Álvaro Ramos.
Salgo a la calle y el sol me golpea en la cara, como una caricia de fuego que va recorriendo mi cuerpo en cuestión de segundos. El calor ha llegado a Sevilla de repente, sin pedir permiso, y antes de lo previsto, el verano parece haberse instalado ya en la ciudad. «Pronto empezamos con la caló», escucho decir a más de uno, que piensa con cierta preocupación en los meses venideros de dura canícula. Porque en Andalucía sabemos que el tiempo se vuelve otra cosa cuando le cambiamos el género a la palabra y pasamos de «el calor» a «la calor». Pero, cuestiones lingüísticas aparte, la llegada de este verano prematuro, al que parece que venimos asistiendo desde hace unos años, hace inevitable cambiar el ritmo de vida del sevillano. La ciudad parece, entonces, que empieza a obedecer otras leyes.
Abandonamos las chaquetas y cazadoras en los percheros, sin relegarlas aún al definitivo destierro del armario hasta el próximo otoño, quizá con la esperanza, como dice el refrán, de que hasta el cuarenta de mayo aún se abra una posibilidad de tiempo fresco que rebaje el calor. Pero no es lo único que cambia. La ropa lisa y discreta de entretiempo va desapareciendo poco a poco, sustituida por prendas estampadas que parecen hechas para desafiar al sol. Los vestidos acortan su longitud y dejan ver las piernas. Los botones superiores de las camisas se desabrochan, abriendo un pecho que parece querer respirar. Los cuerpos dejan de ser un enigma, escondidos bajo capas de tela durante los meses más frescos, para asomarse entre las costuras, en ocasiones con excesos, a un nuevo ambiente en el que la pulsión de la sangre, incandescente por el calor, despierta incluso en quienes fingían no esperarlo.
Se despliegan los abanicos, como un mar de mariposas multicolor, que revolotean en torno a los rostros sofocados de quienes los agitan a la espera de una bocanada de aire que les haga recobrar el aliento. Afloran los sombreros blancos que guardan el anonimato de quienes los portan. Caminamos pegados a las fachadas, calculando la sombra de la que podremos disfrutar hasta el siguiente tramo soleado, como quien piensa una estrategia de supervivencia. Cruzar una plaza en las horas centrales de la jornada empieza a tornarse una imprudencia o un acto de fe. Buscamos la humedad de los jardines, la sombra generosa de los árboles o el frescor que aún queda junto a una fuente.
Los bares, eterno refugio del sevillano durante el año, se convierten en improvisados oasis donde calmar la sed con una cerveza fría que parece atenuar la temperatura corporal con cada trago helado y burbujeante. También la cocina sucumbe al nuevo tiempo. El puchero se retira con dignidad hacia el fondo del recetario y da el relevo al gazpacho, el salpicón o las huevas aliñás. La sandía y el melón reinan en las neveras sevillanas y el hielo suena en los vasos como un soniquete constante.
En estos días, cada vez más largos, Sevilla irá desplazando su vida hacia la noche. Las horas fuertes de sol quedarán abandonadas como un territorio baldío. Los edificios presentarán un mosaico de persianas bajadas y toldos desgastados por el inmisericorde astro rey. Y cuando el lubricán empiece a borrar los contornos del día, la ciudad volverá a salir a la calle con una alegría nueva. En la penumbra de la noche reconoceremos el murmullo de las terrazas, las conversaciones que se alargan hasta la madrugada o los espectros de los viandantes que aprovechan las noches para deambular por una ciudad que ha esperado a que el sol afloje para recuperar parte de su derecho a vivir.
Apuro mis últimas labores con la placentera visión de llegar al refrescante resguardo del hogar. Me esperan la sombra, el agua fría, la persiana vencida y el silencio espeso de las casas sevillanas cuando fuera el mundo parece arder. Después, cuando el Lorenzo se retire por el horizonte y el crepúsculo asome, volveremos a la calle con la ilusión renovada. Entonces Sevilla será otra vez nuestra.