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El trayecto de 20 kilómetros que conecta Ponta Delgada, la capital de la isla azoreña de São Miguel, con uno de sus reclamos paisajísticos más afamados, se desarrolla a lo largo de 40 minutos en los que somos incapaces de apartar la mirada del otro lado de la ventanilla.

El 4x4 en el que nos movemos avanza con tranquilidad hacia el oeste por caminos secundarios que alternan el asfalto con la tierra. Estrechas vías que atraviesan extensas praderas que, en unos meses, acogerán campos de maíz. Ahora son hogar de decenas de vacas que pastan a sus anchas. Porque en Azores hay más vacas que personas: de ahí que la producción de leche sea uno de sus mayores recursos económicos.

El cielo está despejado, pero sabemos que, en la isla, la situación puede variar de un segundo a otro. Si la suerte sigue de nuestro lado cuando alcancemos Sete Cidades, nuestro objetivo, tendremos la oportunidad de contemplar la imagen más icónica del archipiélago en todo su esplendor.

La vista desde uno de los miradores de Sete Cidades.

La vista desde uno de los miradores de Sete Cidades. Pexels

Aquella que concentra buena parte de lo que hace especial a São Miguel: volcanes, lagunas y exuberantes bosques, pequeñas aldeas rurales, miradores vertiginosos y una naturaleza que parece estar siempre a medio camino entre Europa y el fin del mundo, se despliega allí. Cruzamos los dedos y confiamos.

Según vamos tomando altura, las vistas de la costa también se convierte en otro de los reclamos. Las paradas en miradores improvisados se vuelven entonces inevitables.

Poco antes de llegar a nuestro destino, una nueva sorpresa nos hace parar: se trata del Muro das Nove Janelas, un pedacito de acueducto construido allá por el siglo XVI, cuando los primeros asentamientos alcanzaron São Miguel y el rey Manuel I mandó levantarlo.

Una pista estrecha lleva hasta algunos de los miradores más espectaculares.

Una pista estrecha lleva hasta algunos de los miradores más espectaculares. Pexels

Hoy, abrazado por la más frondosa vegetación, que lo ha cubierto casi por completo, constituye una imagen onírica que sentimos la necesidad de fotografiar.

Y por fin, lo que tanto anhelábamos: es alcanzar el Mirador da Vista do Rei y entender que una imagen vale más que mil palabras. El gran balcón sobre Sete Cidades, este inmenso cráter volcánico inundado por dos lagunas de diferentes tonalidades —una, de un intenso color azul; la otra, de un verde profundo— que emerge entre bosques de criptomerias, laderas cubiertas de hortensias y miradores suspendidos, se muestra deslumbrante: las nubes han estado de nuestro lado y brillan por su ausencia.

Abrimos bien los ojos y nos dejamos abrazar por un paisaje tan perfecto que cuesta creer que sea real. ¿La diferencia entre las tonalidades? A pesar de que mil y una leyendas han intentado explicarlo a lo largo de la historia, lo cierto es que se debe a la distinta profundidad que poseen, a la vegetación que las habita, y a la luz.

La iglesia de Sete Cidades construida con piedra volcánica.

La iglesia de Sete Cidades construida con piedra volcánica. Pexels

Existen diversas rutas senderistas para recorrer la zona. Múltiples caminos que hacer a pie, aunque hay quienes se aventuran a hacerlo en bicicleta o en excursiones guiadas en quad.

Bordear la caldera supone toda una tentación. Admirar los infinitos cedros rojos japoneses que crecen en densos bosques de alrededor: se trata de la especie forestal y el árbol más dominante en las Azores, ya que representa, aproximadamente, el 60% de la superficie arbolada.

Desde Vista do Rei también oteamos otro de los elementos más curiosos del lugar: el antiguo Hotel Monte Palace, desde donde obtenemos una panorámica distinta.

Esta bestia de hormigón fue inaugurada en los 80 con grandes expectativas, pero cerró apenas unos años después y ha permanecido abandonada durante décadas.

Su silueta se convirtió en un símbolo involuntario de cómo la naturaleza acaba imponiéndose siempre en las Azores, y aunque se mantiene cerrado al público por razones obvias de seguridad, no son pocos los viajeros que acaban cayendo a la curiosidad.

Antes de descender al interior de la caldera, una última parada en el Miradouro da Boca do Inferno, a 730 metros de altura, nos invita a observar, no solo las dos lagunas principales, sino también otros lagos volcánicos dispersos por el paisaje y, en días despejados, parte del océano.

Tras contemplar el paisaje, toca bajar a pie de orilla para admirar las paredes verticales del volcán desde una nueva perspectiva. El baño está prohibido en sus aguas, aunque sí hay empresas locales que ofertan actividades de kayak o paddle surf.

Aquí se halla, además, el pueblo de Sete Cidades, ideal para tomarle el pulso a este lado de la isla. Una aldea tranquila de casas blancas y ritmo pausado que, desde la construcción en 1937 del túnel hidráulico que permite desaguar la laguna cuando llegan las fuertes lluvias, respira mucho más aliviada —en el pasado, a menudo, se anegaba la localidad—.

La vista de otro de los volcanes de la zona.

La vista de otro de los volcanes de la zona. Lusitano Garden Villas

Visitamos la Iglesia de São Nicolau, una preciosidad construida con piedra volcánica en 1852 en estilo neogótico, y tomamos una bica —café solo— y un pastéi de nata —también los hay aquí, por supuesto— en alguna cafetería local.

Antes de regresar a Ponta Delgada, una última parada: nos acercamos al puente que permite cruzar la laguna para admirar, una vez más, las límpidas aguas de la caldera de cerca.

Una versión más de este espectacular paisaje; una postal más de uno de los escenarios naturales más impresionantes de Portugal.