Todo el mundo conoce el ya viejo mantra de "sexo, drogas y rock and roll" que, según la IA simboliza el estilo de vida hedonista y rebelde asociado a la cultura musical desde los años 50.
Pero los tiempos evolucionan y nadie, o casi nadie, vería bien esa expresión, ni se atrevería a presumir de ello en público. Los años y los muertos nos han enseñado que las drogas nada tienen de bueno -por supuesto, independientemente de cuestiones médicas- y que el sexo está muy bien pero siempre que sea consentido. Así que, en realidad, solo nos queda el rock and roll. Por suerte.
La cuestión es que, en estos días, con los informativos y la programación inundados de partidos, post partidos, comentarios y quinielas del Mundial, mi mente jugó con aquel viejo lema y le dio la vuelta.
¿Es mi mente caprichosa o había alguna razón para que mi consciente o mi subconsciente hicieran esa asociación de ideas? Pues mucho me temo que hay más razones de las que nos gustaría, sobre todo teniendo en cuenta la repercusión del llamado deporte rey.
Por un lado, hace poco nos enterábamos de la ocurrencia -por no decirlo de otro modo- de un entrenador que, para celebrar la gran temporada del equipo juvenil al que entrenaba, contrató una stripper para celebrarlo, sin pensarlo dos veces y sin tener en cuenta el nada despreciable detalle de que se trataba de menores de edad. Algo gravísimo, pero que no es lo único preocupante en toda esta historia.
Lo que denota la peregrina idea del entrenador es que el machismo rancio y desbordante que rezuma el mundo del fútbol sigue campando por sus fueros.
Y que ver a una joven quitándose la ropa y haciendo gestos más o menos insinuantes es el mejor premio que les podía dar a sus chavales por haberlo dado todo en el campo. La versión futbolera del descanso del guerrero de toda la vida.
Por desgracia, no es la única noticia relacionada con el fútbol que evoca los más bajos instintos. Y es que en esta misma semana conocíamos la sentencia que condena por agresión sexual a dos jugadores de fútbol que, según la propia resolución -que aún no es firme, todo hay que decirlo- aprovechaban su condición de famosos para tratar a las mujeres como si fueran objetos de su pertenencia y a su disposición.
Son casos recientes, pero no los únicos. Podemos recordar el caso de Dani Alves, que despertó una polvareda mediática y judicial importante, con una primera sentencia condenatoria y una absolución en vía de recurso, la condena de los jugadores de un equipo de fútbol por agresiones sexuales a una joven, o la condena del que fue presidente de la Federación de fútbol por lo que él llamó “un piquito” a una jugadora y que era una agresión sexual en toda regla, retransmitida en vivo y en directo, para confirmar que el machismo en el balompié no es cosa del pasado.
Por no hablar de la celebración de partidos oficiales en países donde las mujeres carecen de los más elementales derechos.
Al hilo de esto, comentaba un tertuliano en televisión, con toda la razón, que en el fútbol no se conocen casos de homosexualidad, como si no existieran, porque se asocian con una idea de macho alfa muy asentada.
Y, de hecho, me vienen a la cabeza ahora los casos de un árbitro que, tras declarar su amor a otro hombre fue objeto de una agresión homófoba, o la de las críticas que se hacían a un jugador por llevar las uñas pintadas o por portar un bolso.
Me da mucha pena que un deporte con tantísima repercusión no haya sabido adaptarse a los tiempos. Es más, que se resista a ello, a pesar de la cantidad de niños que lo siguen y pueden querer seguir su ejemplo.
Al menos, como decía, siempre nos quedará el rock and roll. Algo es algo.