Álvaro Ramos.
Cuando llega el Jueves de Corpus, con las primeras horas del día, en Sevilla se respira un ambiente diferente, propio de las grandes jornadas devocionales de la ciudad, comparable al día de la Virgen de los Reyes o a la mañana del Viernes Santo, cuando las hermandades de la Madrugá regresan lentamente a sus templos. El jueves de Corpus, el Santísimo Sacramento recorre las calles de una Sevilla que despierta con un aire de solemnidad antigua. Para mí, este día tiene un sabor especial, porque me devuelve a mi tierra, Granada, donde el Corpus es la fiesta grande.
En Sevilla, cada jueves de Corpus, me dirijo al centro cuando aún está despertando el sol y el calor todavía no ha desplegado toda su fuerza. Busco un hueco desde donde contemplar la procesión. Camino por las calles alfombradas con juncia y romero, cuyo aroma embriaga el ambiente con un frescor silvestre muy característico. El Señor de la Sagrada Cena ya se encuentra aposentado en la puerta del Palacio Arzobispal, como es tradición. Este año, también estará presente en las calles el San Elías de la hermandad de Montserrat con motivo del 425 aniversario de la cofradía.
Reconozco que el Corpus siempre me lleva a la infancia, a aquellos años en los que mi abuela me llevaba a presenciar el paso de la custodia por Granada. Ella me enseñó que en él reside el significado de las celebraciones religiosas que vivimos durante el año, aquello que les da su sentido último. Entonces quizá no lo entendía del todo, pero intuía que aquel día no era una procesión más. Había algo distinto en las calles, sobre todo en la emoción con la que la gente se arrodillaba al paso del Santísimo Sacramento y cantaba sus himnos de alabanza.
Las puertas de la catedral se abren y contemplo la salida de la comitiva, encabezada por los niños carráncanos. Me detengo en los pasos que salen por la Puerta de San Miguel. Todos ellos, grandes devociones de una ciudad que parecen acudir para rendir culto al Santísimo: Santa Ángela de la Cruz, las Santas Justa y Rufina, San Isidoro, San Leandro, San Fernando, la Inmaculada Concepción, el Niño Jesús, la Custodia Chica y, al final, bajo el sonido atronador de las campanas de la Giralda, emerge la custodia de Juan de Arfe. Media tonelada de plata cincelada, convertida en altar móvil, para exaltar al Santísimo Sacramento.
Siento un nudo en el pecho y se me acumulan los recuerdos. En mi cabeza resuenan aquellos cantos eucarísticos que escuchaba de niño en Granada, y pienso cómo irá, por la ciudad de la Alhambra, la custodia que regaló Isabel la Católica a mis paisanos en 1501, aquella pieza gótica de mi infancia. El Corpus es de esas celebraciones que, aunque uno las contemple desde fuera, lo acaban atravesando por dentro. Porque, más allá de ser una festividad que convoca a la ciudad en torno a una tradición, tiene una parte de memoria personal para cada uno.
Quizá por eso esta fiesta conserva una fuerza tan singular. Frente al ruido y el ajetreo de otras celebraciones, el Corpus nos invita a detenernos por unos instantes a su paso y mirar en nuestro interior. Mientras la custodia avanza, uno comprende que hay ritos que no sobreviven por mera costumbre, sino porque siguen diciendo algo esencial a quienes los viven.
Cuando la procesión pasa, queda en el aire el perfume de la juncia y el romero pisados, el eco de las campanas atenuado poco a poco y una emoción difícil de explicar. Vuelvo a casa con Granada en la memoria y Sevilla en los ojos. Pienso en mi abuela y en aquellas mañanas de Corpus de mi infancia. Tal vez por eso esta fiesta me conmueve tanto, porque al paso de la custodia recuerdo mis raíces que el tiempo y la distancia no han logrado borrar.