La presión ha sido insostenible para el presidente del Gobierno y, finalmente, desde la ciudad condal, se ha visto abocado a anunciar que sin más dilación se dispone a preparar los presupuestos para el año 2027, que, como no podría ser de otra forma, serán los más ambiciosos y sociales de la historia de la democracia española.
Probablemente hayan sido las amenazas de ruptura inminente que los socios de coalición han trasladado en privado y no han dudado en hacer público para conocimiento de su posicionamiento diferenciado al partido socialista lo que ha ido cerrando el cerco.
O la falta de apoyos parlamentarios que muestran su confusión porque obviamente no dieron su respaldo de investidura solo para que no gobernaran los populares.
Por si aún quedaba algún incauto dudando, o en la lectura inicial considera que ha habido una errata en la reseña de la anualidad anunciada para los presupuestos, el año en curso, este 2026, ya ha sido descartado; y es que igual, valorando el interés general, sumar a las noches tropicales, que ya estamos sufriendo cuando todavía no ha llegado el verano, la profunda controversia aritmética supondría un duro golpe al sentir social.
Han sido tres años de ausencias, sin importar la falta de obligado cumplimiento constitucional de presentación de cuentas presupuestarias para su debate y aprobación en la cámara de representantes.
Porque no hay dos sin tres, empezaron las prórrogas en el año 2024, y a la tercera no puede dudarse que el juego de la normalización gana cada vez más adeptos, y, como todo sigue, en un tiempo, no muy lejano, incluso nos lleguemos a plantear para que sirven los presupuestos anuales.
Mientras tanto, en un mundo paralelo, el de las autonomías, en concreto, en la Comunitat Valenciana, los últimos presupuestos antes de la convocatoria electoral tienen marcado calendario parlamentario.
Aquí el PSPV comunica que va a presentar unos presupuestos alternativos, y lo hace de la mano de su secretaria general, Diana Morant, que además da la casualidad de que es ministra del Gobierno de España, pero ella misma aclara que no tiene competencias presupuestarias.
Nada parece impedir que se puedan presentar tantos presupuestos como grupos parlamentarios existan en Les Corts, sin ningún tipo de objetivo, solo a modo de debate sin fin, lo que es salir a pasear sin rumbo.
Pero igual sería un buen momento para, al menos, cuestionar dónde empieza y dónde acaba la línea que separa lo asumible de lo inaceptable.
Ahí se sitúa la coherencia, situando en el mismo eje la vara de medir un Gobierno insostenible que no es capaz de presentar sus cuentas por la falta de sostén.