Luis Davilla Elena del Amo

Los franceses, con Fez, tiraron la toalla. Mientras que en otras villas de Marruecos construyeron sus barrios coloniales al lado de la medina o ciudad vieja, aquí lo hicieron a una distancia más que prudencial. Se ve –¿quién podría culparles?– que les intimidó el laberinto. De un lado queda pues, bien retirada, la anodina ville nouvelle iniciada a principios del XX. Del otro, acorazada por los 14 km de murallas de adobe que hilvanan sus colinas, la fenomenal maraña del Fez antiguo. Entre su trajín siempre frenético y sus aromas a especias, a hierbabuena, a pan recién hecho y a mugre, se concentra cerca de un millón de almas dentro de la mayor área peatonal del globo. Los coches no es que estén prohibidos por sus entrañas de traza medieval, es que literalmente no caben.

Se da por bueno que suman más de 10.000 los callejones, callejuelas y oscuros pasadizos a menudo sin salida que zigzaguean por Fès-el-Bali, su cogollo de más solera. Cientos de familias huidas de Córdoba encontraron aquí refugio en el siglo IX, y enseguida se les unieron muchas otras llegadas de la ciudad tunecina de Kairouan. Estos barrios imprescindibles de los Andaluces y de Karaouine se conservan casi como silos atrás. Aunque hoy no sea raro toparse por ellos con chavales vestidos cual rapero del Bronx o con vecinas en chilaba desgañitándose por el móvil, ambos siguen despachando un viaje a un pasado muy lejano. Todo un reto para quien sepa mirar, porque en la más culta, refinada y artística de las ciudades marroquíes, no todo es lo que parece.

A menudo tras sus fachadas deslucidas se esconden inesperados palacios alrededor de patios y fuentes y, si se presta atención, por todas partes aflora la fórmula mágica del cinco, el número sagrado de los musulmanes por eso de que son cinco las obligaciones esenciales del islam –fe, oración, el ayuno en Ramadán, la limosna a los pobres y la peregrinación a la Meca si se tienen posibles–, y también son cinco las veces que, marcando el ritmo del día, el muecín llama al rezo desde lo alto de los alminares. Electriza escuchar sus cantos de saeta mientras se deambula por sus desportilladas barriadas. En ellas –de nuevo el talismán del cinco–, jamás faltará una mezquita, una fuente pública, una escuela, un horno comunal y un hammam listo para darse un baño tras unas horas regateando por el hervidero de los zocos.

La propia Fez se conforma entera alrededor de cinco círculos más o menos concéntricos: en el meollo, los lugares para el culto, cerrados a cal y canto para los infieles desde que así lo decretara el general Lyautey en tiempos del Protectorado; a su alrededor, los zocos y barrios gremiales donde se curte el cuero, se lijan maderas, se martillea el latón o se hila la seda; luego, las casas de sus vecinos y, finalmente, las murallas que lo protegen todo y los jardines y cementerios que a sus afueras se trepan por los cerros.

De la mano de un guía se verá lo esencial de este tesoro Patrimonio de la Humanidad sin miedo a extraviarse: las plazas Nejjarine y Seffarine, las escuelas coránicas de Bou Inania y El Attarine, revestidas magníficamente de estucos, azulejos y madera de cedro; el Mellah o barrio judío, junto al Palacio Real en el barrio de Fès-el-Jdid… Pero para empaparse de su embrujo y vérselas con su endiablado trazado urbano, mucho mejor dejarse engullir sin ayuda ni rumbo fijo por sus riadas humanas. En Fez, el verdadero espectáculo está en la calle; sumándose al jolgorio de mujeres en caftanes de colores y ancianos de aspecto bíblico que trasiegan por sus vías principales de Talaa Kbira y Talaa Sghira; entre el griterío de sus niños, capaces de recitarle a uno de corrido la alineación del Madrid y el Barça mientras juegan al escondite por el laberinto, o en sus vivísimos mercados, con vísceras a la vista y montañas perfectamente apiladas de clavo, comino, azafrán y canela sobre sus puestos bajo un techado de juncos.

Con Fez no hay mapa que valga y más vale acatar desde el principio que el verdadero placer será perderse. Eso sí, antes de franquear alguna de las monumentales puertas que dan acceso a la medina, conviene haber aprendido a reconocer la palabra “belek”, es decir, “cuidado”. Y no porque el lugar sea peligroso sino porque, al escuchar este grito en medio de un callejón atestado, habrá que pegarse a la pared de inmediato para no ser arrollado por el carromato de turno o el asno que, cargado hasta las trancas, está a punto de aparecer abriéndose paso entre la muchedumbre. Mejor apartarse sin rechistar pues, como dicen con sorna los fasís, “estos burros andan mal de frenos”.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar

Vuelos directos a Fez desde Madrid, con Ryanair (www.ryanair.com), por incluso menos de 50 € ida y vuelta en algunas fechas, y desde Barcelona, también con Vueling (www.vueling.com).

Dónde dormir

Mucho mejor que los modernos hoteles de la ville nouvelle, los viejos caserones o riads que en el corazón de la medina se han reciclado como alojamientos con encanto. En los últimos tiempos han florecido como champiñones y los hay tan exclusivos como el Relais & Châteaux Riad Fes (http://www.riadfes.com) o, delicioso y mucho más asequible, el Dar Tafilalet (http://www.riadtafilalet.com/site/), con apenas siete habitaciones a partir de 60 €.

El arte del regateo

Fez presume, y con razón, de despachar la mejor artesanía de Marruecos y de ser una de sus ciudades donde mejor se han preservado los oficios de antaño. Fácil pues volverse loco con los trabajos de marquetería que exhiben las mil y una tiendas de los zocos, sus bandejas de cobre, bronce y latón cinceladas a mano, sus lámparas orientales, sus piezas de alfarería o sus alfombras. El precio dependerá de la calidad, que puede variar enormemente de una pieza a otra, y por supuesto de la maña que se dé uno con el tira y afloja de los regateos.

Más información

Turismo de Marruecos (http://www.visitmorocco.com/index.php/esl/Me-voy-a/Fez/Imprescindible)

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