La acampada de profesores en la Plaza de la Virgen
Cuando gobernar consiste en mirar hacia otro lado.
Una de las promesas implícitas de cualquier cambio político es la asunción de responsabilidades. Quien pide el voto para gobernar una ciudad no puede limitarse a disfrutar de los éxitos y atribuir los problemas a terceros.
Sin embargo, esa parece haberse convertido en la principal seña de identidad de la gestión de María José Catalá al frente del Ayuntamiento de València: cuando surge una dificultad, señala culpables y se esconde.
Uno de los ejemplos más recientes se vio en la plaza de la Virgen. Ante la presencia prolongada de manifestantes vinculados a las protestas educativas, la respuesta municipal no fue ejercer liderazgo político ni buscar soluciones, sino trasladar la presión a otras administraciones.
Y cuando se queda sin chivos expiatorios, como con las verbenas de San Juan, la gestión municipal se transforma en un sinfín de rectificaciones que generan una inseguridad jurídica inaguantable.
Estamos ante una dinámica que viene repitiéndose a lo largo del mandato de Catalá en el Ayuntamiento. Ocurrió, también, durante las pasadas Fallas.
Pese a que cada año reaparecen los problemas de movilidad y transporte asociados a la llegada masiva de visitantes, lejos de asumir que la planificación urbana y la coordinación institucional forman parte de sus obligaciones, la alcaldesa trató de desviar de nuevo su propia responsabilidad hacia Renfe, Cercanías o el gobierno central.
Porque su manera de entender la política es la de no hacer nada y, después, buscar culpables. Como si nada nunca fuese con ella. Como si fuera una alcaldesa invisible que solo aparece para celebrar, pero nunca para resolver problemas.
València lleva años con las mismas dificultades y, sin embargo, el gobierno del PP actúa como si fueran fenómenos imprevisibles, sin tomar nunca ninguna decisión. O, si las toma, improvisando y contribuyendo al caos.
Con el tráfico sucede algo más revelador. Catalá ha demostrado que no tiene un modelo de ciudad; tiene una obsesión. Y esa obsesión consiste en desmontar cualquier avance en movilidad sostenible impulsado durante los últimos años.
Mientras las grandes ciudades europeas apuestan por reducir el tráfico y fomentar alternativas al vehículo privado, la alcaldesa ha dedicado buena parte de su mandato a cuestionar carriles bici, recuperar espacio para los coches y presentar cualquier medida de movilidad sostenible como un problema.
El túnel de Pérez Galdós seguirá abierto porque su prioridad no es reducir la contaminación ni mejorar la salud de los vecinos sino garantizar que circulen más vehículos.
Tres años después, València no tiene una estrategia de movilidad, una visión de futuro ni un proyecto urbano reconocible. Tiene una alcaldesa obsesionada en librar una guerra ideológica contra el carril bici mientras los problemas de tráfico, contaminación y calidad de vida han empeorado.
Y cuando los vecinos y vecinas se quejan y lamentan las políticas procoche de su ayuntamiento o que la grúa no aparece para retirar coches aparcados en parques infantiles se encuentran de nuevo con la alcaldesa invisible que no coge sus llamadas ni atiende sus problemas.
La limpieza es otro ejemplo de la forma de gobernar de Catalá. Cuando vecinos y comerciantes denuncian una ciudad cada vez más sucia, surge la misma estrategia: buscar culpables y señalar al incivismo ciudadano.
Porque, ante su incapacidad para gestionar, prefiere invisibilizarse. La culpa, como siempre, es de otros. La suciedad, de los vecinos; el colapso de tráfico, del anterior gobierno (a pesar de que, con ella, los índices se han disparado y ha catapultado a València como la ciudad más atascada de España); las reivindicaciones ciudadanas, de los que sufren los recortes; y la de los conflictos vecinales, de los vecinos afectados a los que desprecia. Su gobierno, aunque suene a broma, nunca asume la culpa por el caos que provoca.
Y luego está la tasa turística, probablemente el mejor ejemplo de la falta de rumbo de Catalá. Pasó años combatiendo una herramienta que utilizan con normalidad decenas de ciudades europeas y que permitiría obtener recursos para limpiar mejor la ciudad, proteger el patrimonio o mejorar los servicios públicos.
Catalá ha descubierto que la tasa turística no era el problema sino la solución que piden la mayoría de los vecinos. Pero, aunque hasta el mismísimo Juan Roig le ha pedido que la ponga en marcha, ella prefiere seguir optando por la invisibilidad. Porque, cuando surgen problemas, ella no sabe o no quiere hacer nada. Por eso, en lugar de aportar soluciones, colecciona excusas y sigue mirando hacia otro lado.
Y el colofón ha llegado con el Festival de Les Arts. La invisibilidad de Catalá ha conseguido lo más difícil: enfadar al mismo tiempo a vecinos, asistentes, artistas y promotores. Un problema conocido desde hace meses, con una sentencia judicial sobre la mesa que obliga a indemnizar a los vecinos y un conflicto anunciado, ha terminado exactamente como muchos advirtieron que terminaría.
El viernes, las limitaciones impuestas para cumplir la sentencia provocaron las protestas del público y de los propios artistas por las deficientes condiciones de sonido. El sábado, las protestas vecinales por los incumplimientos y los problemas de ruido acabaron desembocando en la suspensión del festival. Miles de afectados están enredados, por culpa de su desaparición, en el proceso de devolución del precio de las entradas.
Lo que debería haberse abordado mediante diálogo, planificación y voluntad política se ha convertido en otro ejemplo de parálisis institucional. Más aún, su tendencia a ser una alcaldesa invisible ha derivado en un problema mayúsculo para las Fallas, que viven en la provisionalidad de medidas excepcionales y que generan más dudas que certezas.
Catalá ha convertido la inacción en una forma de gobierno. Ante los conflictos no decide, no lidera y no resuelve; simplemente deja que pasen las semanas, los meses o incluso los años esperando que el problema desaparezca por sí solo. Pero los problemas no desaparecen cuando quien gobierna mira hacia otro lado. Se agravan. Ha ocurrido con la movilidad, con la limpieza, con los conflictos vecinales y ahora también con Les Arts y con las verbenas de San Juan.
El denominador común de este mandato no es la falta de recursos ni de competencias, sino la falta de decisión. Porque gobernar no consiste en esperar a que todos estén de acuerdo, sino en asumir responsabilidades y actuar cuando los problemas lo exigen.
Y eso es precisamente lo que simboliza la vara de mando que a Catalá le gusta pasear en las procesiones: liderazgo, autoridad y capacidad para resolver. Valores que, tres años después, brillan por su ausencia y que, cuando Pilar Bernabé sea alcaldesa en 2027, volverán a ser el eje de trabajo para que València pueda volver a mirar al futuro.
Alicia Andújar es diputada del PSPV en Les Corts valencianas.