Llevaba años sin ir como invitado a una caseta de amigos, después de haber pasado media vida haciendo lo que tantos sevillanos: abrir la caseta propia a amigos, familiares, compromisos, etc., cuidando hasta el último detalle para que coman y beban como en su casa.

El año pasado, sin embargo, tocaba ir de convidado el miércoles, día de fiesta en Sevilla, a una caseta de la calle Pascual Márquez. En la puerta de la caseta “El Porvenir”, un portero alto y corpulento nos detuvo con la libreta en la mano.

-¿Su nombre, por favor?

-Luis Romero.

-Sí, don Luis, pase usted, está aquí anotado por Gumersindo Membrillo.

Dentro nos dijeron que pasáramos al bar del fondo, lejos de la entrada donde las mesas estaban casi vacías, el aire acondicionado funcionaba y, lo más importante, se veía el Real: los coches de caballos, los caballistas y ese desfile incesante de gente que es parte esencial de la Feria.

En la barra encontramos a Gumersindo, a su esposa Hilaria Tocino y a otro matrimonio de generosas proporciones físicas, muy entretenidos entre risas.

Tras los saludos de rigor, empecé a observar el interior de la barra: un expositor lleno de mariscos impecables, con cigalas, langostas, gambas de Huelva, langostinos de Sanlúcar y carabineros de tamaño casi obsceno, junto a un jamón que brillaba con la grasa justa y un queso añejo que, según me dijeron, venía de Zamora.

Siempre he intentado ofrecer lo mejor cuando recibo gente en mi caseta, así que pensé que aquella abundancia prometía una velada generosa.

El espejismo duró poco. Con más de cuarenta grados en la calle y sin aire acondicionado en el bar, cubierto con lonas de plástico, el calor era sofocante.

Me ofrecieron de beber y, en lugar de mi habitual cerveza, pedí rebujito. El camarero me respondió que se les había acabado el refresco pero que me ponía “una buena botella de manzanilla”.

Lo bueno se acabó cuando dejó la botella, sin cubitera ni hielo, directamente sobre la barra. El catavino no estaba frío, el vidrio no se empañaba, y al primer sorbo sentí ese calor desagradable bajando al estómago.

Pero el contexto social no invitaba a protestar, así que apuré una y luego otra copa mientras esperaba, inocente, a que apareciera algo de comer.

Apareció, sí, pero en forma de un único plato de pinchos de tortilla, que voló en segundos entre las manos diligentes del matrimonio voluminoso y nuestros anfitriones.

Mi mujer ni lo probó y yo apenas alcancé a coger un minúsculo bocado. Nadie pensó en sacar jamón, caña de lomo, queso o un sencillo pescado frito, aquello que suele ponerse para que todos puedan picar mientras se conversa.

A la hora larga, Gumersindo, quizá con algo de mala conciencia, exclamó:

-¡Hombre, no coméis nada, voy a pediros un montadito!

Lo que llegó fue un serranito gigantesco, sin cubiertos, que tuve que partir con las manos justo cuando entraban otros amigos a saludar; servilleta de papel de por medio, de esas que no absorben la grasa, y apretón de manos.

La música atronaba, el bar comenzó a llenarse de jóvenes reclamando rebujito -ya habían encontrado refrescos milagrosamente- y nosotros, cada vez más apretados y yo más mareado por la manzanilla caliente, decidimos salir un rato a la calle.

Quince o veinte minutos después, al intentar volver a entrar, un nuevo portero -esta vez africano- nos dijo con amabilidad burocrática que el aforo estaba completo y que no podía dejarnos pasar.

Así fue como, casi expulsados de la caseta donde apenas habíamos probado un pincho de tortilla y un serranito mal ventilado, emprendimos el camino de regreso a nuestra caseta “El alma de la Flamenca”. Allí, pese al ambiente, se respiraba, había sitio, jarra de rebujito bien frío, y la sensación reconfortante de estar en casa.

Estábamos pidiendo algo de comer cuando el portero me hizo señas: en la puerta estaban Gumersindo e Hilaria, sofocados, “secos” y deseosos de refugio bajo nuestro aire acondicionado.

Entraron, cómo no, acompañados de los mismos amigos y de algunos más que fueron sumándose: un primo de Barcelona, unos amigos de Lérida, y así hasta llenar una mesa con rostros que nadie en la caseta conocía.

Y entonces se produjo la metamorfosis del tacaño en pródigo… con cuenta ajena. Sin yo pedir nada, empezaron a encadenar peticiones al camarero: platos de jamón y caña de lomo, gambas y carabineros, troncos de cigala, pescados fritos, quesos, jarras de rebujito.

Y, ya más tarde, rondas de copas de ron, vodka, whisky caro y bandejas de pastelitos para rematar la faena.

Cuando, extrañado por su repentina generosidad, pregunté al encargado de la barra si aquellos señores habían pasado ya por caja, su mirada fue el anticipo de la sentencia:

-Luis, ¿Usted conoce a estos señores de mucho tiempo? Es que le han cargado aquí como 1.640 euros.

Mientras tanto, los recién llegados, dueños provisionales de la mesa, bailaban sevillanas como si tal cosa. Algún socio, con lógica, se acercó a preguntarme:

-Oye, Luis, ¿Estos vienen contigo? Es que no los conocemos de nada.

Y, en realidad, yo tampoco. Eran, sencillamente, beneficiarios del viejo “derecho consuetudinario del gorrón de caseta”: como quien se instala en un hotel de cinco estrellas con pulsera de “todo incluido”.