Javier Navarro. Sevilla
Ramón y Cajal, Akor Adams y Bellerín… o una teoría sobre el sistema nervioso
El arco que separa 1905 de 1907 está sustentado en dos columnas: la fundación del Sevilla FC y la del Real Betis Balompié. El año intermedio, en el que aparentemente no sucede nada en esta ciudad, Santiago Ramón y Cajal publica su teoría sobre el sistema nervioso. Pareciese una premonición, porque ambos equipos están entregados a los vaivenes de todas esas conexiones en forma de estrellas imperfectas. A ratos uno se adentra en una espiral de confianza, y otros en una rutinaria depresión.
Cuando se le concede el premio Nobel a aquel aragonés que pasaba las tardes inclinado sobre el microscopio, se consagra una certeza barruntada años atrás: las células nerviosas son unidades autónomas —contradiciendo a Camillo Golgi y su retículo continuo—, cuerpos que apenas se rozan en la hendidura de la sinapsis. El calendario sevillano siempre fue caprichoso, y esa consagración quedó fechada entre los dos nacimientos futboleros. En una teoría imposible, me gusta pensar que el funcionamiento de los cuerpos nerviosos y el de las aficiones quedaron entonces unidos para siempre por una secreta sincronía, como aquellas almas nacidas a la misma hora bajo una determinada luna zodiacal: se trata de dos cuerpos contiguos que no llegan a tocarse, separados por un vacío conductor, atravesados por el mismo impulso.
El más sevillano de los azares quiso que el primero de los clubes echase raíces en Nervión. Quizás la toponimia se anticipase también a la metáfora: el equipo asentado sobre el nervio, la afición convertida en fibra, y finalmente el estadio como ganglio —ahora inflamado—. El español, una lengua generosa en su polisemia, llama nervio a la fibra del anatomista, y nervio al brío del que juega; ambas acepciones nos sirven. Frente a Nervión, el otro ganglio en Heliópolis, bajo el sol de la Bética; entre ambos, la ciudad como tejido conectivo, dendritas enredadas en oficinas, colegios y tertulias de bar, herencias de padres a hijos —porque la elección de equipo, en Sevilla, es menos elección que filiación, determinismo apenas matizado por alguna rebeldía adolescente—. Cajal dibujaba aquellas terminaciones como árboles —dendrita, de dendron, árbol—, y la ciudad, vista desde arriba en una primavera cualquiera, es otro bosque de impulsos.
La primavera es la estación nerviosa por excelencia, y aquí lo es al cubo. La savia sube por los naranjos mientras que los pasos transitan por las calles —sucede a la vez, sólo cambia la escala con la que los miramos—, y, cuando todavía no se ha disuelto el incienso de la Soledad, ya están las casetas levantadas para el siguiente proceso febril; en medio, como un tercer pulso, la liga llega a sus jornadas decisivas. El cuerpo del aficionado, cualquiera que sea su credo, soporta entonces tres frecuencias simultáneas: la rutina, el infarto del fin de semana y la fiesta. Difícil imaginar otra ciudad donde el sistema nervioso se someta a semejante prueba de carga, donde el llanto pueda venir indistintamente de un misterio doloroso o de un balón perdido en el descuento.
Cajal sostenía que el cerebro no se forma con materiales nuevos sino con la reorganización constante de los mismos. Esto explicaría algo que cualquier sevillano sabe sin haberlo leído, eso de que la temporada que termina ya late en la siguiente, el derbi del sábado se prolonga en el del año próximo, las afrentas se heredan como las medallas. Eso tan nuestro de que cuando llega la víspera significa que todo no ha hecho más que acabar y renovarse a la vez. La memoria del aficionado funciona por refuerzo sináptico, por repetición —cada gol consolida una vía nerviosa, cada decepción inhibe otra—, y al cabo de las décadas el cuerpo de la ciudad ha cableado un mapa emocional preciso. Los entrenadores y presidentes desfilan, los jugadores migran como pájaros a mejores nidos; pero las dendritas siguen en su sitio, conduciendo aquel impulso aprendido después de muchos finales de primavera.
Vale la pena recordar que los dos clubes nacen en el cambio de siglo no como rivales sino como células separadas por mitosis: una surgió del núcleo de la otra. Sevilla y Betis son una suerte de gemelos: la sinapsis que los separa es también la que un día los encendió. Y como una lección magistral de don Santiago, hemos aprendido una paradoja que nos servirá de por vida: sin hendidura, sin distancia, no hay impulso; y sin el otro ganglio, el primero se apagaría. La doctrina de Cajal contiene, en miniatura, una teología sevillana: somos unidades autónomas, no nos disolvemos en el vecino, pero solo existimos porque podemos rozarlo.
Pareciese, en efecto, una premonición. En 1906, mientras la ciudad creía no estar sucediéndole nada, alguien lejos del Guadalquivir escribía la fisiología que la explicaría. En primavera, cuando los nervios de Nervión se tensan y los de Heliópolis les responden, la ciudad confirma el arco que la sostiene. Faltan pocas fechas para saber si acaba por derrumbarse… o se mantiene, una temporada más, el equilibrio cajaliano de nervios