Publicada

Un abrigo de cuero, una casa vivida, una amistad cultivada. Algunos objetos mejoran con el tiempo. También el vino. Mientras la mayoría de los alimentos caminan de forma inevitable hacia el deterioro, una botella bien concebida, conservada y esperada puede ganar complejidad, equilibrio y, en determinados casos, valor económico.

No es magia, aunque tenga algo de ella. Es una suma delicada de viticultura, química, crianza y paciencia. “En el vino, el tiempo no siempre resta: a veces suma”, resume Ferran Centelles, Drinks Manager de elBulliFoundation, en el Manifiesto del Tiempo elaborado para Bodegas Buezo.

La capacidad de guarda empieza mucho antes de que el vino entre en una barrica o se encierre bajo un corcho. Está en la viña, en la variedad, en el clima, en la madurez de la uva y en la acidez que logra conservarse en vendimia.

Botellero de guarda en bodega.

Botellero de guarda en bodega. Freepik

No todos nacen para esperar

No todas las uvas tienen la misma aptitud para resistir el paso de los años. Los tintos que mejor evolucionan suelen partir de una combinación de buena concentración fenólica (antocianos, responsables del color, y taninos, responsables de la estructura), acidez suficiente y un equilibrio entre alcohol, fruta y extracción.

Tempranillo y cabernet sauvignon, por ejemplo, son variedades tradicionalmente asociadas a vinos de larga vida por su capacidad para mantener color, estructura y complejidad aromática.

También hay una cuestión de precisión. Si se vendimia demasiado pronto, los aromas vegetales pueden permanecer durante años; si se llega tarde, la fruta sobremadura puede resultar voluptuosa en juventud, pero limitar la evolución posterior.

El reto consiste en recoger una uva capaz de ofrecer tensión desde el principio y profundidad cuando desaparezca la exuberancia de los primeros años.

“La longevidad no se añade al vino al final del proceso: se cultiva”, diría Centelles. El vino de guarda no se fabrica con una receta universal. Se construye a partir de una materia prima que tiene algo que contar cuando la fruta inmediata ya ha dejado paso a otros registros.

Los expertos como Abel Buezo y Ferran Centelles saben por qué son tan valiosos estos vinos.

Los expertos como Abel Buezo y Ferran Centelles saben por qué son tan valiosos estos vinos. Bodegas Buezo

Qué cambia en la botella

La botella no es una cápsula del tiempo inmóvil. Es un pequeño laboratorio. El vino es un producto metaestable: más frágil que un destilado, pero suficientemente estructurado como para transformarse en lugar de colapsar si se conserva de forma adecuada. Su gran enemigo es el oxígeno en exceso; su aliado, una evolución pausada y controlada.

Con los años, los aromas primarios (fruta fresca, flores, hierba cortada) van perdiendo protagonismo. En su lugar aparece el bouquet de envejecimiento: notas de fruta madura o cocida, frutos secos, tabaco, cuero, especias, miel, sotobosque o tierra húmeda.

No son aromas añadidos ni una simple consecuencia de la barrica, sino el resultado de reacciones lentas entre compuestos del vino: oxidaciones muy graduales, degradación de ésteres frutales, formación de moléculas aromáticas y transformaciones de los compuestos fenólicos.

También cambia la boca. Los taninos se polimerizan, se unen en moléculas de mayor tamaño y una parte termina precipitándose con el tiempo. El resultado es un vino menos agresivo, más redondo, de textura sedosa.

Vinos de guarda.

Vinos de guarda. Bodegas Buezo

Esa transformación explica por qué un tinto que a los dos años parece duro o severo puede resultar extraordinariamente elegante una década después.

La acidez, lejos de evaporarse por completo, contribuye a mantener el vino vivo. Es la tensión que evita que la evolución se convierta en cansancio. Por eso un vino de guarda no tiene por qué ser pesado ni musculoso: puede ser ligero, fino y vibrante desde joven, siempre que tenga estructura interna para crecer.

Barrica, corcho y penumbra

La barrica puede contribuir a esa arquitectura de longevidad, pero no debería confundirse con el único camino hacia ella. Su función es aportar oxigenación controlada, pulir taninos, estabilizar el color y sumar complejidad.

El problema aparece cuando la madera toma el mando y el vino deja de hablar de su origen para hablar únicamente de vainilla, coco o torrefacción.

La tendencia actual en muchas bodegas pasa precisamente por usar el roble con una mayor discreción: barricas de mayor tamaño, tostados más ligeros, maderas usadas o crianzas más afinadas. La meta ya no es que el vino “sepa a barrica”, sino que la crianza ayude a que la fruta y el terruño sobrevivan al tiempo.

