Álvaro Ramos.
La tarde rompe en agua, devolviendo las lluvias a Sevilla, cuando veníamos de unos días que recordaban más al prólogo de un verano que al tiempo de la primavera.
Me pierdo por las estrechas calles del barrio de Santa Cruz, entre turistas y oriundos, sorteando paraguas y charcos en busca de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Invitado por mi compañero Fernando Iwasaki, asisto a la conversación que mantendrá con el filósofo Javier Gomá.
Al llegar a la Casa de los Pinelo, me adentro en su patio renacentista, donde se percibe el bullir de las grandes citas literarias.
Nadie que transite por los aledaños de este lugar imaginaría la estampa que guarda en su interior.
Sentado ya en los rojos sofás de la sala, escucho caer la lluvia y el canto incesante de los pájaros como preámbulo de las palabras de Javier Gomá, que comienza a hablar de la vocación literaria, aquella en la que reside la esencia misma de la cultura. “Quien tiene vocación no vive del arte, sino para el arte”, sentencia el filósofo. La cita se me presenta casi como una revelación.
Aquellas palabras me dejan pensativo. Es precisamente esa vocación la que hace que muchos sintamos la necesidad de compartir ideas y emociones a través de los textos.
Pienso en Sevilla y en la cantidad de escritores que, a lo largo de la historia, han sentido ese impulso de plasmar la ciudad en sus obras, desde Miguel de Cervantes hasta Luis Cernuda, desde Rafael Laffón hasta Rafael Montesinos. Existen ciudades en el mundo que despiertan de un modo particular la vocación literaria y Sevilla es, sin duda, una de
ellas.
Quizás ese sea uno de los motivos por los que me aventuré hace ya más de un año a asomarme a esta tribuna digital que me ofrece El Español de Sevilla.
Había, y sigue habiendo, una necesidad personal de narrar una ciudad poliédrica, llena de aristas, atravesada por múltiples dimensiones históricas, artísticas, culturales y sociológicas.
Porque Sevilla no se deja encerrar en una sola imagen, fija y estanca. No es únicamente la ciudad de la luz en primavera, ni la de los grandes eventos festivos ni la de las estampas costumbristas de la Andalucía más clásica. Es también una ciudad de contradicciones, de tensiones soterradas, de cambios que a veces apenas percibimos y de inercias que parecen eternas.
Tal vez por eso Sevilla ha sido siempre tan proclive a la vocación literaria, porque se ofrece al mismo tiempo como escenario y como enigma.
Se deja mirar, pero no termina nunca de entregarse del todo. Bajo su belleza hay siempre una pregunta de fondo. Detrás de cada fachada regionalista, debajo de la sombra de un naranjo, a los pies de una imagen devocional o en la intimidad de cualquier viandante anónimo, parece latir una historia todavía por contar.
Escribir sobre Sevilla es, en cierto modo, intentar descifrarla. O al menos acompañarla en el pulso diario de su rutina.
Poner por escrito sus esplendores, sí, pero también sus sombras, sus dilemas y sus silencios. Tal vez esa sea la verdadera vocación de quien escribe sobre una ciudad como esta. No limitarse simplemente a una mera narración desde la admiración de quien la vive y la disfruta, sino contarla como alguien que la mira de frente, cara a cara, escuchándola y devolviéndole en palabras todo lo que ella está dispuesta a darle.