Publicada

Corría el año 1925 cuando, en la zona de Schiedam, un suburbio a las afueras de Róterdam, comenzaba la construcción de una fábrica que cambiaría para siempre la manera en la que los Países Bajos, y el resto del globo, mirarían la arquitectura industrial. Una factoría que estaba destinada a concentrar la producción de tres mercancías básicas: café, té y tabaco.

Sin embargo, los arquitectos Johannes Brinkman y Leendert van der Vlugt, encargados de dar forma al edificio que albergaría la Fábrica Van Nelle, decidieron innovar. Dotar al espacio de algo que, hasta entonces, solía brillar por su ausencia en este tipo de construcciones: luz, aire y amplitud.

¿Qué necesidad había en que una fábrica fuera un lugar gris, oscuro y poco amable?

Pasarelas que hacen de nervios conectados de un lado a otro.

Pasarelas que hacen de "nervios" conectados de un lado a otro. Mike van Schoonderwalt

Nadie sospechaba por aquel entonces que estaba a punto de abrir sus puertas —de hecho, lo haría en 1931— un edificio que acabaría por convertirse, ya en 2014, en Patrimonio Mundial por la UNESCO.

¿La principal razón? Estar considerado uno de los grandes iconos de la arquitectura industrial del siglo XX. Una gigantesca estructura de hormigón, acero y cristal que, incluso vista con los ojos de hoy, parece llegada del futuro.

En busca del contexto laboral ideal

Lo primero que sorprende al contemplar de cerca la fábrica Van Nelle, es que cuesta reconocerla como una fábrica al uso. Solo debemos fijarnos, aún en el exterior, en sus enormes fachadas, en los volúmenes suspendidos, en las pasarelas que conectan los distintos edificios y en la ausencia de muros de carga, que hacen que el conjunto parezca una verdadera escultura.

Para el diseño, Brinkman y Van der Vlugt —también trabajó en el proyecto el ingeniero J. G. Wiebenga— siguieron los principios del Nieuwe Bouwen, la versión neerlandesa del funcionalismo que perseguía esa idea entonces revolucionaria de crear una "fábrica ideal" en la que fuera agradable trabajar.

De hecho, el edificio tenía muy en cuenta, también, el bienestar de sus empleados, y contaba con biblioteca, instalaciones deportivas, un jardín donde podían descansar durante las pausas e incluso duchas, algo extraordinariamente avanzado para la época.

Recorremos sus instalaciones en una de las visitas guiadas que organizan a diario diversas compañías locales, y atentos a cada detalle de sus entrañas entendiendo hasta qué punto se adelantó Van Nelle a su tiempo.

De hecho, cuentan, incluso Le Corbusier quedó fascinado ante ella durante su visita en 1932, comentando que era una auténtica demostración de cómo sería la vida del futuro.

El tono ligeramente apagado del edificio se combina con el nublado del cielo holandés.

El tono ligeramente apagado del edificio se combina con el nublado del cielo holandés. Igor Passchier

Las conexiones entre los distintos edificios —esas pasarelas suspendidas que atraviesan el complejo de las que hablábamos más arriba— se diseñaron partiendo de una concepción racional de los movimientos de trabajadores y mercancías.

Todo estaba pensado para que respondiera a una lógica casi coreográfica que permitiera que el flujo de producción y transporte entre las diferentes naves fuera una realidad: las materias primas entraban, se transformaban y salían de la fábrica de la manera más eficiente posible.

Visto con perspectiva, lo que más sorprende es comprobar que aquel edificio concebido para procesar productos llegados de los trópicos —recordemos: café, té y tabaco— consiguiera sobrevivir a los cambios de la industria sin perder su esencia.

Un café con aroma al siglo XX.

Un café con aroma al siglo XX. Cristina Fernández

Sin embargo, la historia hizo que el declive de la actividad manufacturera acabara llegando a finales de los 90, lo que terminó llevando a la fábrica hacia una nueva vida: cuando la producción industrial dejó definitivamente el complejo, Van Nelle decidió abrir sus puertas a una nueva generación que también venía pisando fuerte.

Así, tras una minuciosa restauración, sus espacios ahora acogen oficinas y sedes de pequeñas empresas, estudios de diseño, salas de reuniones y, a veces, hasta eventos y actividades culturales.

En nuestra visita, al llegar a la última planta —y tras haber caído a la tentación de fotografiar cada rincón y cada detalle, cada guiño al pasado—, nos topamos con una suerte de salón de té con vistas desde el que disfrutamos de una de las panorámicas más hermosas de toda la ciudad.

Sobriedad bien entendida para leer o tomar el té.

Sobriedad bien entendida para leer o tomar el té. Johannes Schwartz

Sonneveld, la otra cara de la moneda

Pero, existe una manera especialmente interesante de entender lo que significó Van Nelle. Un segundo episodio de esta historia de arquitectura que nos lleva a salir de la fábrica para seguir los pasos de uno de sus directivos más ilustres, Albertus Sonneveld, hasta su propia casa en pleno corazón de Róterdam.

En Sonneveld Huis, hoy abierta al público para visitas y gestionada por el Nieuwe Bouwen (el Museo de Arquitectura, Diseño y Cultura digital de la urbe), terminamos de entender lo que supuso aquella época, repleta de cambios y de búsqueda de vanguardia, para ambos proyectos arquitectónicos.

Y es que Sonneveld quedó tan convencido de aquella nueva línea que representaba la fábrica Van Nelle, que recurrió al mismo estudio, Brinkman & Van der Vlugt, para construir su vivienda familiar. Si en el edificio industrial los arquitectos habían imaginado un lugar de trabajo del futuro, aquí tuvieron la oportunidad de trasladar aquellos principios al ámbito privado.

El lugar personalizado ideal convertido en un club de lectura dentro de Sonnevald.

El lugar personalizado ideal convertido en un club de lectura dentro de Sonnevald. Cristina Fernández

¿Y de qué manera? Muy sencillo: buscando de nuevo esa luz y funcionalidad, esos espacios abiertos, materiales modernos y la arquitectura pensada para esas necesidades diarias tan especiales. Aquí, de nuevo, no faltan grandes ventanales horizontales, los forjados de hormigón y la ausencia de muros de carga.

Paseamos por las diferentes estancias de la vivienda modernista, icono del funcionalismo holandés, sintiendo que visitamos un auténtico decorado de teatro. Uno que nos lleva, eso sí, hasta la década de los años 30.

En el salón y en la cocina, incluso en la lavandería o en los dormitorios, vemos cómo arquitectura, interiorismo, mobiliario, iluminación y colores —ahí están el azul aciano y el rojo bermellón o el amarillo canario— fueron diseñados para funcionar como un todo.

La funcionalidad entendida como forma de ver la sencillez.

La funcionalidad entendida como forma de ver la sencillez. Johannes Schwartz

Pero hay más. Porque los Sonneveld decidieron abandonar prácticamente todos sus enseres y objetos anteriores para instalarse en esta casa concebida de acuerdo con una nueva manera de vivir, y al hacerlo introdujeron nuevos muebles y objetos decorativos que encajaban más con la nueva vivienda.

Elementos que son parte esencial de este puzle y que llaman poderosamente la atención, como los muebles que fueron diseñados por el propio Van der Vlugt, las piezas de Gispen, objetos de vidrio de Leerdam o textiles de Metz & Co.

La casa de Sonneveld se convirtió, así, en una especie de versión doméstica de Van Nelle. Un combo arquitectónico único concebido bajo un mismo dilema: ¿cómo debía de ser la vida moderna? Y tal vez no iban mal encaminados.