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El mar ha sido durante siglos fuente de alimento, comercio, riqueza, mitología e inspiración artística. También de memoria.

Sobre esa idea se construye El Mar, legado vivo, la nueva colaboración entre Grupo Consorcio y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, una propuesta que traza un recorrido por cinco siglos de pintura para demostrar que el arte y la gastronomía nacen del respeto por el tiempo, el oficio y la conservación de un legado.

¿Qué tienen en común el Neptuno y Anfitrite de Sebastiano Ricci, las ostras pintadas por Jacob Ochtervelt, las marinas de Claude Monet o una lata de anchoas elaboradas artesanalmente?

Pasan los siglos, pero no decae el oficio.

Pasan los siglos, pero no decae el oficio. Grupo Consorcio

La respuesta está en la capacidad de preservar una historia. Si el museo conserva la memoria de cómo las distintas civilizaciones han entendido el mar, Consorcio mantiene vivo un conocimiento artesanal que lleva más de siete décadas transmitiéndose de generación en generación.

La visita propone un viaje por algunas de las obras más emblemáticas de la colección permanente del Thyssen, donde el océano aparece como protagonista desde perspectivas muy distintas.

En la pintura barroca, el mar se representa como escenario mitológico y fuerza indomable a través del dios Neptuno. Más adelante se convierte en la gran vía del comercio europeo y en símbolo del poder económico de ciudades como Venecia o Ámsterdam.

Canaletto retrata la Serenísima cuando era la puerta de entrada a Oriente y uno de los grandes centros comerciales del continente.

El mar colándose por los canales venecianos de Canaletto.

El mar colándose por los canales venecianos de Canaletto. Grupo Consorcio

Como recordó durante la presentación María Corral, comisaria del recorrido, Venecia construyó su poder gracias al agua y al intercambio de mercancías, hasta el punto de convertirse también en un referente cultural y editorial, donde nació incluso el libro de bolsillo.

Ese vínculo entre el mar y la prosperidad alcanza su máxima expresión en la pintura holandesa, uno de los grandes tesoros del Museo Thyssen, que alberga la colección más importante de este periodo fuera de los Países Bajos.

En obras como El antiguo mercado del pescado en el Dam de Ámsterdam, de Emanuel de Witte, el pescado deja de ser únicamente alimento para convertirse en motor económico de toda una sociedad.

Los mercados y su marisco, otra inspiración para el arte.

Los mercados y su marisco, otra inspiración para el arte. Museo Thyssen-Bornemisza

Aquellas escenas cotidianas también hablan de gastronomía. En una época en la que era imposible transportar pescado fresco a largas distancias, el salazón permitió alimentar ciudades enteras y revolucionó el comercio marítimo.

Los cuadros muestran mercados rebosantes de pescado, limones utilizados para conservar mejor los alimentos o las célebres ostras que protagonizan varias naturalezas muertas holandesas, sazonadas con sal procedente de las salinas andaluzas, limones de Málaga y pimienta llegada desde las Indias Orientales.

El recorrido recuerda incluso las llamadas "batallas de la sal", cuando el control del denominado oro blanco marcó el pulso económico entre españoles y holandeses.

Una materia prima aparentemente humilde que terminó convirtiéndose en uno de los grandes motores del comercio internacional.

La exposición avanza después hacia una visión más emocional del océano. En las marinas impresionistas de Claude Monet, la luz y el movimiento del agua capturan un instante irrepetible.

La señal del peligro con la que nos advierte Winslow Homer.

La señal del peligro con la que nos advierte Winslow Homer. Museo Thyssen-Bornemisza

En La señal de peligro (1890-1896), de Winslow Homer —imagen elegida para representar esta iniciativa— el mar deja de ser únicamente paisaje para convertirse en protagonista de una pintura profundamente social, donde la fuerza de las olas refleja la vulnerabilidad del ser humano frente a la naturaleza.

Precisamente esa obra resume algunos de los valores que Consorcio quiso destacar en esta colaboración: autenticidad, resistencia y respeto por los ritmos naturales. Porque si un pintor espera la luz exacta para inmortalizar un paisaje, las mejores anchoas también necesitan tiempo.

Las octavillas de la felicidad.

Las octavillas de la felicidad. Grupo Consorcio

El proceso comienza con una pesca responsable y continúa con una lenta maduración en sal antes de pasar por las manos de las sobadoras, las profesionales encargadas de limpiar y desespinar cada pieza manualmente, un oficio que apenas ha cambiado con el paso de las décadas.

Durante la presentación del proyecto, las propias sobadoras compartieron espacio con las obras del museo, reivindicando un saber hacer que, igual que la pintura, solo puede mantenerse vivo si se transmite de generación en generación.

El trabajo de las sobadoras en la fábrica de anchoas.

El trabajo de las sobadoras en la fábrica de anchoas. Grupo Consorcio

El proyecto también invita a replantear la manera en que observamos el arte. "El tiempo medio que un visitante dedica a contemplar un cuadro es apenas de veinte segundos", recordó María Corral, quien reivindicó una mirada más pausada para descubrir las historias ocultas detrás de cada lienzo: las rutas comerciales, los alimentos, las técnicas de conservación o las costumbres de cada época.

Esa misma paciencia es la que reivindica Grupo Consorcio. "Lo extraordinario no se fabrica, se conserva", resumieron durante la presentación.

Una idea que conecta directamente con la misión del Museo Thyssen-Bornemisza, cuya colección, incorporada hace más de tres décadas, reúne un testimonio único de ocho siglos de historia del arte occidental y de la forma en que distintas sociedades vivieron, comerciaron y se alimentaron.

El tiempo también ha hecho de las suyas con las conserveras.

El tiempo también ha hecho de las suyas con las conserveras. Grupo Consorcio

Desde este verano, el recorrido El Mar, legado vivo puede consultarse en la web del Museo Thyssen-Bornemisza. A partir de septiembre se incorporarán visitas guiadas que profundizarán en la relación entre las obras seleccionadas y el universo marinero, mientras que la tienda DelicaThyssen ofrecerá una edición especial de productos Consorcio inspirada en La señal de peligro de Winslow Homer.

Porque, al final, conservar una anchoa y conservar un cuadro responden a un mismo propósito: proteger un legado para que siga hablando a las generaciones futuras.