Nairobi

Es un keniano atlético, macizo más que robusto, con el pelo recogido en trenzas y una camiseta negra de la ONG FútbolMás con el icono de un niño golpeando un balón. Destila carisma e impresiona caminar a su lado por el descampado más paupérrimo de Nairobi. Le llaman Baba Yao, -el padre de todos, en suajili-, pero su verdadero nombre es Austin Ajowi

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Tiene 43 años y fue futbolista de la primera división keniana. Tuvo una carrera tan prometedora como fugaz. Una lesión de rodilla truncó sus aspiraciones y todas las expectativas de los entendidos quedaron en nada. Ya ni siquiera existe el club en el que jugó, el Kimbo. El héroe volvió a casa, a Mathare, hace más de veinte años.

Mathare es el suburbio más grande de Nairobi, el más pobre, el más peligroso: un desierto de uralita y suciedad donde malviven más de 500.000 personas y donde los servicios gubernamentales no llegan.

La densidad de la población de Nairobi se multiplica por 11 en ese desguace de chapa. En todo Mathare solamente hay un colegio público, el resto está a cargo de ONG's y de ayuda internacional.

El río

El río, a su paso por la comunidad de chabolas. Victoria Tardón

El río es un reguero de agua negra, de agua fecal, que cruza un vertedero con chabolas diseminadas. No hay un sistema de alcantarillado ni de conducción de aguas. Muchos recurren a un sistema que llaman “retrete volador”. Defecan en bolsas de plástico y las lanzan tan lejos como pueden. Lo más probable es que acaben en el tejado de otra chabola

Cuando llega la noche, las hogueras alumbran furtivamente la producción de uno de los negocios ilegales más nocivos de Kenia: el changa’a. Así se llama el alcohol para los más pobres. Se fabrica a la orilla del río contaminado, usando ese agua, y es una potente bebida espirituosa, hecha a base de melaza y grano molido. Es ilegal pero su venta se ha convertido en masiva y la botella de medio litro ronda el precio de un dólar. La droga mata de diversos modos en el suburbio.

Cuando Austin, siendo aún muy joven, volvió al barrio, empezó a jugar con los chicos y soñó con limpiar un vertedero para hacer un campo de fútbol. Se daba cuenta de que los más pequeños se sentaban a verle pelotear, ocupaban su mente y sonreían cuando jugaban. Hace el gesto de haber limpiado el espacio “con sus propias manos” y me mira a los ojos para que entienda el alcance de lo conseguido.

"Al ver la felicidad de los niños, comprendí que teníamos que eliminar toda la basura que había en el lugar, para poder quedarnos con el campo. Al comienzo, lo hacíamos solo con algunas palas y nuestras manos. Encontrábamos todo tipo de basura, incluso fetos de abortos" dice el entrenador, con cierta emoción.

Durante mucho tiempo, Austin durmió en el vertedero, rodeado de basura para que la gente no siguiera apilando allí los deshechos y para evitar que los drogadictos lo usaran por la noche como lugar de consumo.

Austin Ajowi, en Mathare (Nairobi). Victoria Tardón

Sin embargo, años después, su corazón no se ha cerrado ni mira para otro lugar. Tiene un pacto no escrito con los homeless del barrio. Pueden dormir en el campo siempre que, a la llegada del alba, dejen la zona en buenas condiciones. Cuando se despiertan, las personas sin hogar recogen sus cosas y contribuyen a la limpieza del espacio.

Allí no llegan los turistas. Ser blanco y pisar ese terreno implica estar bajo la protección de Baba Yao. Todos saben que su nombre es Austin, pero le llaman por el nombre que a su autoridad moral le ha puesto la comunidad: el padre de todos. 

Algún niño, de los más pequeños, se asusta por el color de mi piel, que es especialmente blanca. Algunos nunca han visto una persona tan blanca y los más valientes se ríen y me tocan, curiosos, juguetones y sorprendidos.

