Hoy les propongo un ejercicio casi sociológico. Y necesito que jueguen conmigo. Si se apuntan, sigan leyendo.

Les pido, por favor, que se calcen sus chirucas y se vengan conmigo a dar un paseo por la sección de novedades de cualquier librería. Comercial o en gran superficie. Las independientes, algunas, se salvan. Algunas.

Apartaremos la vista de gurús, políticos jubilados e influencers. Esa gente, no nos interesa nada tampoco en la literatura. Les doy otra oportunidad, si esa gente les interesa, no sigan leyendo.

Ahora, miremos a los compradores y compradoras. Obviemos a los niños que cuelgan de sus progenitores y miremos con detenimiento. Hay un fenómeno demográfico fascinante. Y aterrador, si me permiten.

Adultos de más de treinta años, personas que pagan sus impuestos, que sufren la inflación en la cesta de la compra y que, además, hacen cola para comprar el último fenómeno de romántasy o la enésima adaptación del éxito de Wattpad.

El mercado editorial español, liderado por los dos transatlánticos de siempre, ha fagocitado a autoras como Joana Marcús o Mercedes Ron. Y bien que han hecho ellas de ser listas y subirse a Fujur. Pero no quiero hablar de los autores y autoras que, seguro, sufren escribiendo.

Quiero hablar del adulto que ha decidido crecer en una estafa. La estafa de la literatura de Peter Pan. No hablo del maravilloso ejercicio de leer fantasía —Tolkien, Dahl o Le Guin siempre serán alta literatura—, sino de la claudicación psicológica.

El adulto que devora compulsivamente historias de vampiros en institutos mágicos, de amores tóxicos entre mafiosos adolescentes o romances de princesas más valientes que Babieca que se enamoran de Dragones no busca expandir su mente: busca un refugio nuclear.

Y, ojo, seguro que hay excepciones. Pero vaya…

La complejidad del mundo real, con su polarización política, la precariedad laboral y la incertidumbre climática, les produce tal nivel de ansiedad que exigen ficciones que funcionen a modo de teta materna primordial. Necesitan mundos donde los buenos son guapísimos, los malos llevan uniforme oscuro y el mayor dilema ético es con qué chico del triángulo amoroso se quedará la protagonista.

O con qué dragón, que los hay guapísimos. Y guapísimas, oiga.

La simplificación de las relaciones vacías a través de la pamplina y la vacuidad del consumo eterno de contenido insolvente nos ha llevado a convertir la lectura, que históricamente ha sido el gimnasio del pensamiento crítico y la herramienta para adentrarse en la madurez, en una regresión voluntaria hacia la guardería.

El adulto ya no lee para entender el mundo; lee para olvidar que tiene que vivir en él.

Y la industria, encantada, nos sigue vendiendo biberones de seiscientas páginas a veinticinco euros la pieza. ¡Que viva la cultura!