Llegado el lunes de Pascua, con la tradicional resaca física y emocional que deja lo vivido durante la Semana Santa, uno vuelve la vista atrás para hacer balance de lo que ha dejado Sevilla.

Un año más, la ciudad nos ha regalado estampas inolvidables, como acostumbra: pasos de enorme valor artístico, bandas de primer nivel, la solemnidad del ruán en contraste con la algarabía de las hermandades de capa, entre tantas otras escenas que forman parte de su identidad.

Sin embargo, esta Semana Santa también ha dejado otras estampas menos agradables y, lo que es peor, cada vez más frecuentes.

Ahí está, por ejemplo, la masificación del público, en muchos casos de turistas que no conocen el comportamiento propio del sevillano en estos días, donde lo festivo no resta ni un ápice de seriedad a lo solemne.

Buena prueba de ello fue lo ocurrido con aquellos turistas que impidieron el paso a los nazarenos de la Corona cuando se dirigían hacia el Sagrario, insistiendo en hacerse una foto con ellos.

Pero la cosa no termina ahí. También están los botellones en Heliópolis, donde decenas de jóvenes bebían, fumaban e incluso orinaban entre contenedores y coches al paso de la hermandad de la Misión.

Por no hablar de los daños causados a algunos árboles y arbustos en los Jardines de Murillo para contemplar el tránsito de la Hermandad de la Candelaria.

Acciones incívicas que se suman a otras ya demasiado habituales como el mar de móviles en alto que entorpece la visión, las bullas en torno a las bandas de música o el mal comportamiento en algunos enclaves durante el paso de las hermandades, en especial de aquellas que requieren un ambiente de mayor recogimiento.

El sevillano empieza a hartarse de estas situaciones, cada vez más comunes. Son ya varios los amigos que me reconocen que les resulta muy incómodo ir a ver procesiones en determinados días, sobre todo cuando van con niños pequeños, que requieren un cuidado especial.

Huyendo de todo esto, hay familias que deciden acudir a otras semanas santas de la provincia, mucho menos masificadas, pero con un gran valor histórico y artístico.

Y quizá no nos damos cuenta de que este éxodo, cada vez más frecuente, provoca que a los niños se les prive de vivir una Semana Santa sana y respetuosa, como se ha hecho toda la vida.

Cuando dejen de sentir el mismo apego a los desfiles procesionales que tuvieron generaciones pasadas, la Semana Santa empezará a vaciarse por dentro y correrá el riesgo de convertirse en un mero espectáculo para quien viene de fuera, como quien asiste a un concierto o contempla un simple desfile popular.

Y llegados a ese punto, la pregunta es clara: ¿y ahora qué? ¿Qué vamos a hacer ante este cambio de rumbo? Y lo más importante, ¿qué Semana Santa queremos en el futuro?

Porque esta cuestión no atañe solo a la Semana Mayor. También pone el foco sobre otras celebraciones, como la Navidad o la Feria, cada vez más masificadas y con menos sentido de pertenencia.

Son fiestas que poco a poco van despojándose de su personalidad en favor de un modelo pensado, sobre todo, para quien viene de fuera. No se trata de levantar un coto cerrado, pero sí de pensar qué modelo de ciudad y de sociedad queremos para Sevilla en el futuro.

Aún estamos a tiempo de revertir esta tendencia si de verdad queremos salvar la idiosincrasia de esta ciudad y de sus tradiciones.

Ahora, en el tiempo de la Resurrección, quizá sea el momento de mirarnos como ciudad y recuperar la esencia más pura del cofradierismo sevillano, esa que no entiende de modas ni de turismo.

Sevilla haría bien en proteger lo que le da sentido, en cuidar lo suyo antes de ofrecerlo al mundo. Solo así la Semana Santa seguirá siendo algo especial y no un mero entretenimiento que se consume y se olvida.