Aquí me encuentro una vez más, frente a esa gigantesca mole de hierro que se alza como un cuchillo que atraviesa el celaje de París, aquel al que cantaba la inolvidable Edith Piaf.

He perdido ya la cuenta de las veces que he deambulado junto a la torre Eiffel, ese símbolo de la modernidad decimonónica, convertido con el paso del tiempo en un emblema de Francia y de aquella Belle Époque en la que el mundo entero miraba con anhelo la vida alegre de la Ciudad de la Luz.

Camino sin rumbo por el Campo de Marte, rodeado de turistas de todos los rincones del mundo que no cesan de tomar imágenes de la torre.

Fotografías que publicarán en sus redes sociales, enviarán a sus grupos de WhatsApp para dar envidia a sus allegados o, probablemente, acabarán almacenadas en la memoria del teléfono, donde quizá nunca más vuelvan a ser vistas.

Sigo con mi paseo y siento una extraña familiaridad, porque este lugar no me resulta ajeno. Todo lo contrario. Me detengo en un rincón, bajo la sombra de un árbol que amortigua el intenso sol parisino, y contemplo con detenimiento la torre Eiffel.

Me gusta observar ese juego de ascensores que suben y bajan, y el movimiento de quienes pasean por su esqueleto férreo como pequeñas hormigas que discurren por sus entrañas.

En ese instante pienso en Sevilla y en la curiosidad de que ambas ciudades tengan como símbolo una torre. Cada una con su estilo y su historia, pero ambas convertidas en una presencia vertical que ordena la mirada arquitectónica y condensa la memoria de una ciudad.

Sevilla tiene su Giralda, símbolo del esplendor almohade y de la nueva cristiandad, representación perfecta del crisol de culturas que históricamente ha sido. Una especie de faro que, coronado por el Giraldillo y al compás de sus campanas, ha marcado el devenir de Sevilla durante siglos.

Quien se aproxima en coche a la capital hispalense ve asomarse entre la silueta de sus edificios ese epicentro del más alto sevillanismo que es la Giralda.

En París ocurre algo parecido. La torre Eiffel es el símbolo de un periodo dorado de la ciudad, de aquel tiempo en el que la Ciudad de la Luz era capital del mundo, de la innovación tecnológica, de la vanguardia artística y de la revolución de las ideas.

Una época en la que muchos ansiaban vivir allí para quedar marcados por el pulso de una urbe que parecía adelantarse siempre al porvenir. Aquella torre, concebida en principio como una estructura efímera, acabó permaneciendo en el tiempo para recordar lo que un día llegó a representar la capital gala.

Por eso me gusta, cada vez que regreso a París, pasear al pie de la torre, de la misma manera que suelo hacerlo en Sevilla cuando paso por el entorno de la Catedral.

La torre Eiffel, y no resulta osado decirlo, es la Giralda de los parisinos, la que guía su día a día y se ha convertido en santo y seña de la ciudad.

Ambas torres, la Giralda y la Eiffel, son símbolo de periodos de esplendor y de momentos en los que ambas ciudades fueron, cada una a su manera y en su tiempo, el centro del mundo. Lugares hacia los que miraba el orbe entero, atraído por su grandeza.

La tarde va cayendo lentamente sobre el Campo de Marte y vuelvo a mirar la torre Eiffel cuando emprendo el camino a casa. Ya no la veo solo como el gran emblema de París, sino como una torre hermana de la Giralda.

Dos construcciones separadas por el tiempo, el estilo y la distancia, pero unidas por esa misma necesidad de elevar hacia el cielo una parte de su historia y de su manera de estar en el mundo.

Quizá todas las grandes ciudades necesiten una altura desde la que manifestarse y reconocerse ante los demás. Sevilla encontró la suya en la Giralda. París, en su torre Eiffel.