Javier Navarro. Sevilla
Últimamente llego al lunes cansado. Nada más empezar la semana parece que ya han pasado varios días. Un futbolista desfondado antes de que el árbitro haya ordenado que ruede el balón, en eso nos hemos convertido. Hay una hora del día en esos días que suceden al lunes, entre las siete y las nueve de la tarde, en la que las ciudades se llenan de cuerpos que vagan, como el mío, trazando movimientos automáticos, desapasionados, con los pies arrastrados y las caras desencajadas. Después del trabajo, con sus presiones y desencantos, queda el gimnasio, al que se acude por obligación y se odia a partes iguales; queda la cena ligera que sustituye a la cena que apetecía; queda el alquiler de un piso cuya paradoja consiste en pagar cada mes por algo que cada año pertenece menos al inquilino; queda la administración cuidadosa de unas pocas recompensas que llegan ya recortadas, en dosis muy pequeñas; y en una rueda que vuelve a su punto de partida, quedan las tareas acumuladas en el trabajo, reproducidas en una metástasis constante.
Un amigo que también sufre las inclemencias del mundo de la arquitectura teorizaba hace pocos días que el trabajo se queda con el ochenta por ciento de los problemas, mientras el veinte restante se distribuye en el otro frente, el íntimo, donde uno administra el cuerpo, el deseo, la cuenta corriente y los pequeños placeres. Si el trabajo es una guerra abierta, la vida personal contemporánea es una suerte de guerrilla que no se desactiva nunca. No sé si la hipótesis de mi amigo Curro es universal y todo el mundo se ve reflejado en esos porcentajes, pero sí es seguro que varias generaciones compartimos una incesante sensación de preocupación, de que todo puede desmoronarse en un momento, de que todo tiene potencial para empeorar.
Tántalo, hijo de Zeus y Pluto, fue condenado a estar de pie en un estanque de agua que retrocedía cuando intentaba beberla, bajo un árbol cuyos frutos se alzaban cuando estiraba el brazo. Aquella geometría, la del bien que retrocede al ser perseguido, describe con lucidez el régimen alimentario, deportivo y económico de la vida contemporánea. Comer lo que apetece engorda, lo que nos aleja del aprendido (e insano) ideal de belleza, y no comerlo deja un hueco de insatisfacción. El gimnasio compensa lo primero a costa del único ocio disponible, mientras el capricho que nos concedemos como autorrecompensa —un libro, una cena, unos zapatos, tal vez un viaje— deja en el presupuesto un agujero que las cuentas de fin de mes recordarán puntualmente. El helado comprado para celebrar un buen día contiene, dentro del helado mismo, la advertencia de que el cuerpo lo registrará, de que el espejo hablará, y de que un algoritmo cruel lo confirmará al día siguiente con el anuncio oportuno en la pantalla.
La generación que podría haber heredado un patrimonio —término desaparecido del vocabulario joven, sustituido por “suscripción”— vive en un régimen de alquiler permanente: desde la casa a la música que escucha, incluso los archivos que puede almacenar en su ordenador están supeditados a una cuota renovable. Si se incumple, todo se desvanece en un segundo.
El cansancio del que aquí se habla es un cansancio plástico, de baja intensidad y duración indefinida. Es la suma de todas las recompensas que nunca llegaron enteras y de todos los placeres que traían una factura grapada. Quizá la queja generacional más exacta no sea que trabajamos demasiado, ni siquiera que cobramos poco, sino algo más pequeño y triste que no soy capaz de definir porque los jueves ya no quedan fuerzas.