Después llega la botella. Aunque el corcho natural crea un entorno esencialmente cerrado y reductor, pequeñas cantidades de oxígeno pueden atravesarlo o permanecer disueltas en el vino. Esa microoxigenación, mínima y pausada, forma parte del proceso de evolución.

Temperatura estable, oscuridad y ausencia de vibraciones.

Temperatura estable, oscuridad y ausencia de vibraciones. Freepik

Pero el milagro tiene condiciones. Temperatura baja y estable, oscuridad, ausencia de vibraciones y una conservación rigurosa son indispensables. Un vino mal guardado no envejece: se estropea. La procedencia, por tanto, importa tanto como la añada. Una botella custodiada durante años por la propia bodega ofrece una garantía que una etiqueta, por sí sola, no puede dar.

El deseo también cotiza

El vino de guarda no solo se bebe, se espera, se colecciona y se intercambia. Esa dimensión explica por qué algunas botellas se convierten en bienes deseados en el mercado secundario. A medida que se descorchan las existencias de una añada, disminuye la oferta; si, además, la calidad se ha mantenido, la reputación es sólida y existe demanda internacional, el precio puede aumentar.

Un estudio histórico sobre los grandes vinos de Burdeos citado en el Manifiesto del Tiempo de Bodegas Buezo, calcula que los vinos de lujo o fine wines ofrecieron una rentabilidad real media cercana al 4,1% anual a largo plazo, una vez descontada la inflación.

No significa que toda botella antigua sea una inversión ni que guardar vino en casa garantice una revalorización. El mercado distingue con crudeza. Cuentan la calidad, la escasez, el historial de conservación, el reconocimiento crítico, la fuerza de marca y la disponibilidad.

Algunos vinos son objetos de deseo.

Algunos vinos son objetos de deseo. Freepik

Ese debate estuvo presente en la jornada Estrategia fine wine: Cómo posicionar nuestros vinos, organizada el pasado 15 de septiembre en Madrid por EDA Drinks & Wine Campus (del ecosistema del Basque Culinary Center) y Círculo Fortuny. El encuentro reunió a bodegas, sumilleres, expertos y responsables de mercado para abordar cómo los vinos españoles pueden reforzar su presencia en un terreno dominado históricamente por Francia e Italia.

La necesidad está sobre la mesa: España supera las 250 referencias elaboradas bajo parámetros de fine wine, pero su presencia en el mercado secundario sigue siendo limitada. Es decir, hay calidad y diversidad, pero no siempre suficiente reconocimiento internacional, continuidad comercial ni relato de marca.

Joxe Mari Aizega, director del Basque Culinary Center, resumió las piezas necesarias: “El futuro del vino pasa por la diferenciación, la identidad, el terroir, la excelencia, la calidad, y también por la comunicación y el marketing”.

En esa misma jornada, Xandra Falcó, presidenta de Círculo Fortuny, subrayó que el consumidor contemporáneo ya no se conforma con una calidad que da por descontada: busca “valores, experiencias y una conexión real con las marcas”.

El tiempo necesita relato

La gran paradoja del vino de guarda es que el tiempo, por sí solo, no basta. Una botella puede ser excepcional y permanecer invisible si nadie explica de dónde viene, qué la hace distinta, cómo se ha conservado y por qué merece ser esperada.

La importancia del relato

La importancia del relato Freepik

Ese es uno de los retos del fine wine español, convertir el potencial de sus viñedos, sus paisajes y sus añadas en reputación internacional. En la jornada de Madrid se señalaron algunas de las herramientas necesarias: clasificaciones de parajes, pueblos y fincas; consistencia de calidad; transparencia; disponibilidad en el mercado y marcas capaces de generar confianza entre coleccionistas, distribuidores y críticos.

Buezo 2009 y Dominio de Buezo 2009 son un ejemplo reciente de esa lógica. La bodega de Mahamud, en la D.O. Arlanza, ha recuperado vinos de la añada 2009 conservados en su botellero y ha seleccionado, mediante una cata de 80 muestras realizada por ocho profesionales, los perfiles que mejor expresaban la evolución de su Finca Valdeazadón.

Allí, entre 870 y 900 metros de altitud, el clima continental y las marcadas oscilaciones térmicas favorecen una maduración lenta. La finca trabaja principalmente con tempranillo, junto a cabernet sauvignon, merlot y petit verdot, variedades elegidas también por su potencial para largas crianzas.

No se trata de defender que todo vino deba esperar diez, quince o veinte años. Sería absurdo, pues hay vinos maravillosos concebidos para disfrutarse jóvenes. Pero sí de recordar que, cuando la uva, el lugar, la elaboración y la conservación están alineados, el paso de los años puede aportar una forma de placer que ningún lanzamiento inmediato reproduce.

Beber un vino viejo no es beber pasado. Es beber el momento en que un paisaje, una añada y una botella han encontrado, por fin, su mejor versión.