Hay un dicho según el cual del amor al odio solo hay un paso. Y no digo yo que no sea verdad, que la sabiduría popular es muy potente, pero estoy segura de que a quien quiera que inventase la frase ni siquiera se le pasó por la cabeza una aplicación práctica del dicho como esta de la que vengo a hablar hoy. Por desgracia.
Cuando se dice eso del amor y el odio, se piensa en el amor y el desamor que más de una vez le sigue, y convierte lo que era un paraíso en un infierno, pero todo dentro del ámbito de la pareja.
Sin embargo, algo pasaba hace unos días que me hacía pensar en una nueva formulación del dicho. Y no era nada positivo, desde luego.
Resulta que el otro día, cuando Cupido andaba lanzando sus flechas como loco, se entretuvo un buen rato en un estadio de fútbol haciendo de las suyas. Y, bajo su influencia, un árbitro declaraba su amor a su pareja ante nada menos que 40.000 personas.
Todo parecía un escenario de la más almibarada película Disney mezclada con Oliver y Benji si no fuera por un pequeño detalle, que, aparentemente, no tenía importancia. O, mejor dicho, no debería tenerla. Y ese detalle no era otro que el hecho de que la pareja del árbitro era otro hombre.
Y eso, que tendría que ser algo perfectamente normal hoy en día en cualquier ámbito, parece que no lo es tanto en el deporte rey masculino.
Y es que lo que parecía una escena de amor maravillosa, se acabó volviendo una pesadilla, y no por sus protagonistas sino por muchas otras personas que ninguna relación tenía con ellos, más allá de su odio y su intolerancia.
Lo que sucedió es que, apenas declarado su amor a su pareja, las redes sociales convirtieron al árbitro en blanco de insultos y amenazas por el simple hecho de amar a alguien de su mismo sexo. Algo que, en pleno siglo XXI, hay mucha gente que no está dispuesta a aceptar.
Pero esto no fue todo. Por si no fuera suficiente, cuando el árbitro volvía de denunciar las amenazas e insultos que le habían dirigido, fue fruto de un salvaje ataque por varias personas que le golpearon hasta de dejarle varias marcas, tanto físicas como, sobre todo, psicológicas.
Y eso sucedía a pesar de que la propia policía ante la cual denunció las amenazas le dijo que no había un riesgo evidente de que las amenazas se cumplieran. Y, la verdad, no sé qué tal policía sería quién le atendió, pero como adivino no tenía ningún porvenir.
Ante hechos como estos, una no puede por menos que preguntarse cómo podemos vivir en un mundo donde alguien se cree con derecho de erigirse en guardián de la (in)moralidad y en ejecutor de un castigo a quienes no entren en sus pequeños, ruines y deleznables esquemas.
Y, especialmente, cómo podemos consentir que un deporte que mueve tantas pasiones y, por supuesto, tanto dinero, puede respirar un tufo a homofobia tan repugnante.
Porque esta vez ha sido en Alemania, pero no hace mucho hablaba en estas mismas páginas de las uñas azules que se convirtieron en símbolo de la lucha contra la homofobia de la que había sido víctima un jugador español por el sencillo hecho de llevar pintadas las uñas o acudir a una boda con un bolso.
Por si no fuera suficiente, la LGTBI fobia no es la única muestra de intolerancia que sale del mundo del fútbol, porque todo el mundo recuerda continuos episodios racistas en los estadios, y también se han presenciado actitudes machistas de las que quitan el hipo.
Es una pena que una manifestación de amor tan romántica y valiente como la que protagonizó el árbitro haya acabado demostrando que la sociedad y el deporte no están preparados para ello.
Y es que nos queda un largo camino para alcanzar la igualdad. Y, por más que digamos lo contrario, la realidad nos muestra lo que hay.