Diana Lameiro y Manuel Dafonte
Manuel Dafonte, el empresario que hoy ayuda a otros tras arruinarse: "Quiero evitar que nadie cometa mis mismos errores"
El empresario gallego reflexiona sobre la caída de su negocio, la importancia de la salud mental y el valor de seguir siendo uno mismo incluso en los momentos más difíciles
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Hay personas que hablan de éxito desde los logros y otras que lo hacen desde las caídas. Manuel Dafonte pertenece a este segundo grupo. Empresario durante más de quince años, perdió prácticamente todo tras la crisis de 2008, pero asegura que nunca perdió lo más importante: quién era.
Hoy, convertido en consejero sénior de estrategia, acompaña a otros empresarios para que no repitan los errores que él cometió y defiende una idea por encima de todas: el "ser" siempre debe estar por encima del "tener". En esta entrevista repasa el golpe que cambió su vida, cómo aprendió a convivir con la ruina sin renunciar a sí mismo y por qué, en plena era de la inteligencia artificial, reivindica el valor de seguir siendo profundamente humano.
Para que la gente te sitúe… ¿quién eres y a qué te dedicas?
Mi nombre es Manuel Dafonte y mi actividad profesional como Consejero Sénior de Estrategia consiste en evitar que otros empresarios cometan los mismos errores que yo cometí una vez para que, después de conocerme, su vida y su negocio vayan mejor que antes de saber de mí.
Si me preguntas cuál es mi “misión” en este mundo de los negocios te diría que impedir que ningún empresario se arruine, personalmente aunque tenga la desgracia de cerrar su empresa, sea por el motivo que sea.
Lo importante es que pueda volver a empezar si así lo desea, que sea independiente, que no quede marcado para siempre, muerto civilmente.
Si hoy tuvieras que decir “estoy en un punto…” ¿qué dirías? Ahora mismo, ¿cómo estás por dentro?
Actualmente, desde el punto de vista emocional, puedo decir que estoy muy fuerte, igual de fuerte que estaba el día en que tuve que afrontar la catástrofe económica que me llevó, en un instante, del tener mucho a no tener nada.
Pero esto no es casualidad. Si estaba preparado para afrontar esa etapa turbulenta que relato en mi libro “No hay huevos. La locura de ser emprendedor en España” (digital y gratuito, y del que podéis encontrar un pdf en internet), fue porque unos meses antes me había aceptado a mí mismo y había logrado la paz interior.
Si miramos atrás… ¿cuándo dirías que empezó esa etapa difícil?
El día que cumplía 40 años, un 7 de junio de 2007 (9 meses antes de presentar Concurso de Acreedores del negocio que había sido mi vida durante los 15 años anteriores), me encontraba aislado en un retiro voluntario de unos días en el Monasterio de Oseira (la segunda Catedral de Galicia), conviviendo con la rutina monástica y buscando respuestas a preguntas que no era capaz de formular.
Ese día tuve una revelación mientras paseaba en soledad por uno de los amplísimos claustros del monasterio; en mi mente resonó una frase que parecía pronunciada sin sonido alguno: “Me gusta como soy”. En ese momento todo cambió.
Sin ser consciente de ello, ya estaba preparado para asumir el cambio brutal que iba a sobrevenir, a pesar de que, muy poco tiempo después, la confortable vida que había conocido desapareciese para no regresar jamás.
Aunque mi vida hasta ese momento ya había pasado por muchas dificultades y, después de ese momento (hasta hoy) pasaría por otras muchas, es cierto que la desestabilización económica nunca había sido de tal magnitud; de poder hacer sin pensar, a tener que pensar cómo hacer (hasta la acción más insignificante).
¿En ese momento eras consciente de que estabas mal… o lo fuiste entendiendo con el tiempo?
Cuando llegó la crisis, concretamente para un negocio que se dedicaba a conseguir las mejores hipotecas para las cientos de familias que aspiraban a comprarse una vivienda y a las que dábamos servicio en toda España, la miramos a los ojos y ¡oh insensatos! creímos que valía la pena luchar.
El 9 de agosto de 2007 el BCE inyectó al sistema financiero casi 100.000 millones de euros y, aún así, no fue suficiente. Nuestro negocio se había acabado.
Cierre de oficinas, recorte de gasto, aportación de capital, reducción de personal… nada de lo que probamos funcionó.
