Cuando escribo estas líneas, el Papa todavía está en nuestro país. Le quedan varios días de visita a España y a quienes aquí vivimos nos quedan esos mismos días de ver a toda hora al Santo Padre en televisión. Y eso da que pensar.
Porque, por más que nos vendan que, según convenga en cada momento, el Papa actúa en calidad de líder de la Iglesia Católica o de jefe de estado, lo bien cierto es que ningún jefe de estado -ni siquiera el del peinado imposible y las ideas más imposibles aún- provoca semejante despliegue informativo si no se trata de la cabeza de la Iglesia que, durante muchísimos años, fue la confesión oficial en nuestro territorio. Y menos aún, si pensamos en la extensión del estado en cuestión.
La visita del Papa remueve muchas cosas. Yo sin ir más lejos, recuerdo la polvareda que levantaba cada desplazamiento del primer Papa viajero, Juan Pablo II, y todo lo que al respecto de Su Santidad nos contaban en el colegio de monjas al que yo asistía en aquella época.
Ya entonces me llamaba la atención que un Papa pudiera llenar plazas y estadios como si se tratara de un cantante de moda, pero así era. Y así sigue siendo, tanto el hecho de que llene estadios como el de que a mí me deje de pasta de boniato.
Pero también la visita del Papa nos trae otros recuerdos no tan inocentes. En concreto, me viene a la cabeza la visita del papa Benedicto XVI a Valencia en aquel encuentro con las familias que dio lugar a un tráfico de dinero y alguna otra cosa que iba mucho más allá de lo divino y cuyas repercusiones han tenido y siguen teniendo un lugar nada meritorio en los tribunales.
Ahora es el Papa León el que nos visita, en un evento del que me sigue llamando la atención el seguimiento informativo por todas las cadenas, públicas y privadas, y por todos los medios de comunicación, sea cual sea su línea editorial.
Un seguimiento que me hace pensar si el estado es tan aconfesional como dice la Constitución y si la separación entre Iglesia y Estado es tan real como debería serlo.
Y el punto culminante de mis dudas metafísicas me llega con la comparecencia hecha por Su Santidad ante nuestro Congreso de los Diputados. Una comparecencia hecha, según parece, a iniciativa propia. Porque ¿qué hace una autoridad eclesiástica en el templo -nunca mejor dicho- de la democracia?
Sobre todo, si tenemos en cuenta que él mismo dijo que hablaba como obispo de Roma y cabeza de la Iglesia. Y lo segundo, pase, pero lo primero me da un poco de miedito, no vaya a ser que ahora a todos los obispos les diera por querer soltar discursos en nuestro Parlamento. Y eso nos falta.
La cuestión es que el Papa hizo un discurso con muchas cosas buenas, como el zasca a esos partidos que presumen de catoliquísimos y cristianísimos respecto de su postura acerca de la inmigración y las personas migrantes, pero dijo otras que no me parecen tan bien.
Entre otras cosas, porque van totalmente en contra de leyes aprobadas por ese mismo Parlamento al que se dirigía y de derechos consolidados por muchos años de lucha, como la eutanasia y el aborto. Y por eso me sorprende tanto el aplauso de diez minutos con que sus Señorías obsequiaron al pontífice.
Por lo demás, no quito ni un ápice de mérito a otras cosas dichas y hechas en nuestro país por León XIV, como visitar a los presos, condenar sin paliativos el odio, la confrontación y, sobre todo, la violencia de género.
Otro buen zasca a quienes niegan la violencia machista mientras defienden a Dios y a la patria. Aunque, en honor a la verdad, he echado de menos que se mojara un poco más con la condena a la pederastia en la Iglesia y el apoyo a todas sus víctimas. Pero nunca llueve a gusto de todos. Aunque la lluvia sea de origen divino.