri y Críquet, elaborados expresamente para sus bocadillos. ¿La elección? Patata y huevo o sobrasada y queso para entender, desde el primer bocado, por qué el esmorzaret es mucho más que una comida.
Pero, como ocurre con su arquitectura o sus barrios, Valencia también ha sabido reinventarse a través de la gastronomía. La tradición permanece, pero una nueva generación de proyectos mira al territorio desde códigos contemporáneos. Esa idea vertebra Valencia Best Places, una colección de espacios impulsada por Grupo El Alto y Groovelives para mostrar diferentes caras de la ciudad.
En Saiti, el chef Vicente Patiño lleva el producto valenciano a la alta cocina desde una mirada precisa y profundamente ligada al territorio. Con dos Soles Repsol y recomendado por la Guía Michelin, el restaurante ha creado además un menú inspirado en el simbolismo del Santo Grial, cerrando el círculo con esa otra Valencia histórica que atraviesa este viaje.
La perspectiva cambia por completo en Front, frente al Mediterráneo, donde pescados de lonja, brasas y arroces hablan de la relación de Valencia con el mar; o en Atenea Sky, desde cuya azotea frente a la Plaza del Ayuntamiento la ciudad se contempla desde las alturas, mejor aún cuando cae el sol y llega a la mesa una reinterpretación del Agua de Valencia.
Restaurante Front
Y para regresar al origen está Maravella, una alquería contemporánea entre la huerta y el Parque Natural de la Albufera. El camino entre arrozales ya anticipa una propuesta en la que arquitectura y cocina dialogan con el paisaje: huerta propia, productores locales, materiales naturales y una carta donde arroces, brasas y producto de temporada devuelven el protagonismo a la tierra.
Del bocadillo del esmorzaret a la cocina de autor; de la huerta a una azotea en pleno centro y de los arrozales al Mediterráneo. Valencia también se recorre a través de sus mesas, demostrando que tradición y vanguardia no tienen por qué ocupar lugares distintos cuando ambas parten del mismo territorio.
Paella en el restaurante MARAVELLA
Quizá ahí resida el verdadero atractivo de Valencia: en su capacidad para mirar hacia delante sin dejar atrás aquello que la ha construido. Una ciudad donde un cáliz con siglos de historia convive con nuevos barrios, hoteles que recuperan la memoria de sus edificios y una gastronomía que transforma la huerta y el Mediterráneo sin renunciar a sus raíces.
Porque más allá de la Valencia que todos creemos conocer, existe otra que se descubre caminando, escuchando sus historias y sentándose a su mesa. Y quizá sea precisamente esa mezcla de pasado y presente la que explique por qué siempre quedan razones para volver.