Luis Romero.

Luis Romero. E.E.

Opinión OPINIÓN

La caja de los truenos

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Hay momentos en la historia de un país en que la realidad supera con tanta holgura a la ficción que los novelistas son superados y los columnistas se quedan sin metáforas. España vive uno de esos momentos gloriosos. Tan glorioso que uno ya no sabe si está leyendo a Galdós o a Valle-Inclán.


José Luis Rodríguez Zapatero, aquel estadista de mirada mansa y sonrisa franciscana, tenía en su despacho de Ferraz una caja fuerte. Hasta aquí, normal: un hombre importante guarda cosas importantes. Lo que nadie esperaba es lo que había dentro. Joyas de valor extraordinario. Objetos cuya procedencia, según el juez Calama de la Audiencia Nacional, merece una explicación que el interesado, de momento, no ha dado.

Zapatero, que durante años nos explicó con pedagógica paciencia los matices de la memoria histórica, la complejidad del proceso de paz y la necesidad del diálogo incluso con el diablo, ahora guarda silencio. Uno casi lo entiende: hay silencios que valen más que mil palabras, especialmente cuando las palabras pueden ser utilizadas como prueba.

El juez Calama, con la pertinaz costumbre que tienen algunos funcionarios judiciales de cumplir con su obligación, investiga al expresidente por blanqueo de capitales y tráfico de influencias. La UDEF, en un informe de cuatrocientas páginas que algunos juristas televisivos aseguran que está vacío, describe presuntas estructuras en paraísos fiscales, cuentas de dimensiones millonarias en destinos turísticos del dinero opaco, y la figura clásica y castiza del testaferro, ese personaje tan español y tan necesario en ciertos círculos como el notario.


Pero lo verdaderamente sorprendente no son las joyas ni los paraísos. Lo asombroso es la relación de Zapatero con Venezuela, a la que él explicaba que viajaba para restablecer la democracia y el respeto a los derechos humanos, gracias a su amistad con Maduro y Delcy.

Respecto a sus lazos con China, no eran los de un ciudadano curioso por la cultura milenaria del dragón, ni la de un viajero enamorado de la Gran Muralla. Sino la de un intermediario que, presuntamente, habría cobrado comisiones por facilitar contratos millonarios entre empresas tecnológicas chinas y organismos del Estado español. El libre mercado, pero con propina.


Mientras todo esto se investiga en los juzgados, el señor Sánchez estaba en Roma, visitando al Papa con esa solemnidad institucional que le caracteriza. Una imagen de marketing vaticano que debió parecerle providencial hasta que le preguntaron —en los breves instantes en que acepta preguntas— por el segundo registro en la sede del PSOE. Los agentes de la UCO estuvieron once horas, tiempo en el que, imaginamos, no estaban admirando el mobiliario.


Porque hay un segundo frente, el del juez Pedraz, que investiga una trama de coacciones y extorsión presuntamente organizada para neutralizar a jueces, fiscales, policías y guardias civiles que osaran investigar al entorno del poder. Una organización que, de confirmarse lo que se investiga, elevaría la corrupción española del nivel de la picaresca al de la mafia con carné de partido. Cerdán, Leire Díez, y otros personajes de ese elenco que el PSOE ya quería que olvidáramos aparecen de nuevo en escena con papeles de dudosa legalidad.



El ministro Puente, mientras tanto, ejerce de portavoz de la incredulidad oficial. Todo es una operación. Todo está inventado. Los autos están vacíos, los informes policiales son palabrería, los jueces son sospechosos, los registros son teatro. Uno se pregunta cuándo exactamente dejó de ser el Gobierno el responsable de explicar y pasó a ser el fiscal que acusa a quienes investigan. La respuesta, claro, es que eso ocurre exactamente cuando ya no hay nada más que decir.


Escribí hace años —y lo dije en mis redes y en mis columnas— que esto era la punta del iceberg. Que un gobierno que responde a las preguntas con sarcasmo, que trata la corrupción como un ataque enemigo y a la justicia como un obstáculo político, que coloca a los suyos en cada palanca del Estado mientras habla de regeneración democrática, ese gobierno no estaba gobernando: estaba resistiendo.


Ningún gobierno europeo comparable habría sobrevivido la décima parte de lo que aquí se investiga. Boris Johnson cayó por una fiesta con alcohol en Downing Street. El presidente alemán Wulff dimitió por una escaramuza económica. En España, en cambio, se negocia el apoyo de quienes quieren romper el país para seguir presidiendo mientras Sánchez se ríe a carcajadas.


Larra escribió que en España el que se va es el que pierde. Hoy, doscientos años después, el que investiga es el que resulta sospechoso. Y la caja fuerte de Ferraz, con sus joyas sin explicar, sigue siendo la metáfora más exacta de este tiempo: un país que guardó sus secretos bajo llave durante demasiados años y que ahora, por fin, asiste estupefacto al momento en que alguien encuentra las llaves.