Javier Navarro.

Javier Navarro.

Opinión LOS DÍAS AZULES

La letanía de los días

Publicada

La vida parece una letanía. Se repiten los días como se repiten los santos, a menudo enlazados con rima —Santa Mateo, San Tadeo, San Bartolomeo—, y otras de verso libre, como esas mañanas que se nos tuercen después de una víspera feliz.

También es una letanía porque vivimos en una continua petición de tiempos mejores. En Sevilla, donde el calendario litúrgico estructura el año, esto se vuelve literal: la ciudad reza, procesiona, peregrina, cruza Doñana y espera otros doce meses. Suplicamos que alguien venga a paliar nuestras carencias y penurias, que son las más graves del universo a nuestros ojos, aunque sepamos de sobra que podríamos —siempre— estar peor.

Mientras rezamos, el mundo sigue ocurriendo. Leemos deprisa los titulares y cerramos las pestañas —las del ordenador y las de los ojos— antes de que nos afecten demasiado. Entre presuntas corruptelas y discursos inflamados, las guerras llevan meses pasando y ya nos hemos acostumbrado, como quien se habitúa al ruido del tráfico.

En ese mundo que miramos de reojo hay palabras que usamos sin pensar en lo que esconden, igual que ejecutamos miles de movimientos automáticos al día sin preguntarnos por qué. El psicólogo Paul Bloom argumentó hace años que la empatía ilimitada es, paradójicamente, paralizante: no podemos llorar a todos los muertos del mundo sin dejar de funcionar, y dejar de funcionar no le hace ningún bien a nadie. Miramos para otro lado porque es la única manera de seguir mirando.

Escuchando cómo Netanyahu bombardea ahora el sur del Líbano, se me viene una de esas palabras que usamos sin pensar: “asesino”. Viene del árabe, de los haschischins, una secta medieval que desde una fortaleza al norte de Persia aterrorizó a sus enemigos durante las Cruzadas mediante sicarios convencidos de que morir en el cumplimiento de su misión les abría las puertas del Paraíso.

Marco Polo los describió, Dante los nombró, Shakespeare los puso en boca de sus personajes, y de ahí viajó la palabra hasta el italiano y el francés antes de llegar a nosotros, despojada ya de su historia, gastada, a veces banalizada.

La Corte Penal Internacional emitió en noviembre de 2024 una orden de arresto contra el Primer Ministro israelí por crímenes de guerra. El mundo que bautizó a los haschischins como asesinos tiene ahora instrumentos jurídicos para hacer lo mismo con un jefe de gobierno en ejercicio. Pero Netanyahu sigue en su cargo, Gaza sigue muriéndose de hambre y la barbarie parece haberse impuesto como actitud oficial. Gaza, Ucrania o Sudán han dejado de ser nombres en el mapa para convertirse en escenarios de sufrimiento. Los escuchamos, entre tarea y tarea, igual que los nombres de los santos en la letanía, y por repetición, ya anestesiados, dejamos de oírlos.

En 1938, el escritor esloveno Vladimir Bartol publicó Alamut, una novela ambientada en aquella fortaleza persa. Lo que le interesaba no era el relato histórico sino el mecanismo: cómo alguien convence a otro de que la vida de un tercero vale menos que una idea. El Paraíso que el líder de la secta ofrecía a sus sicarios era, en el fondo, el mismo que cualquier ideología totalitaria ha prometido a los suyos: sufre ahora y mata si hace falta, porque la recompensa aguarda. Bartol escribía en la Italia de Mussolini, y la dedicatoria al Duce tenía una ironía que burló la tijera de los censores.

La obediencia ciega, la anulación del individuo y el desprecio por las vidas ajenas vestido con el lenguaje de lo sagrado no era un rasgo de una época ni de una civilización concreta. Las jóvenes guardias nacionalsocialistas —y cien años más tarde los soldados sionistas— confirman que las invariantes de la historia tienen mucho de letanía macabra, de promesas de cielos que llenan el subsuelo de almas inocentes. Los días se repiten, y la sangre sigue derramándose sin que podamos hacer nada más que llamar a las cosas por su nombre.