Su carisma

El primer contacto visual con Austin impacta. No es su piel negra azabache ni sus trenzas largas y fuertes, no es su complexión fuerte ni su cuerpo compacto lo que llama la atención. Es algo así como el aura mesiánica que desprende quien vive para que los demás vayan por la buena senda. Es carisma en estado puro.

No haré comparaciones que puedan ofender la sensibilidad religiosa de nadie, pero ante las grandes presencias que cambian el mundo, se debe sentir lo mismo que frente a este hombre sencillo, que habla de ayudar a los demás a ser felices y a evitar el mal. Quienes estábamos allí sentimos una inmediata y fuerte vocación de acompañarle y seguirle.

Austin es el líder de su comunidad y su imperfecta sonrisa y sus ojos oscuros de mirada clara, cuentan a gritos que reforzar la comunidad, con pretextos como el futbol, es la única forma de alejar a los jóvenes de la droga. Llegamos a un descampado donde están jugando, con dorsales de colores, por equipos con educadores. Hay equipos de niños, equipos de niñas, y equipos mixtos.

Baba Yao me explica que su objetivo es que todos se sientan iguales y fuertes, pero que tiene en cuenta las diferencias físicas para que no les hagan sentir inferiores. Entre los chicos hay algún ciego, alguno con evidente capacidad mental distinta y alguno más con problemas en las piernas. Todos juegan juntos. La sabiduría del líder de Mathare no viene de los libros, sino del corazón y la empatía. Los niños le abrazan, chocan su mano y celebran con una fiesta la llegada del maestro.

Atravesamos una pequeña plaza y nos recibe Priscila (38), una de las cuidadoras voluntaria de la comunidad. Existen agentes voluntarios que se encargan de llevar a los niños al colegio o pedirles que vayan si se los encuentran fuera de las aulas. También se ocupan simplemente de que los niños tengan agua, plátanos y puedan usar un baño. Priscila, desde su pequeño comercio de la esquina, una chabola de adobe y uralita, se responsabiliza de todo cuando juegan allí.

"Es mi héroe"

Los pequeños hacen un círculo del que nos invitan a formar parte. Austin habla fuerte, casi cantando, medio aleccionando a modo de arenga. Nos cuentan que les está diciendo -siempre en suajili- que el deporte y la comunidad les hará fuertes frente a las drogas y les pregunta qué drogas han visto personalmente. Niños de apenas ocho años recitan con cara de asco uno a uno los nombres de drogas de las que no hemos oído hablar nunca. Austin habla sobre los riesgos de las drogas y les apercibe de que deben mantenerse alejados.

Los niños lanzan mensajes de fuerza y sueñan en voz alta con ser como Baba Yao. Una niña de diez años, Evelyn, se acerca y me cuenta que quiere ser como él y que si no lo consigue, se casará con un hombre como Baba Yao: “Es mi héroe, mi amigo y casi mi padre”. Francis, otro pequeño, dice: “Cuando sea mayor, seré como él”, mientras se abraza a la pierna del entrenador.

"Aquí se puede ser feliz. Es más difícil. Por no tener, no tenemos ni un hospital y somos muchos. No tenemos muchas cosas, ni siquiera lo básico, pero hemos encontrado una fórmula para sobrevivir alegres, usando la fuerza de la comunidad y el deporte. A lo que tengo miedo es a la droga. No quiero que los chicos acaben con sus vidas por las drogas. He visto morir a demasiados", cuenta el líder de la comunidad. 

Desde la entrada de Mathare, donde nos reciben, en las oficinas de FutbolMás, la ONG chilena que desde hace cuatro años les ayuda a coordinar el programa de deporte e infancia, hasta el campo Austin Grounds, camino en solitario con Baba Yao.

Nuestro paseo por el suburbio, transcurre como si acompañara a un príncipe saludando a su pueblo. Las señoras, los ancianos, las jóvenes, todos le saludan y le llaman por su nombre. Él devuelve la atención con un gesto y, en la mayoría de los casos, con un mensaje personalizado, sobre su salud, interesándose por algún problema o dando noticias sobre los progresos de los niños de la familia.

