Hay una frase de Antonio Núñez de Herrera que, tal vez, debería estar grabada en algún dintel del Ayuntamiento de Sevilla. A poder ser donde la vea todo el que entre a tomar decisiones: “Sevilla es una persona”.
La escribe en abril de 1934, pocos meses antes de morir, con la lucidez de quien había pasado una década paseando sus calles y sufriendo sus contradicciones. Como las personas, las ciudades también enferman, aunque Sevilla lleve un siglo negándose a ir al médico.
Núñez de Herrera llega a la ciudad en 1924, justo cuando la Exposición Iberoamericana calienta motores. Lo que ve no le convence.
No se deja arrastrar por el fervor expositivo, ni por el regionalismo -lo llama “la arquitectura de los azulejitos y ladrillitos”-, aunque no le molesta tanto el certamen en sí sino lo que representa: una ciudad que entrega su energía, sus fondos y su imaginación a los foráneos, mientras sus barrios periféricos carecen de agua potable, sus viviendas sobrepasan el setenta por ciento sin condiciones higiénicas mínimas y sus planes de ensanche acumulan polvo en los cajones de Plaza Nueva.
Venido de Extremadura, le duele más la ciudad que a esos señoritos autóctonos, todavía decimonónicos, que planean la Exposición mientras sus propios vecinos mueren de tuberculosis en patios sin luz. “Barraca”, “maniquí gigantesco” o “adúltera” son algunos de los piropos que le regala a Sevilla la pluma enjuta y desencantada del escritor.
La historia no le hace justicia: aunque pudo haber disfrutado del torrente afamado de la Generación del 27, su muerte temprana y su escasa producción literaria orillan su nombre.
Aun así, sus lecciones periodísticas perviven, y son consultables en un volumen brillantemente editado por El Paseo en 2018: “Estampas. Literatura y periodismo de vanguardia”.
En esas crónicas se reconoce a un periodista disfrazado de urbanista. Leyéndolas se entiende que hay una relación directa entre la ciudad que se enseña y la ciudad que se vive, que lo que se dice de Sevilla -y cómo se dice- es inseparable de lo que Sevilla es, y que el maquillaje tiene consecuencias estructurales.
Noventa años después, la ciudad sigue en el diván y se alimenta a golpe de grandes eventos. En dos días será la final de la Copa del Rey, y en pocas fechas se estará levantando la estructura para acoger los conciertos del Icónica Fest, acaso cableando en paralelo los Jardines del Alcázar para el siguiente espectáculo de luces.
El mecanismo es el mismo que relata Núñez de Herrera: concentrar recursos, atención política y espacio urbano en un evento, mientras los problemas de fondo se dejan macerar.
Basta recordar cómo el precio del alquiler sigue asfixiando a los vecinos en un verdadero reemplazo -la llegada masiva de turistas-, cómo el espacio público se mide en veladores por metro cuadrado y cómo la movilidad en hora punta es un infierno cotidiano sufrido en silencio.
La ciudad sigue construyéndose por parches, operaciones parciales y urgencias inmediatas. Exactamente lo que denuncia el cronista al reseñar los anteproyectos fallidos de Ensanche: su mayor virtud no está en las propuestas en sí, sino en “ofrecer un plan conjunto y global que evite una serie de reformas parciales que solo tienden a una finalidad inmediata”.
Palabras que podrían haber sido publicadas esta misma mañana sin perder vigencia, porque en la hoja de servicios de Sevilla.
Lo que resulta perturbador no es que Sevilla repita errores -nunca llegó a tener un verdadero Ensanche-, sino que los repita sin parecer importarle a nadie, como si los estómagos se rellenasen por igual, y los beneficios de estos grandes eventos estuviesen oportunamente repartidos en forma de mejoras o pasos adelante.
Núñez de Herrera muere en 1935 sin ver culminada la Sevilla prometida, sin ver la República consolidarse, sin saber si sus advertencias sobre la vivienda eran atendidas.
Lo que sí le da tiempo a detectar es que la mala literatura y el mal periodismo -la complaciente, la de pandereta- es cómplice de la parálisis, que mientras se escribiera de Sevilla como de un jardín eterno, resultaría difícil hablar de sus cimientos; que la postal, al final, siempre gana al plano de saneamiento.
En pocos días empezará la Feria y el milagro que se convoca en los Gordales nos hará olvidar las penas, pero la pregunta que nos deja la relectura de Herrera nos perseguirá: ¿qué Sevilla queremos? ¿Pandereta o ciudad?