Quienes pertenecen a mi generación y generaciones anteriores, especialmente si se trata de mujeres, seguro que esbozan una sonrisa al hablar de "el tío de América". Con ese nombre se referían nuestras madres y nuestras abuelas a la menstruación, que en aquellos tiempos no podía ser nombrada, ni con esa palabra, ni con otras como "la regla" o "el periodo".

Recordemos aquel capítulo de la mil veces repuesta Verano azul donde el hermano pequeño de una de las protagonistas, la adolescente Beatriz, gritaba que su hermana tenía un periódico para referirse a ese momento biológico por el que todas pasamos.

He tratado de descubrir el motivo por el que llamaban así a la regla, pero, más allá de saber que se utilizaba como eufemismo, no encontré nada más. Y aunque en algún momento hubo quien aventuraba que se relacionaba el color rojo de la sangre con la adscripción política de muchos de los que se iban de España, no he hallado confirmación de esto en ningún sitio. Bastante retorcido me parecía, por cierto.

Lo que sí que es verdad es que por aquel entonces muchas niñas y adolescentes teníamos algún pariente en América, y por eso a nadie extrañaba la alusión a que nuestro tío -curiosamente era tío y no tía- había venido de visita

Y ahí es donde quería ir a parar. Prácticamente todo el mundo ha tenido algún familiar que se haya visto obligado por las circunstancias de la vida a abandonar nuestro país. Esas circunstancias podían deberse a la necesidad de huir de un régimen dictatorial, a la precariedad económica de una larga y dura posguerra o a una mezcla de ambas.

Era algo tan habitual que el propio franquismo hacía exaltación de esa emigración en coplas como 'El emigrante' de Juanito Valderrama o 'En tierra extraña' de Conchita Piquer.

Ni que decir tiene que aquellos españoles y españolas arrancados de su tierra la añoraban y lloraban por estar lejos de la patria, y de ninguna de las maneras renunciarían a su nacionalidad ni a que la ostentaran sus hijos.

Por suerte y salvo excepciones muy concretas, no había necesidad de hacerlo. Nuestro país ha sido tradicionalmente de los que han optado por e ius sanguinis y no por el ius soli a la hora de atribuir la nacionalidad.

Esto es que, como dice nuestro vetusto Código Civil, son españoles de origen los nacidos de padre o madre española, por el contrario de otros países, como Estados Unidos, que hacen depender la nacionalidad originaria del lugar donde se haya nacido, aunque ahora el presidente del pelo naranja tenga otras intenciones que, por suerte han abortado sus tribunales.

Y entonces, si las cosas son así y los hijos e hijas de españoles son a su vez españoles, ¿por qué de pronto se organiza el zapatiesto por lo que han dado en llamar la Ley de Nietos, sobre todo teniendo en cuenta que tal ley no existe? Porque lo que ahora llaman Ley de nietos no es sino una parte de la Ley de Memoria Democrática de 2022 que nadie había cuestionado hasta ahora.

La respuesta es sencilla. Y no es otra que esto surge porque a alguien le interesa y le ha parecido un buen argumento para defender lo indefendible, cual es el rechazo a la inmigración.

Un rechazo para el que cualquier excusa es buena, siempre que el inmigrante no tenga una abultada cuenta corriente, en cuyo caso las puertas se le abren milagrosamente y, caso de que fuera nieto de migrantes, sería un honor que quisiera acceder a la nacionalidad española, faltaría más.

Y, como de muestra vale un botón, pensemos en lo alegremente que siempre se han utilizado los antepasados para poder nacionalizar a deportistas cuando son buenos en lo suyo.

Así que la polémica que se ha querido suscitar con una ley que lleva cuatro años en marcha sin que nadie haya cuestionado este aspecto es totalmente artificial. Como lo es la hipotética ingeniería electoral que se usa como argumento, con la inverosímil creencia de que todo el que adquiera la nacionalidad española por esa vía es hipotético votante de determinado partido.

No sé qué pensarán de esto todos esos españoles y españolas que presumen de sus raíces en las distintas casas regionales -de Valencia, de Andalucía, de Extremadura o de donde sea- repartidas por lo ancho y largo del mundo, y que se esfuerzan en mantener vivos los vínculos y las tradiciones. Pero no creo que les guste un pelo. Y a mí, la verdad, tampoco.