Mi Santa Madre, como así me gustaba llamarla, aunque solo de vez en cuando, porque los arrullos se acompañan con algo más diminutivo, y, a la par, más grande en afecto, si cabe, me descubrió el mundo del cine, el clásico, el eterno, el atemporal, una herencia inmaterial que conservo y revivo con alguna tregua de este acelerado tiempo en el que estamos inmersos.
Cuando llega el período estival, que cada vez parece que se adelanta más, volver a ver este peliculón donde los haya, El largo y cálido verano, protagonizado por un rebelde Paul Newman, una mujer que lucha por su independencia en el reducido espacio sureño, Joanne Woodward, y la mano poderosa interpretada por Orson Welles, te hace pensar que igual no tanto ha cambiado en sesenta y ocho años.
Cómo el ansiado poder, o el mantenimiento de este, puede poner a prueba los principios y valores del ser humano: la pugna por alcanzar el mando y sostenerlo cuando se tiene entre las manos alcanza a las dudas internas del púgil aspirante y del que defiende su reinado.
Pero ahí es precisamente donde debe encajar la diferencia entre simplemente poderosos o líderes indiscutibles; en la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, porque es la integridad la que genera confianza y, por ende, el favor de los que serán representados.
Sumergidos en un verano que amenaza con dar la entrada a la cuarta ola de calor en nuestro territorio todavía nos queda un largo y cálido verano por delante para, en la medida de lo posible, coger aire y recargar pilas, como se suele decir ahora, para volver con fuerza al curso electoral.
Este, especialmente, llega con intensidad, y, sobre todo, con la incógnita en el calendario, porque las municipales -estas sin discusión- y las autonómicas, vista la superación presupuestaria de Pérez Llorca, parece que también van por el rumbo previsto.
Ahora bien, las Generales, estas que ya más de uno ha perdido una o varias apuestas pero siguen sin convocarse para estupor no se sabe de cuántos, dato esencial para marcar las quinielas.
Todo apunta a que el año 2027 será año electoral, salvo que alguien gane la porra de finales del presente, que también los hay, descartando lo que se llama un "súper domingo" por miedo más que por espacio suficiente en las mesas electorales, básicamente porque los consistorios socialistas quieren seguir siéndolo y temen el efecto Sánchez.
Pero lo que esconde el voto dual tiene nombre de expectativa, del todo puede pasar y, para muestra, los jaques a los que el presidente del Gobierno nos tiene ya acostumbrados.
Con el corazón encogido por el devorador fuego, el verano se presenta largo y cálido.