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A más de 1.500 metros de altitud, en las tierras altas de Guatemala, se despliega un paisaje onírico, casi irreal: el de tres volcanes —San Pedro, Tolimán y Atitlán— alzados, con sus picos de más de 3 mil metros, en torno a una extensa masa de agua azul salpicado de coloridos pueblitos de origen maya.

Nos hallamos en el lago Atitlán, donde la naturaleza ha sabido jugar a lo grande: basta admirar la estampa que nos rodea para entender su magnificencia.

Pero Atitlán no es solo un escenario de postal. Es también la historia de la naturaleza narrada a través de sus fenómenos geológicos.

Porque esta espectacular estampa nació tras una erupción volcánica de enormes dimensiones que provocó el colapso de una caldera que, con el tiempo, quedó inundada.

Sus aguas, que se despliegan a lo largo de 130kms 2, son hoy surcadas por innumerables barcas y lanchas que recorren de un lado a otro su extensión buscando los embarcaderos en los que descargar a los viajeros que, ansiosos por ahondar en las raíces de esta tierra, visitan sus localidades.

Muelle de madera hacia la serenidad y los volcanes del lago Atitlán.

Muelle de madera hacia la serenidad y los volcanes del lago Atitlán. Unsplash

Pequeños núcleos urbanos que han sabido adaptarse a los tiempos colmando sus calles de mercados con productos autóctonos, pequeños hostales, restaurantes y hasta cafeterías de especialidad.

Pana, el perfecto punto de partida

Para muchos viajeros, Panajachel, conocido popularmente como Pana, es la primera toma de contacto con el lago Atitlán. Ubicado en la orilla norte, su principal vía, la calle Santander, luce plagada de puestos de artesanía con tejidos mayas de colores y cerámicas ante las que resulta imposible no caer rendidos.

Sentados en alguna de sus terrazas con vistas a los volcanes, es sencillo adivinar por qué este pueblo se convirtió a mediados del siglo XX en uno de los primeros destinos turísticos de Guatemala, atrayendo a viajeros, artistas y comunidades de extranjeros.

Hoy, conserva ese carácter abierto y cosmopolita, aunque la esencia indígena continúa muy presente. Tomamos uno de los barcos que trabajan a modo de autobús de línea y conectamos rápidamente con San Marcos La Laguna, otro de esos municipios que desprende esencia maya en cada rincón.

Se respira, también, cierto ambiente bohemio fruto de la llegada, desde hace décadas, de viajeros, artistas y comunidades interesadas en el yoga, la meditación, las terapias naturales o la alimentación consciente.

Arte callejero, música y sombreros colgantes llenan de vida las coloridas calles del pueblo.

Arte callejero, música y sombreros colgantes llenan de vida las coloridas calles del pueblo. Unsplash

Se cuenta que este pedacito de Guatemala emana una energía especial. ¿La consecuencia? Una curiosa convivencia entre la cultura maya de sus habitantes y una comunidad internacional que ha encontrado en este rincón su particular lugar para desconectar.

Nos perderemos por sus calles y nos dejamos llevar por la sucesión de —una vez más— esas cafeterías y restaurantes vegetarianos que tanto han proliferado en el lugar.

De vez en cuando, por supuesto, alzamos la mirada y disfrutamos de la estampa que los volcanes nos ofrecen. Por mucho que se observen, por mucho que se fotografíen, siempre resultan más esplendorosos.

Un sendero parte de su núcleo urbano y conduce hacia el Cerro Tzankujil, una reserva natural situada junto al lago desde cuyos miradores se obtienen panorámicas inolvidables.

Misticismo y religión en los pueblos de Atitlán

Y continúa el periplo. Un recorrido a nuestro ritmo que nos permite conectar con la naturaleza de la zona. Tomamos de nuevo la lancha y nos acercamos hasta San Juan La Laguna, en la orilla suroeste del lago, donde la estampa cambia.

Cielos brumosos y vegetación envolviendo las calmas aguas del lago Atitlán.

Cielos brumosos y vegetación envolviendo las calmas aguas del lago Atitlán. Unsplash

¿Y de qué manera? Aquí es la identidad maya tz´utujil la que vibra con intensidad, transformando los muros y las calles en una auténtica galería al aire libre repleta de murales de estilo naif que representan escenas de la vida cotidiana, pero también animales, plantas y aspectos de la cosmovisión maya.

Otra de las grandes señas de identidad de San Juan son sus talleres textiles: merece la pena entrar en alguno para descubrir cómo las mujeres de las cooperativas locales trabajan con algodón y tintes naturales siguiendo técnicas transmitidas de generación en generación.

