Luis Romero.
He querido escribirte, Lucilio, no desde la distancia del retiro sino desde la incomodidad de lo observado, porque hay escenas que aun siendo contemporáneas, pertenecen a una antigüedad moral que creíamos superada.
He sido llamado recientemente a una de esas residencias donde el poder moderno se concede a sí mismo una tregua, aunque sin renunciar del todo a ser contemplado.
El lugar —Las Marismillas— se presenta como naturaleza, pero funciona como símbolo; y ya sabes que lo simbólico, cuando se adhiere al poder, deja de ser inocente. Me recibió el gobernante con la serenidad de quien cree haber conciliado el deber con el descanso. No era un descanso oculto, sino ordenado, dispuesto, casi escenificado.
Y comprendí de inmediato que no me encontraba allí como jurista, sino como testigo de algo más difícil de nombrar.
Había una mesa. No una mesa cualquiera, sino una afirmación.
Langostinos de Sanlúcar, perfectamente alineados, como si incluso el mar hubiese sido disciplinado; pescados fritos que convertían la tradición en espectáculo; manzanilla fría, muy fría, hasta el punto de parecer concebida no para el gusto, sino para adormecer el juicio; vinos blancos y rosados que, en su precisión, revelaban más cálculo que placer.
Se me ofreció todo con naturalidad. Y acepté, no por apetito, sino por estudio, pues nada desnuda tanto a un hombre como aquello que considera normal.
—Aquí se piensa mejor —me dijo.
Y yo recordé, sin necesidad de esfuerzo, a Tiberio.
También él se retiró a Capri para pensar mejor. También él buscó distancia para ganar claridad. Pero lo que encontró fue otra cosa: la costumbre de no escuchar, la comodidad de no ser interrumpido, la peligrosa ilusión de que gobernar desde lejos equivale a gobernar mejor.
No es así, Lucilio. Quien se aleja demasiado del ruido termina por confundir el silencio con la razón.
Tras la mesa vino el paseo.
Una embarcación —demasiado perfecta para ser necesaria— nos llevó por aguas tranquilas, como si la realidad hubiese decidido colaborar. Todo era armónico, medido, adecuado. Y en esa perfección había algo inquietante: la ausencia total de fricción.
Pensé entonces en Nerón.
No en su exceso más vulgar, sino en su error más profundo: creer que la puesta en escena podía sustituir al gobierno. Mientras afinaba su lira, el mundo dejaba de ser gobernado para ser representado. Y ese tránsito, imperceptible al principio, es siempre fatal.
Se me preguntó entonces, como cabía esperar, si había en todo aquello algún reproche jurídico.
La pregunta, aunque formulada en términos de ley, no pertenecía al derecho.
Respondí con honestidad: tal vez no haya delito. Tal vez todo encaje dentro de lo permitido, de lo previsto, de lo justificable.
Pero añadí algo que no fue recibido con el mismo entusiasmo. Hay formas de faltar que no están en los códigos. Y la más peligrosa es el abandono. No el abandono visible del cargo, que escandaliza y se castiga, sino el abandono interior, que se tolera porque no se ve.
Abandona quien transforma el deber en escenario. Abandona quien necesita rodearse de comodidad para ejercer la responsabilidad. Abandona quien convierte el servicio en experiencia.
Después vinieron otras estancias: aguas templadas, vapores, reposo, manos expertas dispuestas a aliviar tensiones que, en rigor, deberían ser inseparables del cargo.
Se me ofreció también ese descanso. Y comprendí entonces que el lujo no reside en lo que se disfruta, sino en lo que se considera merecido sin cuestionamiento. Ese es el verdadero exceso.
Porque el gobernante no debe preguntarse qué puede permitirse, sino qué debe evitar. No cuánto le está autorizado gastar, sino cuánto le está moralmente vedado olvidar.
Al marcharme, nada había cambiado. La mesa seguía dispuesta. El vino, frío. La naturaleza, intacta. Y sin embargo, todo había sido revelado.
No había visto un delito, sino algo más antiguo y más constante.
El momento exacto en que el poder deja de sentirse como carga y comienza a vivirse como privilegio.
Ese instante, Lucilio, es imperceptible para quien lo habita, pero evidente para quien lo observa.
Y es ahí —no antes— donde empieza la verdadera decadencia.
Cuídate, por tanto, no de lo ilegal, que suele ser evidente, sino de lo cómodo, que siempre se disfraza de merecido.
Posdata:
Este texto es un relato ficticio y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.