Abrí la cortina del hotel: lluvia torrencial, charcos, truenos. Con tal meteorología y tal nostalgia, lo razonable sería quedarse en la cama. Pero el penalista, como el soldado de guardia, no conoce festivos: hay un interno en prisión provisional que se juega muchos años de libertad.

Salí a correr y bajo el aguacero descubrí que las ciudades ajenas son siempre iguales a las siete de la mañana. Mientras el agua me calaba, pensaba en el sumario, en la fragilidad de los indicios, en la solemne distancia que separa la presunción de inocencia de la práctica cotidiana.

Volví al hotel y ya vestido de abogado, me esperaba el taxi que habría de llevarme durante setenta kilómetros de lluvia a una de las prisiones de mayor seguridad del reino. No diré cuál, por discreción.

Llego al portón y me dirijo a la ventanilla, esa institución nacional que Larra habría elevado a género literario y que yo me limito a padecer. Tras el cristal, un funcionario me mira con la mezcla de rutina y cansancio propia de quien ha visto demasiados sábados como éste.

—Su cartera, por favor.

—¿Mi cartera?

—Su cartera, su documentación, su teléfono, sus llaves, su maletín… Todo a la taquilla.

Obedezco, no sin preguntar en qué precepto se ha escondido semejante sospecha sobre el abogado defensor. En el papel, las normas penitenciarias hablan de respeto a la dignidad de internos y profesionales; en la práctica, las instrucciones invisibles del día a día parecen haber decidido que el abogado es un visitante peligroso y que su maletín es un artefacto subversivo.

El funcionario encoge los hombros: no sabe de leyes, pero sabe de órdenes. Me asegura que la taquilla es segura porque “la tenemos a la vista”

Así quedo reducido a mi mínima expresión: libreta, agenda, bolígrafo y gafas. Me pasan un detector de metales portátil, después un arco de seguridad y me señalan un pasillo largo y un puente interior de cubierta granate. La lluvia golpea sobre ese techo con tal estrépito que anula cualquier otro sonido.

Al fondo, una cristalera. Detrás, otro funcionario. No abre. Espero un minuto, dos, cinco. Me acerco al cristal y vislumbro una figura con la cabeza entre las manos, entregada no sé si al sueño, al tedio o a la metafísica.

Llamo a un timbre que no suena, golpeo discretamente con los nudillos el cristal. El hombre despierta, se sobresalta, pulsa el botón y las puertas se abren como por milagro. Me recibe con un amable “pase, pase”.

Tras nuevos patios y nuevos aguaceros, alcanzo por fin el módulo de alta seguridad. Allí me preguntan de dónde vengo.

—De Sevilla —respondo, calado hasta los calcetines.

—¡Tan lejos!

—Voy donde me llamen cuando hay un caso importante.

La frase suena heroica, pero la realidad es prosaica: billetes comprados a la carrera, clases interrumpidas, la familia lejos y una climatología que se empeña en recordarme que nada de esto estaba en el plan del fin de semana.

Otro arco de seguridad me separa del locutorio, ese confesionario laico con cristal blindado. Allí aparece, por fin, el interno: un ciudadano extranjero al que, de momento, sostienen más las sospechas que las pruebas. Nos miramos a través del vidrio, nos sentamos y, durante una hora larga, dejamos fuera la lluvia y dentro la palabra.

Hablamos del sumario, de lo que falta, de lo que sobra; de la diferencia entre ser culpable y parecerlo; de cómo la prisión provisional se convierte tantas veces en una pena anticipada, mientras la presunción de inocencia se queda en un artículo.

Cuando termina la entrevista, vuelvo a cruzar patios encharcados, puertas amarillas, paraguas compartidos con la administración: símbolos involuntarios de esta extraña alianza entre quien custodia y quien defiende.

El taxi llega antes de que pueda tomarme siquiera un café. De regreso a la ciudad, la lluvia afloja, como si la naturaleza quisiera concederme una tregua.

Por la tarde, la escena es tan distinta que parece otro día: sol, calles animadas, una librería con cafetería donde uno puede comprarse un libro, pedir un café y sentarse frente a un ventanal a ver pasar la vida.

Pienso en la vocación que nos lleva a cambiar un fin de semana en familia por locutorios, taquillas y pasillos metálicos.