En muy pocos meses, sin liquidez en la empresa y sin recursos financieros personales, lo que antes era un gasto insignificante se convirtió en una montaña difícil de escalar.
Y, sin embargo, nada me quitaba el sueño, me levantaba cada día con ganas de luchar y, al cabo del tiempo, con ganas de crear un nuevo futuro.
Con la cabeza alta, hablando con todo aquél que, de un modo u otro, se iba a ver afectado por nuestra ruina, dando la cara, sabiendo que mi capital relacional era sólido, la tormenta fue pasando y cuando, por fin, llegó la calma, cuando el negocio dejó de funcionar y la sede central de la empresa empezó a acumular polvo y notificaciones no atendidas, arreció una nueva tormenta, esta vez personal, donde las reclamaciones que antes iban dirigidas a la parte mercantil ahora se focalizaban en los socios como personas físicas.
Llamadas continuas, a cualquier hora del día y de la noche, muchas veces en intervalos de pocos minutos entre unas y otras, me hicieron tomar una decisión: poner el teléfono en silencio y no contestar a ningún número que no tuviese grabado en mi agenda. Y así sigo hoy en día.
¿Te costó pedir ayuda?
No me hizo falta pedir ayuda porque la ayuda siempre estuvo allí.
Afortunadamente el mantra que un sabio mentor me había enseñado hacía muchos años funcionó a la perfección: “Pórtate bien con los que te encuentras al subir, porque son los mismos que te encontrarás al bajar”
¿Qué fue lo que más te frenaba: vergüenza, miedo, orgullo, no saber qué hacer…?
Nunca sentí vergüenza por haber construido desde cero, con la ayuda de mi socio (una gran persona que, tras la ruina, ya pude empezar a llamar “amigo”), una de las empresas líderes de su sector que, durante 15 años, evolucionó, innovó e hizo posibles los sueños de miles de personas al facilitarles la compra de su casa.
Y mucho menos di cabida a la vergüenza cuando algún bancario (que no banquero) pasó del “Buenos días, Don Manuel” a no saludarte por la calle.
Ser honesto, transparente y afrontar con todo el mundo la conversación que se merece hace que puedas descansar cada noche sin remordimiento.
Siempre “ocuparse” y no “preocuparse”. Lugares comunes, frases útiles de libro amarillo de aeropuerto que resultan herederas del sabio refranero español “si tiene solución, para qué preocuparse y, si no la tiene, para qué preocuparse”.
Un trabajo diario de introspección, de mirar hacia dentro y saber que estás haciendo lo correcto, pase lo que pase ahí fuera.
¿Qué pasó para que algo cambiara?
Practicar el “desapego” siempre me ha permitido ser feliz.
Vivir en un Carpe Diem permanente, tanto en los momentos buenos como en los no tan buenos, me ha garantizado afrontar el futuro desde la conciencia de que el único día que importa es el hoy, porque es desde el “ahora” como se pueden crear “recuerdos óptimos” a los que vas a tener que agarrarte en muchas ocasiones en tu vida.
Si miro hacia atrás me reafirmo en que debo seguir creando esos recuerdos óptimos y, para ello, no debo dejar escapar el “presente”, el regalo efímero que es “el hoy”.
Una vez empezaste a actuar… ¿qué fue lo primero que hiciste?
Aprender a vivir de otra manera, sin renegar del pasado, eso siempre es difícil, aún más cuando se trata de “perder”, de “caer”, de “tocar fondo”.
¿Qué fue lo más duro del proceso?
Tras el descalabro económico vino el familiar: divorcio, cambio de ciudad, alejamiento de mis hijos… pero yo seguía siendo “yo”.
Hacía muchos años que había formulado una frase que aplicábamos al negocio y nunca pensé que, en realidad, cuando la escribí, estaba hablando de mí.
“No somos lo que fuimos ni seremos lo que somos… pero seguiremos siendo” El “ser” por encima del “tener”. Ahí está la clave.
Y pronto llegaron nuevas oportunidades, y nuevas ilusiones, y nuevas personas. Y pronto la vida era, otra vez, mi vida.
¿Quién estuvo contigo de verdad en esa etapa?
