Confieso que, cuando escuché por vez primera, en estos días, el término “prioridad nacional” algo chirrió en los engranajes de mi cerebro. Y no porque le falte ser engrasado, que tal como va la actualidad, no le queda otra que estar en permanente movimiento, sino por otras razones.
Por un lado, eso de la “prioridad nacional” me sonaba como el título de una película de esas que inducen a la siesta del domingo por la tarde como el mejor de los somníferos.
Como decía una amiga mía, esas películas se caracterizan por llevar títulos que, pronunciados con voz profunda, contienen un sustantivo y un adjetivo contundente.
Cosas como “Trampa mortal”, “Decisión final”, “Desengaño total”, “Entrega especial” suelen ser la antesala de una visita dominguera a los mundos de Morfeo que sienta de maravilla.
Sin embargo, en esta frase, pese a su semejanza fonética, había algo que no inducía al sueño sino más bien lo contrario.
Y es que también guarda cierta similitud con otra frase de características estructurales y fonéticas parecidas usada como eufemismo para justificar lo injustificable, el terrible genocidio perpetrado en la Segunda Guerra Mundial por los nazis. Y eso no ha dejado de inquietarme.
No obstante, y si tomamos la expresión en su contexto, a lo que más se asemeja, aunque no sea estructural ni fonéticamente, es al “America first” que tan bien le fue al presidente americano de peinado imposible para ganar los votos que le llevaron a la Casa Blanca.
Y es que una y otra expresión lo que pretenden es entender la pertenencia a una determinada nación como una patente de corso para prescindir de la aplicación de las más elementales normas de derechos humanos, las que proclaman la igualdad ante la ley y se consagran en todas las constituciones de los países que presumen de demócratas.
Pero en nuestro caso, la formulación es confusa, y además lo es de un modo deliberado.
Partiendo de lo que significa “prioridad” según la RAE, “anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden”, y de lo que significa “nacional” según el mismo diccionario “perteneciente o relativo a una nación”, las prioridades deberían ser aquellas cuestiones que deben anteponerse en el tiempo, presumiblemente por su importancia o urgencia.
Sin embargo, no parece ser este el significado que se ha querido dar por quienes han acuñado el término.
Y tal vez la clave se encuentre en el mismo diccionario de la RAE, cuando en una segunda acepción del término “nacional”, lo define como “natural de una nación, en contraposición a extranjero”.
Así, si somos fieles al tenor literal de la frase, esta no debería asustarnos, sino todo lo contrario.
La prioridad deberían ser todas aquellas cuestiones de urgente resolución para quienes habitamos determinado territorio, como la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades, el acceso a unos servicios públicos de calidad y, en definitiva, al disfrute del ejercicio de todos los derechos que se reconocen a todas las personas sin excepción.
Pero -llamadme malpensada- estoy convencida que la cosa no va por ahí, sino más bien por derroteros opuestos.
La referencia a esa “prioridad nacional” pretende, sin decirlo, defender que las personas somos iguales, sí, pero unas más iguales que otras.
Concretamente, tenemos más derechos las que hemos tenido la suerte de nacer en la nación a la que aluden, de padres que también hayan nacido aquí, y con una piel todo lo blanquita que nuestro carácter mediterráneo permite. Y esto es lo que hay.
De modo que no nos dejemos engañar. El altisonante eufemismo contiene unas ideas tan peligrosas que pueden llevar a la destrucción de muchos de los avances sociales que tanto ha costado conseguir. Y ante eso, no podemos mirar hacia otro lado y echarnos la tan española siesta.
Ni siquiera con una peli con voz profunda y un sustantivo y un adjetivo contundente en su título. Sería un error fatal.