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A 2.000 kilómetros al sur de Tokio la vida se desliza entre manglares, selvas y aguas cristalinas que albergan una biodiversidad marina extraordinaria. Lejos quedan los populares neones, templos y trenes bala, reclamos indudables para gran parte de ese público que escoge cada año este atractivo destino asiático decidido a huir de la tediosa cotidianeidad.

Sin embargo, es aquí donde se despliega el rosario de las más de 160 islas que componen la prefectura de Okinawa. En pleno mar de China Oriental, es fácil comprobar cómo el ritmo vital se ralentiza mientras se admiran atardeceres eternos en un horizonte bañado por exuberantes aguas.

Quién sabe, quizás es precisamente esa belleza tan especial la que ha llevado a este rincón del planeta a ser una de las famosas blue zones, uno de los lugares con la población más longeva del mundo. Un territorio que, sin embargo, en el pasado vivió tiempos convulsos.

Castillo de Shuri en Naha, Okinawa.

Castillo de Shuri en Naha, Okinawa. iStock

Su historia

Mucho antes de formar parte de Japón, la prefectura de Okinawa fue el corazón del Reino de Ryūkyū, un próspero estado independiente que floreció entre los siglos XV y XIX gracias a su posición estratégica entre China, Corea y el sudeste asiático. Más que periferia, Okinawa era entonces un puente cultural y comercial cuya historia se entiende en mucho mayor grado al visitar el Castillo de Shuri, situado en la ciudad de Naha, capital de la prefectura y antigua sede del poder real.

Destruido durante la II Guerra Mundial, y posteriormente incendiado en 2019, ha sido reconstruido siguiendo un estilo arquitectónico de influencias chinas y niponas y constituye un símbolo absoluto de resiliencia. Muy cerca, el mausoleo real Tamaudun —declarado, al igual que el castillo, Patrimonio de la Humanidad— permite que nos acerquemos a la espiritualidad y jerarquía de esta antigua corte.

Pero, si hay un episodio negro en la historia de Okinawa necesario para entender su idiosincrasia, ese es el que vivió en 1945, cuando se libró la famosa Batalla de Okinawa, uno de los enfrentamientos más sangrientos acaecidos en el Pacífico durante la II Guerra Mundial. Aquel fatídico suceso dejó tras de sí numerosas vidas, provocando una huella de lo más profunda en la región.

Paisaje urbano en Nago, Okinawa.

Paisaje urbano en Nago, Okinawa. iStock

Hoy, en el epicentro de donde trascurrieron aquellos cruentos combates se halla el Parque Memorial de la Paz de Okinawa, donde se alzan numerosos monumentos conmemorativos, además del Museo de la Paz. El Himeyuri Peace Museum, otra visita recomendada, está dedicado a todas aquellas estudiantes que sirvieron como enfermeras durante aquella época.

Todo al azul

Pero si algo define a la prefectura de Okinawa no es solo sus conflictos del pasado, sino su íntima relación con el mar. Y es que aquí, en este remoto paraíso del Pacífico, el océano adopta tonos tan irreales que recuerdan más al cercano sudeste asiático que al Japón continental. Aguas en las que aguarda un universo submarino paralelo que es un regalo para los amantes de los deportes acuáticos.

En la isla principal de Okinawa se encuentra la Blue Cave, uno de los iconos del buceo por el efecto casi mágico por el que la luz transforma el mar en un resplandor azul eléctrico. No en vano, todo el archipiélago es un santuario para la vida marina: aquí conviven mantarrayas, peces tropicales e incluso, en determinadas épocas del año, tiburones ballena.

Una de las playas más bonitas de Okinawa.

Una de las playas más bonitas de Okinawa. E. E.

Desde Naha, solo se tarda media hora en llegar en ferry a las Islas Kerama, que cuentan con algunos de los fondos marinos más transparentes del país, ideales para quienes disfrutan nadando entre tortugas —verdes y carey— y arrecifes de coral prácticamente intactos.

Algo más al sur, en la isla de Ishigaki —más cerca de Taiwán que del propio Japón—, las mantas raya gigantes son el reclamo principal para los amantes del buceo, mientras que en tierra firme, el ritmo vital resulta de lo más relajado.

Desde su puertito se ofertan excursiones que llevan a islas incluso más diminutas. Nombres como Tsketomi, donde las calles asfaltadas brillan por su ausencia y en su lugar se despliegan casitas de estética tradicional y vías cubiertas de arena, son todo un reclamo. Un Japón mucho más rural y atípico, que vive mirando al mar y que aboga por un día a día profundamente ligado a la naturaleza.

Los increíbles colores que toma el mar en Okinawa.

Los increíbles colores que toma el mar en Okinawa. E. E.

Saber vivir despacio

Más allá de los paisajes, Okinawa supone una forma de vida. En islas como Miyako, donde se hallan algunas de las playas más bellas de Japón —ideales para recrearse en el vuelta y vuelta bajo el sol y en la desconexión más absoluta—, el tiempo parece dilatarse entre atardeceres infinitos y carreteras que bordean el mar.

Es aquí donde conceptos como el ikigai cobran sentido real: una existencia ligada al entorno, al clima suave y a una cultura que valora la sencillez, no solo en las relaciones con el entorno y sus iguales, sino también en detalles como su alimentación.

Se dice que otra de las claves para ser una de las sociedades más longevas del mundo está, precisamente, en una dieta baja en calorías y rica en nutrientes, en el movimiento constante sin hacer ejercicio extremo, y en el formar parte de grupos de apoyo social que duran toda la vida.

Quizá por eso, viajar a la prefectura de Okinawa no consiste solo en descubrir nuevos paisajes, sino en adoptar —aunque sea por unos días— un ritmo distinto, más cercano al mar y a lo esencial.