La lealtad del que, hasta ese momento, había sido mi socio. El apoyo incondicional de mis amigos (los de siempre y los recién llegados). El refugio de mi familia (siempre unida, sobre todo en la adversidad). El amor de una nueva pareja, aceptándome y acogiéndome. Todo esto fue determinante para seguir adelante.
¿Y quién no supo estar… aunque quizá no fuera mala intención?
No soy rencoroso, en mi memoria no tiene cabida el odio, por lo que no tengo conciencia de que nadie me fallase o quisiese aprovecharse de la situación. Si lo hubo, siento decepcionarle, nunca tuvo la más mínima importancia para mí.
Con el tiempo, ¿qué cosas aprendiste sobre tus emociones? ¿Aprendiste a escucharte más? ¿Qué te ayudó más: terapia, deporte, rutina, hablar, medicación, espiritualidad…? ¿Qué te funciona hoy cuando notas que algo empieza a removerse otra vez?
Nosce te ipsum. El “conócete a ti mismo” que recibía a los visitantes en el frontispicio del oráculo de Delfos, ahí está la clave. Y yo puedo decir que me conocía y me conozco muy bien a mí mismo.
Una persona sabia -que sabe muy bien como soy- me dijo una vez: “Manuel, eres una de las pocas personas que conozco que sigues siendo el mismo con todo y con nada”. Y es verdad que he aprendido a disfrutar de la escasez sin renegar de la abundancia (aunque esta sólo sea un recuerdo).
Leer, escribir, seguir aprendiendo, celebrar la curiosidad que te lleva a preguntarte ¿qué es lo que me espera al doblar la esquina en el próximo tramo de la vida?. Esto y no perder la ocasión de conocer personas, de alimentar la amistad de las que ya están en tu vida, de dejar marchar a quién desea irse… la mejor terapia.
Si comparas tu vida antes y ahora… ¿qué ha cambiado más?
La arruga es bella (Adolfo Domínguez dixit) y las cicatrices también (esto lo digo yo). Han pasado muchos años desde aquel momento y la vida se ha encargado, de forma recurrente, de ponerme a prueba, relativizando, incluso minusvalorando aquella circunstancia, convirtiéndola en mera anécdota respecto a otras cosas que sufrí después.
¿Qué cosas valoras hoy que antes no valorabas?
Decía mi abuelo “En la vida siempre hay que estar dispuesto a empezar de nuevo” y, de vez en cuando, mi contador se pone a cero y vuelvo a la casilla de salida pero con la mochila llena de recursos y de experiencia.
Ahora que voy finalizando la década de los 50, mis hijos son adultos (y en algún caso cómplices y confidentes) y mi circunstancia personal y profesional ni siquiera vislumbra la posibilidad de que un día llegue la jubilación de la que ya algunos de mi generación empiezan a disfrutar, empiezo de nuevo una vez más, con la misma ilusión pero primando calidad por encima de cantidad.
Aunque mi cuerpo se queja de vez en cuando, todavía me sigue a donde voy, como ha hecho siempre, sin caer enfermo, esquivando las gripes más leves y los “covids” más letales, recordándome que, como alguien que depende de uno mismo, si falla la salud, falla todo.
Cuidar la salud mental en el día a día Hoy en día, ¿qué haces para cuidarte?
¿Qué cosas ya no negocias contigo mismo?
Seguir siendo fiel al concepto de mí mismo. Sin rebajar el índice de amor propio que mantiene mi autoestima en el lugar adecuado para afrontar el mundo que nos toca vivir. Esta podría ser mi “fórmula”.
“Vive en momentos interesantes” decía el aforismo oriental y… ¿alguna vez hubo momentos más interesantes que estos?
Evitar que el entorno (del que nadie es ajeno) te condicione tanto como para dudar de ti. Alejar de tu pensamiento que la distopía es un lugar imposible de gestionar (cosa que no creo en absoluto, ya que todo cambio disruptivo -como el que estamos viviendo hoy con la IA- nos lleva a la distopía sin remedio, porque la utopía sólo es un constructo creado por nosotros con la información que tenemos a nuestro alcance y nadie puede afirmar con seguridad que sea el perfecto antónimo de aquella).
He rebajado la vehemencia y me he acogido al principio de “prefiero ser feliz a tener razón” para no entrar “al trapo” en discusiones absurdas y evitar la adscripción obligada a un bando u otro.
