Luis Romero.

Luis Romero. E.E.

Opinión

Crónica de un sablazo en la Feria

Publicada

A las dos en punto del martes de Feria apareció, recortado en la puerta de la caseta, Desiderio Unamuno, compañero de la carrera de Derecho. Alto, delgado, traje cruzado azul diplomático, doble puño, zapatos brillando como espejos y, por supuesto, el monóculo: no para ver mejor, sino para que todos lo viéramos mejor a él.

—¡Luis, querido! —proclamó, como si entrara en el Congreso—. Qué maravilla de caseta. Se nota la mano del socio.

El portero me miró preguntando en silencio si le abría paso a aquel personaje. Asentí: todavía no sabía que ese gesto de cortesía iba a salir muy caro.

Desiderio se acercó, me estrechó la mano con solemnidad y, al saludar a mi esposa, ejecutó su rito habitual: tomó su mano y la acercó hasta casi besarla, deteniendo los labios a un milímetro.

—Camarero —dijo sin sentarse siquiera—, una jarra de rebujito bien fresca para empezar con dignidad esta Feria… invitación, por supuesto, de mi amigo Luis, socio fundador.

La jarra apareció con una rapidez que ya entonces debió hacerme sospechar que no era la primera vez que veían al “Marqués” en acción. Por educación, pedí para acompañar, un plato de jamón y otro de gambas. El jamón desapareció con discreción. Las gambas siguieron el mismo camino, dejando en su lugar un pequeño cementerio de cáscaras.

Desiderio hablaba de los viejos tiempos de la facultad con tal elocuencia que casi lograba que yo olvidara que el único que masticaba era él.

—Luis, esto está estupendo, pero te voy a pedir un favor —anunció, levantándose—. He visto unas cigalas magníficas en la barra. Las voy a pedir yo, que quiero tener un detalle contigo.

Se encaminó al fondo con paso decidido. Volvió a los cinco minutos precedido por una fuente de cigalas digna de banquete nupcial.

—Aquí las tienes, hombre, un detalle mío —dijo, acomodándose en su silla.

¿Las has…?

Apúntaselas al socio —indicó al camarero, señalándome con una naturalidad escalofriante.

La cosa habría quedado en anécdota cara si todo se hubiera reducido a aquel almuerzo generoso.

Pero al cabo de un rato, el portero se me acercó con expresión diplomática.

—Luis, hay un matrimonio en la puerta que pregunta por el Marqués. Dicen que son amigos suyos.

Desiderio dio una palmada de satisfacción.

—¡Mis austriacos! Pásalos, hombre, que es la primera vez que visitan la feria.

Entraron ella, pelirroja, alta, atlética, con aire de protagonista de novela; él, un caballero negro elegantísimo que se presentó como corredor de la Bolsa de Nueva York. Desiderio me los presentó: Anna, escritora de novela negra premiada; y Samuel, alquimista de millones.

Ante tamaña carta de presentación, decidí “estar a la altura” y pedí langostinos de Sanlúcar, troncos de cigala y la mejor manzanilla de la caseta para agasajar a tan ilustres visitantes.

No habían pasado tres cuartos de hora cuando el portero volvió a asomarse.

—Luis, hay otro coche de caballos en la puerta. Dicen que vienen con el Marqués. Alemanes y unos futbolistas.

—¡Mis amigos de Múnich! —exclamó Desiderio, encantado de conocerse—. Y unos muchachos del Chelsea, promesas del fútbol europeo.

El matrimonio alemán que entró respondía al mismo patrón: ella, con aspecto de modelo de Victoria's Secret; él, con una edad y un reloj que invitaban a pensar en industrias serias en Baviera. Detrás, seis jóvenes con polo azul y actitud de Erasmus.

El camarero tomó nota mental de que aquella noche habría propina. La barra empezó a funcionar como una imprenta: bandejas de marisco, botellas de manzanilla, jarras de rebujito. Cada vez que yo miraba hacia otro lado, Desiderio alzaba la mano y pedía “otra ronda para las niñas”, “otra para los futbolistas”, “unos tronquitos más para mis centroeuropeos”.

Faltaban los fuegos artificiales. Llegaron en forma de tres jóvenes alumnas del supuesto máster de Derecho donde Desiderio decía impartir clase. Veintitantos años, risas fáciles y una elasticidad que el Marqués interpretó como invitación académica.

Él, ajeno a los murmullos, siguió ejerciendo esa peculiar mezcla de donjuanismo tardío y catástrofe anunciada. El clímax llegó a las once de la noche, cuando, envalentonado por la manzanilla, decidió demostrar a una de las alumnas sus dotes para las sevillanas.

Dio un paso, resbaló con una cáscara de langostino rebelde y terminó en el suelo con más estrépito que elegancia. Hubo que levantarlo entre varios.

—¡Que me he resbalado, que no estoy borracho! —insistía, mientras el monóculo trataba, sin éxito, de abandonar la escena.

Al día siguiente, el encargado de la barra me llamó aparte.

—Luis, tenemos un pequeño asunto con la cuenta -Me enseñó el papel: 4.500 euros. Solo del martes.

Por si faltaba algo, el cochero del lujoso carruaje de los amigos extranjeros también buscaba al Marqués: nadie le había pagado.

A lo largo de la semana, mientras yo alternaba Feria y playa, Desiderio siguió acudiendo a la caseta con diferentes elencos internacionales. Cuando el domingo se apagaron los farolillos, la cifra final rondaba los 8.000 euros.

Intenté localizarlo. Móvil apagado. En el fijo, silencio administrativo. Un día, al fin, respondió su madre.

—Ay, hijo, Desiderio está en el campo, sin cobertura. Muy desconectado de todo.

De casi todo, menos de la barra de mi caseta. Para no manchar el buen nombre de “Los Amigos de la Flamenca”, acabé asumiendo la factura. La asamblea de socios, reaccionó con rapidez ejemplar: desde este año, ningún pedido se sirve sin la firma manuscrita del socio.

El Marqués, en cambio, sigue desaparecido.