España, campeona del Mundial 2026.

España, campeona del Mundial 2026. Europa Press / RFEF

Opinión Tribuna

La otra final

José Rutilio Domingo Monforte
Publicada

España conquistó el Mundial. Los resultados quedarán para las estadísticas, los goles para los resúmenes y los campeones para la historia. Pero toda gran competición deja otra lectura, menos visible y probablemente más importante: la que ofrece el comportamiento de quienes la protagonizan cuando la tensión alcanza su máxima expresión.

El deporte nunca ha sido únicamente competición. Es también una extraordinaria escuela de educación, convivencia y respeto, valores que trascienden la propia victoria deportiva.

Cada final es contemplada por millones de niños y jóvenes que aprenden, sin necesidad de que nadie se lo explique, cómo se gana, cómo se pierde y cómo debe tratarse al adversario. Por eso determinados gestos y comportamientos jamás son irrelevantes. Forman parte del verdadero legado del deporte.

La intensidad competitiva es consustancial al fútbol. La presión, la fortaleza física, la disputa de cada balón o las distintas formas de interpretar el juego -desde quien pretende dominarlo hasta quien busca neutralizar las virtudes del adversario- forman parte de la riqueza estratégica del deporte y encuentran plena legitimidad mientras respeten las reglas.

Lo que el fútbol nunca puede admitir es que la tensión propia de la competición sobreviva al pitido final y se transforme en gestos de desconsideración, confrontación o desprecio hacia el rival. Porque el partido termina cuando el árbitro lo decide; el deporte, en cambio, continúa en el comportamiento de quienes lo han disputado. Es ahí donde verdaderamente empiezan a medirse los valores de un campeón.

Las imágenes posteriores a la final mostraron una realidad que trasciende el resultado. Los altercados, los enfrentamientos, la bronca colectiva y, especialmente, la negativa a reconocer con naturalidad el mérito del vencedor proyectan un mensaje profundamente equivocado.

No constituyen únicamente una mala fotografía para quienes los protagonizan; erosionan la función ejemplar que el deporte profesional desempeña ante millones de personas y debilitan los principios que las propias instituciones deportivas están llamadas a proteger.

Frente a ello, la selección española ofreció exactamente la respuesta contraria y merece nuestra admiración. No alimentó la bronca. No respondió a la provocación. Celebró el triunfo con la serenidad de quien comprende que la victoria nunca necesita humillar al derrotado para ser completa.

Y lo hizo disfrutando del fútbol que la había llevado hasta el título, con el gol del "xiquet de Foios", Ferran Torres, cuya aportación no terminó con el pitido final. Sus palabras, limpias, serenas y respetuosas cuando las pulsaciones todavía gobernaban el cuerpo, valieron tanto como el propio gol. Porque también desde un micrófono se puede educar. Y quizá esa lección llegue mucho más lejos que cualquier celebración.

Los éxitos deportivos rara vez son fruto exclusivo del azar. Es cierto que el deporte siempre reserva un espacio para lo imprevisible. Un rebote, una decisión arbitral, un poste o una inspiración individual pueden inclinar una final hacia uno u otro lado. Pero el azar puede explicar un resultado; nunca construye un equipo.

Los proyectos verdaderamente campeones se edifican sobre el trabajo cotidiano, la disciplina, la humildad, el respeto al adversario, la inteligencia colectiva y unos valores que permanecen cuando desaparece la incertidumbre del juego.

España ha levantado durante estos años un equipo en el que el talento convive con todos esos principios. Todo edificio necesita unos cimientos sólidos, pero también un arquitecto capaz de darles forma.

El seleccionador español puede sentirse especialmente orgulloso no solo por haber conquistado un campeonato del mundo, sino por haber construido un grupo humano que ha proyectado una manera de competir que dignifica el fútbol. El azar puede decidir un partido. Lo que nunca decide es el carácter de un equipo.

Desde una perspectiva jurídica tampoco conviene minimizar lo sucedido. Los códigos disciplinarios de la FIFA no protegen únicamente el correcto desarrollo reglamentario de los encuentros; también salvaguardan la integridad de la competición, el respeto entre los participantes y los valores que constituyen la esencia del deporte.

Cuando determinados comportamientos exceden la rivalidad propia del juego y comprometen la imagen del fútbol ante millones de espectadores, corresponde a los órganos disciplinarios analizar los hechos, depurar las responsabilidades que procedan y, en su caso, imponer las sanciones previstas en la normativa aplicable.

No se trata de sancionar una derrota mal asumida, sino de preservar la credibilidad del deporte y la ejemplaridad que de él legítimamente espera la sociedad.

El tiempo puede terminar borrando los resultados de la memoria colectiva. Incluso puede llegar un día en que muchos no recuerden quién marcó los goles o cómo transcurrió aquella final. Lo que difícilmente desaparecerá serán las imágenes que unos y otros decidieron dejar para la historia cuando el fútbol ya había terminado.

Estoy convencido de que muchos de aquellos futbolistas argentinos, con la serenidad que solo concede el paso de los años, lamentarán haber proyectado ese comportamiento precisamente en el escenario más importante del fútbol mundial. Porque las finales terminan; las imágenes permanecen.

España ganó una Copa del Mundo, pero conquistó algo todavía más difícil: el respeto. Y cuando el tiempo haga su inevitable selección entre lo circunstancial y lo verdaderamente importante, probablemente no recordará tanto quién ganó aquella final como la forma en que unos supieron ganar y otros eligieron perder.

Esa fue la otra final. Y esa es, con toda probabilidad, la victoria que mejor resistirá el paso del tiempo.

José Rutilio Domingo Monforte es abogado del despacho Domingo Monforte.