Hablaba la pasada semana en estas mismas líneas sobre todas esas cosas que nos estábamos dejando en el tintero obnubilados por el fútbol y, más concretamente, por la magnífica actuación de la selección española en el Mundial de fútbol, que culminó, como todo el mundo sabe, con una soberbia victoria, gol de Ferran mediante.
Pero el reino del balompié ha acabado, al menos de momento, y llega el momento de hacer balance de lo que trajo la competición deportiva más allá del deporte. Porque, goles aparte, no están las cosas para tirar cohetes. O tal vez sería mejor decir penaltis.
Acaba de conocerse el informe periódico de Oberaxe -Observatorio contra el racismo y la xenofobia- y lo que nos cuenta es para hacérnoslo mirar. Y mucho.
Dice el citado informe que, durante el Mundial de fútbol, el 52 por ciento de los mensajes de odio detectados en redes sociales iban referidos al mundo futbolístico. Y, más concretamente, relacionados con el origen o el color de la piel de los jugadores, sean del equipo que sea.
Ya el propio ex presidente de gobierno, en una frase de la que nunca podrá enorgullecerse, afirmaba que el equipo francés tenía pocos franceses porque los jugadores eran mayoritariamente de piel oscura y ascendencia de diversos orígenes geográficos.
Y, claro está, si eso es la que dice una persona teóricamente culta y formada, puede dar una idea de lo que podemos encontrar en redes sociales en cuentas de todo tipo. Mejor dicho, de todo tipo dentro del universo racista que, según vemos, es amplio y está en constante expansión. Por desgracia.
Y es que hay quien es tan tonto que no le duelen prendas en tirarse piedras a su tejado. Me refiero, obviamente, a los insultos recibidos constantemente por Lamine Yamal, un chaval de diecinueve años que tiene más cerebro que toda esta chusma, además de tener un don para jugar al fútbol de modo prodigioso.
Está claro que la actuación de todos los jugadores como equipo, con Lamine y Nico Williams entre ellos, nos ha dado una gran victoria y, por ende, una gran alegría, en tiempos en que no andamos sobrados de ellas. Y, aunque solo sea por conveniencia, parece una enorme estupidez ensañarse con quienes nos regalan esa pequeña porción de felicidad.
La islamofobia ha campado por sus fueros, juntamente con el racismo y la xenofobia, y nos han demostrado que, aunque se afirme -con parte de razón, o no- que España no es un país racista, está claro que tiene un problema con el racismo.
Además, que esto suceda en un ámbito que debería caracterizarse por el fomento de valores es muy preocupante. Sobre todo, por el horrendo ejemplo que está recibiendo la gente joven, una parte importante de quienes siguen fervorosamente a nuestra selección masculina -espero que, a la femenina, también- y presumen de españolidad con banderas y camisetas.
Un Mundial como este, en el que las selecciones han sido una clara nuestra de la multiculturalidad de nuestro mundo actual, debería haber servido para apuntalar la lucha por la igualdad y desterrar el racismo y la xenofobia. Pero, visto lo visto, de eso nada.
Y si lo seguimos consintiendo nos encontraremos con un futuro no diré negro -desterremos también el estereotipo que asimila lo negro a lo negativo- sino terrible.
¿Cuántas veces hay que recordar que una sociedad en igualdad es una sociedad mejor para todas las personas, sean cual sea el color de su piel o su procedencia geográfica?
El Mundial en general, y la victoria española en particular, debería haber servido al menos para eso. Pero ya dice el refrán que 'no hay peor ciego que el que no quiere ver'.