Practico el respeto conmigo mismo y con los demás y, sobre todo, el perdón. Me perdono mucho a mí mismo y recomiendo a todos mis amigos y clientes que lo hagan también. Siempre digo que no somos “culpables” sino “responsables”. La culpa es un grillete emocional creado para atarnos al convencimiento de que, si algo no funciona, el motivo es siempre por lo que deberíamos haber hecho de otro modo.
Tomo decisiones, asumo la responsabilidad y, sobre todo, asumo las consecuencias de esas decisiones (éxitos y fracasos) y sigo caminando. Arrepentirse de algo solo es útil si se usa como fuente de aprendizaje, nunca como excusa.
Con todo esto no pretendo ser ejemplo de nada ni de nadie. Entiendo que cualquier situación puede ser fatal para unos y estimulante para otros.
No tener recursos es una de las circunstancias peores que puede sufrir una persona que tiene salud física y, probablemente, genera el porcentaje de estrés más alto en nuestra sociedad. Por eso, al vivir en este sistema económico donde el dinero es necesario, abogar por un ascetismo monacal es ridículo y, además, imposible para la mayoría de las personas (y también para mí). Pero vivir con menos es posible (lo afirmo) y te hace valorar a las personas por encima de las cosas.
Si pudieras hablar con tu “yo” de esa etapa, ¿qué le dirías?
Al Manuel de 40 años le diría que leyese esta entrevista con humildad pero que no renunciase jamás a ser como es; y le pediría -por el bien de mi yo actual- que, como se canta en el musical de El hombre de la Mancha, fuese fiel al principio «Ama, no lo que eres, sino aquello en lo que te puedes llegar a convertir».
¿Qué consejo le darías a una persona que está pasando por algo parecido pero todavía no se atreve a pedir ayuda?
A alguien que esté pasando un mal momento le diría que lo importante es entender la diferencia entre dolor y sufrimiento. El dolor no lo podemos evitar pero sí podemos afrontar cómo y cuánto queremos sufrir por lo que nos pasa.
Y para cerrar… si alguien que nos está leyendo está roto por dentro hoy, ¿qué te gustaría decirle?
Vivir en el pasado es depresivo, tener miedo al futuro es abrir la puerta a la ansiedad, cuando nos sucede algo (bueno y malo) mirémoslo a la cara, gestionémoslo conjugando verbos en presente de indicativo; como decía el proverbio persa “También esto pasará”, por lo que démosle justa cabida en nuestro corazón a las emociones que acompañan a los hechos.
Aprendí que tenemos un concepto equivocado de “empatía” y que, por tanto, el que a ti te haya pasado algo muy similar a la otra persona no determina una comprensión exacta del sufrimiento de ésta. No basta con “quitar hierro” a la circunstancia dolorosa por ser esta algo baladí para nosotros; el otro sí puede “ahogarse en un vaso de agua” aunque tú hubieses naufragado en un mar bravío. Recuerda que ambos teméis dejar de respirar.
Y, lo más importante, aunque yo no haya pedido ayuda sí me la han proporcionado. Aunque no haya ido a terapia, muchas de mis conversaciones con ciertas personas podrían asimilarse.
Digo esto porque no somos islas, necesitamos a los demás, a los vivos y a los que duermen en los libros como personajes que nos inspiran, al algoritmo condescendiente de Chat GPT, al profesional de la psicología, al amigo de verdad y al “amigo” de Facebook, al desconocido con el que hablamos del tiempo a puerta cerrada entre el bajo y el sexto… y a cualquier ser humano con el que podamos ser honestos, ser nosotros mismos.
Mi mejor terapia, mi mejor regalo, es ayudar a los demás (o al menos intentarlo). Cuando damos somos más felices que cuando recibimos (piénsalo).
Y por eso no quiero acabar esta entrevista, convertida en relato, sin ponerme a disposición de cualquiera que esté pasando por un momento complicado y considere que podría ser interesante hablar conmigo (y no estoy hablando de algo profesional que, para eso, ya me contactáis por Linkedin), hablo de contarle mis otras “aventuras” cara a cara y hacerle entender que el principio de resolución de cualquier problema está en escribir y comprender bien el enunciado para, al final de la vida, poder cantar “My way” sin timidez y sin excesivo arrepentimiento.