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Apenas han pasado 10 minutos desde que cruzamos el Puente Internacional del Guadiana, que marca la frontera algarvía entre España y Portugal, cuando el GPS nos advierte de que estamos próximos a nuestro destino.

Solo tenemos que tomar un desvío hacia el mar a la altura de Vila Nova de Cacela, y enseguida nos encontramos frente a una enorme verja metálica.

Es la señal de que estamos a puntito de dejar atrás la vida real para sumergirnos en un mundo de atenciones y relax propio del mismísimo edén: Casas da Quinta da Cima, una preciosa finca de más de 100 años, se yergue frente a nosotros con su fachada blanca impoluta y sus buganvillas luciendo al sol.

Su historia es de esas que merece la pena dedicarle unas líneas: adquirida por la familia Ramírez, pionera en el negocio de las conservas en el Algarve casi 200 años atrás, fue utilizada con fines agrícolas durante más de un siglo.

Los descendientes de sus primeros moradores, ya dedicados a otros quehaceres —pues el negocio conservero se mudó al norte a comienzos del siglo XX—, decidió alrededor de 2020 que por qué no transformar los distintos edificios de aquella finca en un hotelito boutique.

Líneas puras, verde vivo y azul turquesa: el oasis de Casas da Quinta de Cima a vista de pájaro.

Líneas puras, verde vivo y azul turquesa: el oasis de Casas da Quinta de Cima a vista de pájaro. Ricardo Oliveira Alves

En uno de esos alojamientos que defienden una forma de hospitality basada en el lujo sencillo: en el detalle, en las atenciones, en la belleza. Hoy, lo que un día fueron las casas de los jornaleros que trabajaban el campo, se han convertido en nueve exclusivas suites dotadas de todas las comodidades.

El enorme almacén donde se atesoraban los frutos recolectados es un salón-bar-espacio de juegos donde pasar las horas entregados a algunos de los placeres mundanos más simples, ya sea jugando al billar o disfrutando de un delicioso cóctel en su honesty bar.

Otros edificios han pasado a albergar un salón de lectura o un completísimo gimnasio, una sala para los desayunos y cenas o, incluso, dos villas con piscina privada, algo más apartadas, para quienes ansían alojarse de una manera más autónoma e independiente.

Sea como sea, lo que está claro es que quienes hacen —hacemos— check-in en Casas da Quinta da Cima, lo hacen para entregarse al disfrute en mayúsculas, olvidarse del tiempo y del mundo... y ser feliz.

Un refugio encantador

Cada mañana arranca en Casas da Quinta da Cima de la misma manera: con el piar de los pajarillos que revolotean en el patio privado de las suites desde bien temprano.

Cal y calma: el reflejo puro del Algarve.

Cal y calma: el reflejo puro del Algarve. Ricardo Oliveira Alves

Conscientes de que no existe mejor despertador que este, nos levantamos de la cama para prepararnos un primer café —quizás también algo de zumo de naranja que el equipo del hotel nos habrá dejado a nuestra llegada— y disfrutarlo sin prisas, en una oda a la vida lenta, en la mesa exterior.

La vida puede resultar maravillosa en la intimidad de nuestra suite, pensada para el confort del huésped hasta en el último detalle. Diseñada —como todo el hotel— por el arquitecto João Pedro Falcão de Campos, quien supo interpretar la intención de la familia de mantenerse lo más leales posibles a los orígenes del lugar, las habitaciones cuentan con materiales naturales de máxima calidad, desde suelos de terracota de Santa Catarina, a mimbres y maderas nobles.

Los baños poseen todos una estilosa bañera y amplio plato de ducha, además de un lustroso suelo radiante sobre Breccia de Tavira.

No habrá motivos ni excusas para no olvidarnos del reloj y entregarnos en cuerpo y alma al descanso o a la lectura de aquel libro que teníamos pendiente: el silencio gobierna el ambiente mientras, acomodados en el mullido sofá del salón, un coqueto espacio abierto a una cocina que nos permite, si así lo queremos, vivir una vida independiente, no habrá nada que disturbe el momento.

Serenidad matinal entre muros blancos y toques de arte.

Serenidad matinal entre muros blancos y toques de arte. Ricardo Oliveira Alves

A nuestro alrededor, una decoración colmada de muebles y piezas vintage originales que pertenecieron en su mayoría a la propia familia Ramírez: lámparas, cuadros o libros que han sido conservados en almacenes durante décadas.

Todo está orquestado para que el goce se prolongue fuera de la habitación, faltaría más. Así que tomamos la toalla y nos dirigimos, siguiendo ese camino empedrado tan auténticamente luso que luce en todos los espacios exteriores, hacia la piscina.

Hacia esa poza rodeada de frutales y jardines que se construyó de forma alargada y estrecha y que algunos huéspedes aprovechan en horas calmas, también, para ponerse en forma.

Enseguida encontramos una hamaca libre oculta entre la vegetación—de nuevo, la privacidad como prioridad— en la que entregarnos a unas horas de vuelta y vuelta bajo el sol complementadas con refrescantes chapuzones.

Entre unos y otros, algún refrigerio o algo de picar: Casas da Quinta da Cima cuenta, además, con una carta escueta pero completa con la que saciar el apetito de los huéspedes a base de producto local y de temporada.

Bañada por el sol y abrazada por los naranjos.

Bañada por el sol y abrazada por los naranjos. Ricardo Oliveira Alves

Ensaladas de la huerta, quesos de la región o recetas varias maridadas con vinos del Algarve que su atento personal, siempre dispuesto a subir el nivel de nuestra estancia, se encarga de servirnos.

Y es que la gastronomía es otro de los fuertes del alojamiento. Nos basta con acudir a uno de sus desayunos bufé para comprobarlo.

El salón-comedor, que ocupa el antiguo granero, se convierte entonces en un festival de sabores y colores desplegado sobre antiguos muebles y servidos con gusto en vajillas de sello portugués.

Pasteles y panes recién horneados, frutas, zumos naturales y todo tipo de productos orgánicos que satisfacen el paladar en una oferta a la que se añaden los huevos hechos al gusto.

Por la noche, si apetece, y no importa si es en la intimidad de la habitación o en alguna de las mesitas de las terrazas compartidas, también se puede disfrutar de un homenaje a la luz de las velas y con la brisa marina de un Atlántico, que se intuye cercano, de compañía.

Un mundo de posibilidades

Juego de luces y sombras en un rincón íntimo.

Juego de luces y sombras en un rincón íntimo. Ricardo Oliveira Alves

Y entonces, quizás, llegue el momento de querer explorar más allá. De entregarnos a las bondades de un Algarve que no escatima en rincones de postal ni en excusas para querer quedarnos a vivir en él para siempre.

El hotel ofrece un servicio de transfer de ida y vuelta a la vecina Praia da Fábrica o a Cacela Velha en un simpático tuc-tuc blanco para quienes quieran echar un día de playa.

Cerca, también, se hallan la histórica Tavira o la Ría Formosa, un paraíso natural que descubrir, por qué no, en una visita privada en barco organizada desde el hotel.

¿Que en realidad preferimos no salir? Sin problema: las 50 hectáreas de terreno con los que cuenta nuestro refugio particular dan para paseos a caballo entre sus cultivos y rutas en bici, para clases de yoga dirigidas en sus jardines o, incluso, para servicio de masajes en la habitación.

Sin duda, y llegados a este punto, nos reiteramos en nuestra afirmación inicial: queremos que nos dejen eternamente aquí, abrazando la felicidad.