De repente, nos invade el aroma a café. No es de extrañar: las laderas que rodean el lago cuentan con unas condiciones privilegiadas para el cultivo de este, por lo que existen diversas cooperativas y pequeños productores asentados en la zona.

Probar su intenso sabor en cualquiera de sus cafeterías es un plan obligado. Tanto, como vivir la experiencia de conocer el proceso de su cultivo en una visita guiada.

Antes de continuar, una pequeña parada en la iglesia de San Juan Bautista y nos subimos en un tuk-tuk: optamos por hacer el recorrido por tierra hasta San Pedro La Laguna.

Tejidos artesanales que reflejan la riqueza cultural y textil de la región.

Tejidos artesanales que reflejan la riqueza cultural y textil de la región. Unsplash

Pero cuando creíamos que el lago Atitlán no podía sorprendernos más, va y lo consigue: la estampa del pueblo a los pies del volcán San Pedro resulta de lo más impactante.

Por eso, decidimos dejar a un lado el paseo por las callejuelas y amarrarnos bien fuertes las botas de trekking: ¿qué tal aceptar el desafío de ascender al volcán, cuya silueta domina el pueblo con sus 3.020 metros de altitud?

Una caminata intensa que nos lleva a atravesar bosques y cafetales hasta alcanzar las cotas superiores, desde donde las vistas sobre el lago y los volcanes vecinos justifican, absolutamente, el esfuerzo.


Y de nuevo al agua. Y de nuevo a recorrer, con la brisa rozándonos el rostro y a toda velocidad, un lago tan inmenso en tamaño como en belleza. No en vano, el Atitlán abarca 8 kilómetros de ancho y 18 de largo, alcanzando una profundidad que, dependiendo de la época, puede llegar a alcanzar los 300 metros.

Desembarcamos así en nuestra última parada y, quizás, la más especial: Santiago Atitlán, el mayor de los pueblos que salpican las orillas del lago y uno de los principales centros de la cultura maya tz’utujil, nos aguarda para conocer las tradiciones más arraigadas.

Pasarela multicolor que conecta el pueblo con las aguas del lago.

Pasarela multicolor que conecta el pueblo con las aguas del lago. Unsplash

Empezando por la vestimenta de sus mujeres, que lucen el característico huipil de fondo rojo —camisas con motivos bordados florales y animales— y el tocoyal, una suerte de sombrero hecho a partir de enrollar una larguísima cinta de hasta 21 metros en sus cabezas, y que protagoniza la moneda de 25 centavos.

Nos acercamos hasta la iglesia de Santiago Apóstol, del siglo XVI, y vamos al encuentro de un personaje capaz de condensar la particular mezcla de creencias que define este rincón de Guatemala. Maximón, una figura de origen maya a la que se rinde culto y que reúne elementos de distintas tradiciones religiosas, nos espera.

Cada año cambia de domicilio y es custodiado por una familia de la comunidad en un ritual que atrae tanto a fieles como a viajeros: jamás le falta un cigarro encendido en su boca, ni las velas o la bebida en torno a él.

Para verlo, eso sí, hay que pagar lo que establecen sus “escoltas”. Tras navegar entre pueblos, volcanes y tradiciones mayas, llega el momento de bajar el ritmo y retirarnos a descansar.

Nuestro refugio elegido es La Fortuna Atitlán, un pequeño hotel boutique familiar escondido en una bahía privada a orillas del lago, entre Panajachel y Santa Cruz La Laguna, compuesto por apenas cinco bungalows construidos con maderas nobles, bambú y cubiertas de inspiración balinesa.

Manos mayas preservando la tradición milenaria del hilado y los tintes naturales.

Manos mayas preservando la tradición milenaria del hilado y los tintes naturales. Unsplash

Pequeños refugios que se camuflan entre una exuberante vegetación para conseguir algo que, después de cada jornada recorriendo Atitlán, se antoja casi un lujo: silencio.

Pero aquí el respeto por el entorno también forma parte de la experiencia. Y es que La Fortuna funciona completamente fuera de la red eléctrica y se abastece mediante energía solar.

Un biodigestor anaeróbico gestiona además los residuos y buena parte de sus materiales son locales y sostenibles. De hecho, los propios propietarios, Steve y Katherine, diseñaron el mobiliario junto a artesanos de la zona.

Ya sea sumergidos en el jacuzzi de leña frente al lago, relajados en el jardín tropical o disfrutando de la gastronomía de su restaurante, seremos conscientes de que este es, sin duda, el mejor lugar para despedirnos de Atitlán.