La abogada y escritora Cruz Sánchez de Lara, conoce el proyecto Victoria Tardón

Se nos acercan tres chicos. Dos de ellos, Evans (16) y Collins (13) caminan de la mano. Quieren ser famosos pilotos de avión y pasar a la historia por ser además, hermanos. Su amigo Mathew (15) quiere ser ingeniero electrónico. Su héroe es, sin duda, Austin, quien les ha enseñado que la felicidad pasa por no drogarse, en un lugar donde la droga llega a manos de los pequeños de cuatro años, que empiezan a esnifar pegamento, y en el que la heroína es habitual compañera de juegos de los pequeños.

Cuando se escuchan sueños profesionales tan altos en lugares a los que lo indispensable no llega, a veces, la frustración o el descreimiento se apoderan del visitante. Pero siempre existe una puerta a la esperanza.

El proyecto cruza fronteras

Samuel, el director del programa de FutbolMás en Mathare, es un niño del barrio. Estudió en Nairobi, con becas, Económicas y Sociología y ha vuelto a su barrio a continuar el programa que le posibilitó una vida digna. Con su camiseta verde habla de las claves del proyecto: comunidad, empoderamiento, identidad, promoción, familia, deporte, y una aspiración y un objetivo: “Las mismas posibilidades con el mismo potencial”.

El año pasado estuvieron reunidos con el equipo olímpico de futbol de los Refugiados, formado por jugadores de distintas nacionalidades, unidos por las penalidades de la diáspora. El documental que hizo sobre ese equipo el fotógrafo argentino Sebastián Gil se proyectó en el Festival Internacional de Cine sobre Fútbol de Berlín. Lo que sucede en Mathare, en el Austin Grounds, empieza a ser foco de atención más allá de las fronteras de Kenia.

El proyecto de Austin surgió hace veintidós años y solo hace cuatro que FutbolMás, una ONG de origen chileno llegó para darle más solidez aún a su proyecto y dotarlo de mayor infraestructura. Premian el comportamiento y las proezas de los niños con una Green Card –tarjeta verde- que todos quieren ganar para poder formar parte del equipo en el partido anual contra otro de los suburbios. Jugar esa liga es todo un honor y una proeza para ellos, porque además de cómo buenos deportistas, se les identifica como buenas personas con excepcional comportamiento. El trabajo me recuerda mucho al que he visto de la Fundación Real Madrid en otros lugares del mundo.

La foto de grupo, con Cruz Sánchez de Lara Victoria Tardón

Le pregunto a Seppe, un belga que lidera el trabajo de FutbolMás y que en breve se marchará para dejar a Samuel, el economista y sociólogo de Mathare al frente de la gestión, si la Fundación merengue conoce el proyecto. Me cuenta que en Kenia, los españoles solo trabajan en la costa. Seppe sí ha trabajado con la Fundación Real Madrid y le pido que me mande una foto de Austin con la camiseta blanca.

Mientras, Baba Yao, ajeno a las glorias de los grandes equipos, me explica orgulloso que ha visto crecer a los niños a los que ha entrenado y que ellos, ahora, traen a sus hijos para que crezcan libres y con aspiraciones.

Cuando nos encontramos en Austin Grounds con Kamalee, uno de los patriarcas de Matharee, que solamente habla suajili, nos habla orgulloso del liderazgo de Baba Yao. El anciano, desdentado, y con una boina de estilo castrense con una abeja bordada, nos explica que Austin ha recibido ofertas para dirigir a los equipos más famosos y exitosos de Kenia, pero las ha rechazado. Kamalee gesticula, con su cachava tricolor (blanca, verde y roja) en forma de rayo y dice: “Es un líder para los niños. No quieren drogarse para ser como él”.

Y me dice, con orgullo de descubridor, que él fue de los primeros en apoyarle: "Han venido para contratarle como entrenador, pero Baba Yao se queda aquí. Es nuestro héroe. Es nuestro líder".

*Cruz Sánchez de Lara es presidenta de Thribune for Human Rights, asesora ejecutiva de UNODC para África oriental y miembro del Consejo de administración de EL ESPAÑOL.