Cuenta el mito que Erisictón, rey de Tesalia, cometió la estupidez de talar un bosque sagrado consagrado a Deméter. La diosa, implacable, le aplicó el peor de los castigos: le inoculó un hambre atroz, demoníaca e insaciable. Cuanto más devoraba, más rugían sus tripas. Erisictón gastó toda su fortuna en banquetes y terminó devorándose sus propios miembros en un callejón.

Tres mil años después, hemos democratizado la maldición. Plataformas como Shein o Temu nos han inoculado esa misma voracidad agónica: un hiperconsumismo donde compramos ropa por kilos, no para vestirnos, sino para intentar taponar un vacío existencial provocado por una falta de cultura gigantesca y ofensiva,

Si pudiéramos asomarnos a la mente de un adicto a este fast fashion contemporáneo, no encontraríamos el glamour de la moda, sino un diario de descenso a la locura digno del mismísimo Edgar Allan Poe.

4 de junio de 2026. El mensajero ha llamado a la puerta esta mañana. Me ha entregado tres bolsas de plástico opaco, gris mortecino, industrial. He roto las bolsas buscando el premio. Dentro, cinco camisetas a tres euros y unos pantalones cortos que brillan bajo la luz de la lámpara.

La tela es áspera, extraña al tacto, un derivado del petróleo que cruje ligeramente al rozar con la piel. Me quedan grandes, los hilos asoman por las costuras, pero no importa. Durante los diez segundos que ha durado el acto de abrir el paquete, he sentido un destello de pura luz en el cerebro. Una anestesia perfecta. Mañana pediré más. Tienen un código de descuento.

11 de junio. El armario empieza a llenarse, pero sigo sin tener nada que ponerme. La aplicación es hipnótica. A veces, de madrugada, la pantalla de mi teléfono emite un fulgor anaranjado que me paraliza. Deslizo el pulgar. Una camisa de lino sintético por ocho euros, unas zapatillas por doce.

Sé que se desharán con la primera tormenta de verano, que están fabricadas en naves al otro lado del mundo que prefiero no imaginar. Pero el contador parpadea: 'Oferta relámpago. Expira en 10 minutos'. Mi tarjeta de crédito dicta los números casi de memoria. Ya no compro para vestirme. Compro para que el mensajero vuelva a llamar al timbre. El timbre es el único sonido que aplaca esta inquietud sorda.

18 de junio. La habitación huele a almacén de aduanas. Un tufo químico, dulzón y asfixiante que emana del poliéster acumulado en las esquinas. He dejado de colgar las prendas en perchas; sencillamente las arrojo sobre la silla, que ahora es una montaña amorfa de colores chillones y telas sintéticas que me mira con reproche algunas veces.

Ayer intenté ponerme un polo barato que compré el martes. Me picaba el cuello, me asfixiaba el plástico contra el sudor. Me lo quité a tirones. Inmediatamente, abrí la aplicación y compré tres polos más. No tengo hambre de ropa. Tengo hambre del tránsito, del paquete viajando hacia mí, de la ilusión de la caja cerrada. Cuando la abro, el objeto pierde su alma y solo queda basura. Tengo que volver a comprar para silenciar el zumbido de mi cabeza.

24 de junio. Hoy me he mirado en el espejo rodeado de etiquetas con caracteres incomprensibles. He recordado un viejo libro de mitología que leía en el instituto. Erisictón. El rey maldito. Deméter le envió a la personificación del Hambre para que se le colara por las venas mientras dormía. Siento exactamente eso.

El bosque sagrado que hemos talado es nuestro propio ecosistema, y este consumismo frenético es la venganza de la Tierra. El algodón barato y el nylon son mi banquete. Me atiborro de paquetería express. Cuanto más consumo, más evidente se hace la inmensidad de mi propia oquedad. El pozo no tiene fondo. Las notificaciones del móvil me exigen que siga comiendo.

29 de junio. Ya no hay espacio. Las bolsas grises bloquean la puerta del dormitorio. El mensajero ya no llama; simplemente deja los fardos plásticos en el felpudo y huye. No me levanto de la cama. La luz de la pantalla es lo único que ilumina la estancia. He perdido mi empleo, mis amigos han dejado de llamar, pero en la aplicación he alcanzado el nivel VIP Diamante.

Me regalan los gastos de envío. El calor asfixia en la calle, pero estoy desnudo bajo las sábanas, rodeado de doscientas prendas baratas que soy incapaz de ponerme. El Hambre está aquí, sentada a los pies de la cama, mirándome con ojos vacíos. El carrito virtual está lleno otra vez. Deslizo el dedo para confirmar el pago.

Lentamente, empiezo a darme cuenta de que las bolsas grises no contienen ropa. Me contienen a mí. Yo soy el producto. Yo soy el que está siendo devorado.