Mucho se ha hablado en los últimos días sobre las bajas laborales, a raíz de las poco afortunadas -a mi juicio- afirmaciones de un político. Mucho y muy poco acertado en muchos casos. Porque hay cosas con las que no se debería banalizar.
Seguro que todo el mundo ha oído alguna vez afirmaciones del tipo "me pido la baja" o "voy a pedirme la baja".
Hay incluso quien emplea esa frase con un matiz chulesco o amenazante, pero habría que ver luego lo que tiene de verdad la cuestión. Que, como dice el refranero, dime de qué presumes y te diré de qué careces.
En primer lugar, hay que dejar claro algo. Las bajas no se piden y, en el caso de que se pidieran, esa solicitud carece de efectos.
Porque las bajas laborales las decide un profesional de la medicina después de examinar a una persona que padece una enfermedad, en el caso de que compruebe que esa enfermedad le impide realizar su trabajo, o, al menos, realizarlo en las condiciones y del modo adecuado.
Por tanto y, salvo el caso de la baja por maternidad o paternidad en sentido estricto -esto es, cuando la madre no sufre ninguna enfermedad por causa del embarazo o a consecuencia del parto-, estar de baja es equivalente a padecer una enfermedad de tal entidad que impide el desempeño normal de nuestra actividad laboral. Y eso es algo que no es en absoluto deseable para nadie, se diga lo que se diga.
Así que cuando alguien insinúa -o hace algo más que una insinuación- que las bajas deberían estar castigadas con una disminución en el importe del sueldo, está haciendo afirmaciones muy peligrosas.
Porque, de una parte, se está poniendo en tela de juicio la profesionalidad de los profesionales sanitarios que dictaminan que un trabajador o trabajadora no está en condiciones de realizar su trabajo.
Y, de otra, se está lanzando al vuelo la sospecha de que, en lugar de personas con una enfermedad, se trata poco menos que de una panda de caraduras que quieren escaquearse. Y por eso hay que reducir su sueldo en el momento en que, probablemente lo necesiten más que nunca.
Salvo las dos bajas de maternidad por el nacimiento de mis dos hijas, yo nunca he estado de baja. Y, la verdad, no tengo ningunas ganas de estarlo porque eso supondría que no me encuentro en el pleno uso de mis facultades físicas o psíquicas y por eso no puedo hacer mi trabajo. Y no encontrarse en condiciones no es plato de gusto para nadie, estoy segura de ello.
Con todo esto no quiero negar que la picaresca exista. No soy tan ingenua como para creerlo, y no tengo ninguna duda de que quien cometa un fraude debe arrostrar sus consecuencias.
Pero lo que no se puede en modo alguno es hacer de la excepción regla y partir de la base de que cualquier baja médica está bajo sospecha. Porque eso es algo ofensivo tanto para los profesionales médicos como para sus pacientes que se encuentran de baja.
Y es que no hay más que echar un vistazo a las redes sociales para comprobar las personas enfermas que se han sentido ofendidas por esta polémica. Como decía una buena amiga que tiene la desgracia de sufrir fibromialgia, ya quisiera ella no encontrarse así y poder estar siempre al cien por cien.
Por otro lado, admitir que las bajas den lugar a una considerable reducción del sueldo pone en solfa nuestros derechos laborales. Y no solo porque supone un retroceso en la consecución de unos derechos que han costado mucho de conseguir sino porque implica un riesgo añadido, cual es que el trabajador o trabajadora aguante lo que sea con tal de no verse privado de unos emolumentos que necesita.
Por todo eso hay que tener mucho cuidado con lo que se dice. O con lo que no se dice, pero se insinúa. Porque estamos cuestionando derechos fundamentales. Nada más y nada menos.