Confieso que cuando empecé a proyectar este texto pensé en llamarlo “Sonrisas y lágrimas”, un título muy acertado para lo que me disponía a contar.

Pero el título ya estaba pillado, y, aunque estoy segura de que ni al productor, ni al guionista, ni al director de la película ni a la familia Trap entera creo que les importara un pimiento que yo usara su frase, temía que quien me lee me imaginara ataviada de campesina bucólica, tocando la guitarra y enseñando a cantar a una caterva de niños a los que, además, las había confeccionado la ropa con unas cortinas. Y de eso, nada.

Empezó a deslizarse la idea entre los pliegues de mi cerebro cuando el otro día escuchaba en la radio un programa donde animaban al público a que opinara sobre les impresionaban m más las tragedias que las comedias, la emoción a la carcajada.

La conclusión, como no podía ser de otra manera, fue que los partidarios de las lágrimas ganaban por goleada. Y a partir de ahí me dio por pensar. Un deporte no demasiado común en los tiempos que corren, dicho sea de paso.

En mi caso, reconozco que soy persona proclive tanto a la risa como al llanto. Tan pronto se me escapa la carcajada sin poderlo disimular, esté donde esté, como me pongo a llorar como la mejor de las plañideras.

Y no sé si es porque soy exagerada, libre o simplemente sensible, pero ambas emociones me tocan la patata y me hacen sentir cosas, aunque sean diferentes.

Pero no podemos ocultar la realidad. Aunque a primera vista pudiéramos afirmar lo contrario, tiene mejor fama la tristeza que la alegría, la risa que el llanto. De hecho, las obras artísticas, sean de cine, de teatro o de literatura, son mejor valoradas si se trata de dramas que nos dejan hechas polvo que de comedias que hacen que se nos desencaje la mandíbula de la risa.

Y, como de muestra vale un botón, pensemos en los recientes premios Goya: solo una de las películas nominadas era una comedia y, aún siéndolo, tenía miga en el fondo. Por supuesto, ni estaba entre las favoritas ni ganó. Porque la risa no vende, según parece. Y, según parece también, así nos va.

Lo mismo ocurre con cualquier otro ámbito. Con la publicidad, por ejemplo. Nos conmueven mucho más los anuncios que tocan la fibra sensible que los que nos hacen reír.

Yo, la verdad, es que aún recuerdo con una lagrimita el spot en el que, cuando yo era una cría, el perro Pipin se marchaba de casa con una maletita porque el niño que era su dueño no le hacía caso y le prefería a la televisión.

Invito a quien no lo recuerde o no tenga edad de hacerlo a buscar en Internet el spot. Y a compararlo con el gamberro de otro perro, Curro, que se marchaba al Caribe, y por el que, en vez de sentir cariño, sentimos una envidia más bien insana.

Se trata de las dos caras del teatro que simbolizan a las artes escénicas desde la antigüedad. Pero hemos cargado más las tintas en una y nos olvidamos de la otra.

No hay más que echar un vistazo a cualquier informativo para comprobar que la risa, la sonrisa y la alegría no vende, ni es noticiable. Y, a poco que nos descuidemos, acabamos de ver las noticias con una congoja de las que hacen historia.

Tal vez tendríamos que cambiar el chip y dar una oportunidad de una vez por todas al sentido del humor. Empecemos cantando con Alaska eso de “No quiero más dramas en mi vida, solo comedias entretenidas”. Igual las cosas nos van mejor. O, al menos, no sufrimos tanto si no lo hacen.